Darinka

Darinka sentía hambre. Otra vez.

Los restos de la cena se secaban sobre la cama. Y venía teniendo suerte: al parecer, ningún vecino había notado que su “papá” no aparecía por los pasillos desde hacía un par de días.

Ser la nenita del edificio era una ventaja que debía aprovechar antes de buscar un nuevo esclavo. Abrió la puerta del departamento y observó el pasillo. En el A vivía Irma. Irma la adoraba: si iba a visitarla, sin duda le abriría la puerta. Pero Irma era vieja, y a Darinka no le gustaban los viejos. En el B vivían los Fernández: una familia entera la tentaba mucho, pero el riesgo era demasiado alto.

El C.

En el C vivía ese tal Álex, un tipo joven. Joven, y muy introvertido. Un pelotudo, bah.

Darinka cerró la puerta y se la jugó. Tocó el timbre del C.

A lo mejor el pelotudo no estaba en casa. En una charla de pasillo, lo oyó decir que le gustaba sentarse en algún banco de la plaza Echeverría y observar a la gente. En ese caso, ella debería conformarse con la sangre de Irma. Sangre vieja. Sangre sosa.

―¿Quién es?

―Soy… ―puso su voz más virginal―. Soy Darinka.

La puerta se abrió apenas. Y por la hendija apareció Álex, con cara de preocupación:

―¿Estás bien? ¿Le pasó algo a Luis?

―Papi está bien. Ya se fue a trabajar ―Darinka puso los ojos vidriosos―. Pero se olvidó de dejarme comida.

―Ah, qué mal. ―Álex se dio vuelta y miró hacia el interior de su departamento, y después volvió a mirar a Darinka, y cómo cayendo en la realidad dijo―: Ah, ¿querés que yo te prepare algo?

Sos una luz, pensó Darinka. El Genio de las Deducciones. Pero asintió inocentemente:

―Si no es molestia, señor.

Álex miró hacia la puerta de enfrente.

―¿No está la señora del A?

―¿Irma? Ella es buena. ―Bajando la voz agregó―: Pero me aburró en su casa.

Álex estiró la boca forzando una sonrisa, y después se resignó:

―Bueno, pasá.

Ah, la frase más deseada. Darinka entró y se sentó en el sillón del living, mientras Álex cerraba la puerta.

―¿Querés ver los dibujitos? ―Álex la miraba entre incómodo y nervioso. ¿No sabía tratar con niños, o acaso sospechaba?

―Prefiero leer el diario ―dijo ella agarrando el Popular de la mesita ratona.

―Como quieras. Pero no creo que las noticias de ese diario sean aptas para menores.

Darinka se rio cubriéndose la boca: ocultaba los sedientos colmillos, aptos para todo público.

―Voy a la cocina a prepararte algo, nena. ¿Dánika te llamabas, no?

―Darinka.

Darinka, imbécil.

Ella asintió, mientras leía la tapa: fútbol, esa inexplicable pasión salvaje.

 

10  heridos a la salida del clásico de Avellaneda.

 

Una vez más la violencia se hizo presente en el fútbol argentino.

Esta vez, el enfrentamiento no fue entre las hinchadas de Racing e Independiente, sino entre dos facciones disidentes de la Guardia Imperial. Hay apuñalados y heridos de arma de fuego. Los detenidos ya fueron liberados.

 

Qué divertido, pensó Darinka. Si ella fuera presidente, fomentaría esa brutalidad. No la del fútbol, sino la de los enfrentamientos armados.

Siguió leyendo la tapa:

 

Declaraciones del ministro de Economía

 

“El nuevo impuesto a la importación promueve el consumo de productos nacionales”. Ayer a la tarde en conferencia de prensa, el flamante ministro dejó esa y otras conclusiones que dan para el debate. La CGT y la oposición le salieron al cruce.

 

¿Impuestos que promueven el consumo? Qué gracioso. Darinka lo conocía bien al flamante ministro: en el pasado habían cazado juntos él y ella, pero hacía siglos que tomaron caminos diferentes.

―Nena ―dijo Álex desde la cocina―: ¿una ensalada te parece bien?

―Es lo mismo ―dijo ella, y pensó: total mi almuerzo serás tú.

Siguió leyendo el diario. La nota principal era interesante:

 

“El Piñón de Villa Urquiza” ataca de nuevo.

 

Encontraron muerto a Rubén M. (23). Al igual que las cuatro víctimas anteriores, el joven apareció descuartizado adentro de una valija, con la boca abierta de oreja a oreja formando una sonrisa macabra. La nueva víctima también compartía otra característica con las anteriores: su rostro maquillado imitando al famoso payaso Piñón Fijo.

El indigente que lo halló escarbando en un tacho de basura declaró: “Al abrir la valija lo primero que me encontré fue un oso de peluche bañado en sangre”.

Recordemos que las otras víctimas también fueron dejadas en diferentes esquinas del barrio, todas descuartizadas en valijas, y todas acompañadas de un oso de peluche diferente.

 

Qué raros son los humanos, pensó Darinka. Cómo se excitan con el morbo. Los fascina la muerte.

Oyó que Álex abría la heladera, o acaso la alacena.

Siguió leyendo:

 

Justo antes del cierre de esta edición, el comisario Colucci, jefe de la comisaría 49, confirmó lo que se sospechaba: “Se trata del mismo asesino, sin ninguna duda. El tipo de víctima va variando, y eso es un hecho bastante raro según mi experiencia. También el modus operandi cambia, como si improvisara; pero lo que no cambia es la forma de despojarse de sus víctimas. El descuartizamiento, las valijas, los peluches y también el maquillaje se repiten en todos los casos”.

 

Darinka dio una mirada al living: sencillo, pulcro. Hasta olía a lavandina. Oyó el cuchillo contra la tabla de madera: Álex estaría cortando verduras. ¡Verduras! ¡A una nena! ¿A quién se le ocurre?

Giró el diario. La contratapa entera la ocupaba la foto de una modelo o vedette mostrando el culo. Hermoso culo, se dijo, y esas nalgas duras y brillantes le despertaron el apetito.

Se levantó del sillón y fue hasta la puerta de la cocina.

―Basta de juegos ―ordenó.

Álex la miró extrañado, y ella mostró por fin garras y colmillos.

Él no se sorprendió al ver esos ojos diabólicos. De la mesada agarró la tabla y se la revoleó al vampiro. Decenas de trocitos blancos volaron por el aire y se incrustaron en la piel de la criatura. Darinka se cubrió de pústulas sulfurosas que despedían un olor acre. Retrocedió hasta el comedor, aleteaba para arrancarse del cuerpo los pedazos de ajo. Eran como clavos al rojo vivo.

Mientras el vampiro manoteaba y chillaba de dolor, Álex se acercó y le aplastó en el pecho el diente de ajo que había estado cortando. Entre las costillas del monstruo se abrió un humeante hueco. Y en ese hueco hundió Álex el mango de la cuchara de madera.

Entre toses y temblores, Darinka cayó sobre el parqué, incrédula.

Mirándola desde arriba, Álex ya pensaba qué valija y qué osito de peluche combinaban mejor con su nueva y tan peculiar víctima.

 


Meritocracia


La reunión de ayer había sido un quilombo, tanto que Lucrecia empezó a escribir la carta de renuncia. Pero pensándolo mejor se detuvo, y al final terminó yendo a trabajar como todos los días.
Dejó la taza de café en el escritorio y encendió su muro. Revisó estadísticas de las encuestadoras analógicas, datos poblacionales capturados vía dron y el impacto de la cid, la Campaña de Invasión Digital. La cid no era de su agrado: eso de meterse en los televisores y unidades digitales de las personas ―así como si nada, sin avisar―, y contarles “cara a cara” sus ideas para el futuro de la Ciudad Independiente de Buenos Aires, a ella le parecía un abuso.
A su alrededor, los compañeros llegaban, saludaban como los autómatas que eran, se quejaban del horario de trabajo en épocas preelectorales y se ponían a revisar sus muros.
Se asomó Edgardo, que sostenía dos holoafiches con la cara y el titilante y luminoso nombre del Alcalde.
―Lucre ―dijo―: decime cuál de los dos te genera más impacto.
Ella se acomodó en la silla y observó los holoafiches. A primera vista se veían exactamente iguales. Y a segunda vista también. Los dos tenían el mismo fondo amarillo y la misma enorme y sonriente cara del Alcalde esbozando el mismo gesto. Se preguntó si su jefe, alzando aquellas dos gotas de agua, no estaría poniéndola a prueba. Abajo, la misma frase célebre aparecía y desaparecía con el mismo efecto: “Alejandro 2027”. Y a la frase seguía el mismo jeroglífico: B.A.MOS X +.
Simulando cara de competente, Lucrecia señaló cualquiera de los dos:
―Me parece que este de la derecha tiene más energía ―dijo, fingiéndose segura.
Edgardo asintió con la cabeza.
―Yo pienso lo mismo, Lucre. En este holoafiche, la cara de Alejandro, como que demuestra más convicción, ¿no?
Edgardo bajó los afiches y se dio vuelta hacia su secretaria:
―Usamos la opción número uno. ―Mientras él daba alguna directiva más, Lucrecia volvió a observar los holoafiches. Seguían pareciéndole idénticos.
Vio que él se estaba yendo, pero ahora volvía sobre sus pasos:
―Me olvidaba, Lucre: Alejandro quiere que vayas a la primera inauguración de la ronda.
―¿Yo?
―Sí, a mí también me extrañó un poco, ¿viste? Pero quiere que te saques tus dudas. Después del quilombo que armaste ayer, los asesores delinearon algunos cambios teniendo en cuenta tus ―dibujó con los dedos comillas en el aire―… planteos.
Lucrecia volvió a recordar la bendita reunión de ayer. Edgardo la había invitado a participar, y se arrepintió no bien ella abrió la boca. Igual ahora no parecía muy alterado.
Para ella, participar en aquella reunión era un gran avance. Y no se iba a quedar callada así nomás.
La Secretaria de Prensa había sido la primera en tomar la palabra:
―Esta noche tiene una nota en C5N, señor Alcalde. En el programa de Casey Wonder.
―Uh. Seguro que me la hace difícil.
―Probablemente. Es un firme y orgulloso defensor del populismo de principios de siglo. De hecho, la semana pasada estuvo recorriendo cárceles y denunciando en qué pésimas condiciones viven “esos dignísimos exfuncionarios perseguidos”.
―Bueno, tenemos que ver de qué le voy a hablar. Estar preparados para cualquier cosa.
―No se preocupe. Vamos a estar conectados directamente con un nanotransmisor, asesorándolo.
Alejandro formó dos pistolitas con sus manos, apuntó a la mujer y, mientras le sonreía y le guiñaba un ojo, simuló dispararle.
―Señor ―dijo Edgardo―, acá Lucrecia tiene algunas dudas sobre las inauguraciones de esta semana.
―¿Dudas? ¿Qué dudas? Eso suma por todos lados. ―El Alcalde miró al Jefe de Campaña, sentado a su derecha―. Eso aseguran ustedes, ¿no?
―Correcto, señor. Esta es una ciudad en la que han ocurrido tragedias de todo tipo. Los familiares siempre reclaman que se haga algo, que se conmemoren esas terribles muertes. Así que poner una placa en el lugar exacto en donde haya muerto alguien es un gesto que, según los algoritmos, puede sumar 6 o hasta 7% de votos.
―Creo ―dijo Lucrecia― que los familiares lo que piden es justicia. Que se investigue qué pasó en cada caso. Que los culpables vayan presos. Eso sí que nos direccionaría más votos.
El asesor se inquietó más de la cuenta. Nervioso, dijo:
―Eso no es tema nuestro, es… Es de los jueces, de los fiscales. Lo que está a nuestro alcance es conmemorar esas catástrofes de la mejor manera.
Todos asintieron. Lucrecia volvió a alzar la mano:
―No quiero ser pesada, pero…
―No sea tímida, señorita ―dijo Alejandro, siempre sonriente―. Cualquier opinión es valorada en esta mesa.
―Gracias. A lo que voy es: más allá de que signifique un buen gesto conmemorar cada tragedia, de esa forma también estamos quitándole importancia a las más terribles. A las tragedias en serio.
―¿Cómo dice? ―preguntó alarmado el Jefe de Campaña.
―Que no podemos poner nimiedades en la misma bolsa de las tragedias de Cromañón o la de Once. O la última, la masacre del Otto Krause. No podemos comparar hechos de doscientas víctimas con un incidente de inseguridad cualunq...
Lucrecia se calló de repente, sorprendida por un griterío que iba creciendo y creciendo entre los participantes de la reunión. Y ese griterío iba contra ella misma.
Miró a Edgardo, en busca de apoyo. Nada: el tipo agachaba la cabeza, quería desaparecer.
―Lo que decís es discriminador ―dijo una chica de rastas, sentada del mismo lado que ella―. Te falta el bigotito a vos. ―Se puso dos dedos arriba del labio.
―¿Qué? ―Lucrecia no entendía.
―Que todos somos iguales, señorita. No hay tragedias grandes o chicas. Una vida es una vida.
―Somos todos iguales, sí ―dijo ella, mientras el quilombo alrededor se acrecentaba―. Pero no es lo mism…
―¡Fascista! ―gritó la otra―. ¡Hitler! ¡Hitler ha vuelto! ¡Nazi!
―El país está como está  ―dijo un viejo de anteojos― por gente como vos, gorila.
Y la reunión terminó. A los gritos terminó. Además de “nazi”, la trataron de “carnívora torturadora de animales”, y un grupo de féminas la calificó como “traidora machista defensora del patriarcado”.
Pero Lucrecia había vuelto a su cubículo, más convencida que nunca de los ideales que su padre le inculcó. Eso sí: dudaba de su permanencia en el partido.
Ahora, tras las palabras del jefe ―“los asesores delinearon algunos cambios”―, se daba cuenta de que su participación de ayer en la sala de reuniones no había sido tan desastrosa: alguno de esos genios del marketing había tenido en cuenta su punto de vista. Qué suerte que se abstuvo de renunciar.


Llegaron a la esquina de Corrientes y Legrand (ex Callao), y Lucrecia tuvo la impresión de que el acto oficial no se realizaría. ¿Se habría suspendido? Al menos, nada estaba preparado en aquel lugar.
―Vea, señorita ―le dijo el Jefe de Campaña―: su visión del asunto nos hizo repensar la cuestión.
―Me alegra poder ayudar. Pero…, ¿no deberían ir cortando la calle?
―No, justamente ese es uno de los cambios. Cortar la calle crea malhumor en la gente. Nos hace ver como piqueteros.
―O sea que ustedes saben que la gente odia los piquetes. ¿Por qué no le recomiendan entonces al Alcalde que reprima a los que cortan calles?
El Jefe de Campaña la miró de arriba abajo, como dudando de su semblante tan serio.
―Qué ideas raras tiene usted ―dijo, rascándose la pera―. “Reprimir” es una palabra que la gente tolera menos que los piquetes. Es una palabra piantavotos.
―Bueno, llámenle “desatascamiento pacífico del tránsito”.
El tipo rio con ganas, y dijo:
―Qué graciosa es usted. Debería hacer stand-up, ¿sabe?
Dos laburantes pasaron cargando un pedestal de cemento. Esperaron a que el semáforo se pusiera en rojo, llevaron el pedestal unos metros hasta la Avenida Corrientes y lo ubicaron en el carril del medio.
―¿Qué hacen con ese armatoste? ―preguntó Lucrecia.
―En ese lugar exacto, hace unos meses ―explicó el genio del marketing―, a un tipo le robaron el cero kilómetro, y de un tiro mató al asaltante: un pobre pibe que no tuvo otro camino que la delincuencia. Y queremos honrar su memoria, de algún modo.
―¿El dueño del coche también murió?
―No, de ninguna manera. Al pibe queremos homenajear.
Lucrecia se lo quedó mirando, pensó que era un mal chiste. Oyó los esperables bocinazos: el semáforo se había puesto en verde, y los obreros asentaban el soporte en el pavimento, meta martillo neumático. Varias motos les pasaron finito, los automovilistas tocaban bocina y puteaban a lo loco.
Lucrecia volvió a mirar al Jefe de Campaña:
―¿Usted me está diciendo que esta placa es para homenajear a un chorro?
―¿Chorro? Bueno, yo no sería tan taxativo. Un pobre pibe al que no le quedó otra que salir a robar para poder comprarle una unidad digital a la hija, y este viejo platudo lo mató así, sin decir agua va.
―Y encima no piensan cortar el tránsito… ―Lucrecia negaba incrédula―. ¿Van a poner la placa en el medio de la calle?
―Y sí. Ahí mismo fue la tragedia. ¿Dónde quiere que la pongamos?
―En la vereda. Es lo mismo.
―Pero el hecho no pasó en la vereda. A la familia del pibe no le convencía la vereda, y el barrio se solidarizó quemando una comisaría.
―Entonces corten el tránsito, por lo menos. ¡Esto es un peligro, los autos están tratando de esquivar a los laburantes!
El Jefe de Campaña le echó una mirada indulgente:
―Te recuerdo, mi estimada Lucrecia, que fuiste vos la que recomendó no cortar las calles.
Lucrecia se presionó la frente con los dedos. Vio que la comitiva se acercaba: todos los que habían estado en la reunión de ayer, y algunos personajes más.
―Un poco de sentido común, por favor ―dijo mirando al cielo, y volvió a acercarse al Jefe de campaña―. ¿Ese monolito va a quedar ahí en el medio de la calle? ¿Para siempre?
―Ese es el primero de muchos, sí.
―¿Y así nomás, sin protección?
―No, no somos idiotas. Le pintaremos la parte de abajo con pintura reflectante. Así los autos la ven de lejos y la pueden esquivar.
Entre bocinazos, frenadas y puteadas de los conductores, los obreros terminaron de colocar el monolito. Y llegó el Alcalde, quien enseguida pronunció un panegírico dedicado al “pobre carenciado”. Y no faltó un párrafo laudatorio para la pueblada que había reducido a cenizas la comisaría en cuestión.
Tampoco desviaron el tránsito en el momento del corte de cinta.
El discurso, entre los gritos y los acelerones, fue aplaudido por un grupito de militantes con bombos. Los deudos del conmemorado festejaron tirando unos tiros al aire: un balazo dio en la ventana de una confitería, de milagro no hubo heridos. En el momento de la foto oficial, le pidieron a Lucrecia que se corriera a una punta. Ella hizo caso, más que nada por miedo a que se la llevara puesta algún camionero sacado. La chica de rastas, con cara de malevolencia, la empujó más para afuera.
―Correte, Hitler ―le dijo a la pasada.
Y Lucrecia se quedó cruzada de brazos en la vereda. La ciudad estaba gobernada por asesores de imagen que no tenían la menor idea de lo que el pueblo necesitaba. Sólo se realizaban obras y actos absurdos que posicionaran al candidato. Las cosas se comunicaban de tal modo que la mayoría no se las tomase a mal, y cada acción era medida y calculada a niveles subatómicos. Eso, en cuanto a lo urbano. En la globalidad del país, la estupidez era exponencial.
―Se me juntan un poco ―pidió el fotógrafo oficial―, así entran todos.
Viendo aquello, Lucrecia también pensó en su propio futuro y en lo que realmente quería. Había heredado de su padre esa desbordante biblioteca de ciencias políticas, su vocación de servicio, el conocimiento para dirigir con criterio a la sociedad, y lo estaba usando todo para beneficiar a aquella repulsiva piara de inescrupulosos.
Ella quería ayudar en serio. Quizá fuera momento de buscar nuevos rumbos, o de crear su propio partido. Aunque, en un mundo tan sucio, el ascenso sería prácticamente imposible.
Oyó una frenada, y vio la mole blanca, azul y roja clavando los frenos. Gritos, cemento volando, sangre, huesos rotos.
Paralizada, Lucrecia comprendió el horror: un 26 no llegó a frenar a tiempo y se llevó por delante a todo el gobierno porteño.
Lo que vino después lo recordaba por flashes.
Ambulancias, policías, móviles de los principales canales, acusaciones.
Y lo que más recordaría: una militante con la frente ensangrentada instigaba a los suyos a que lincharan al chofer, ese “lacayo del capitalismo”.
―¡Te mandaron los yanquis! ―gritaba histérica―. Tu bondi tiene sus colores. ¡Te faltan las estrellas!
Edgardo, quien zafó de la masacre usando a un asesor como escudo humano, fue quien declaró ante los micrófonos. Y, la verdad, estuvo políticamente rápido. Se desgarró el traje, se untó sangre ajena en la frente, y entre lágrimas dijo:
―No me extrañaría que este chofer haya sido enviado por nuestros enemigos políticos. No soportan que a un gobierno popular le vaya bien. Tienen miedo de que volvamos a ganar. ―Agitó el puño como en la tribuna―. ¡Y volveremos a ganar, carajooo!


Tras el duelo decretado por el presidente De Pineda, Lucrecia volvió a la oficina. Estaba redactando su renuncia, cuando Edgardo la mandó llamar.
―Lucre ―le dijo―, el candidato y todos sus inmediatos sucesores ya no están… lamentablemente. Veintidós muertos se cargó el chofer “capitalista”.
―Ya sé. Ya fue, ¿no? No nos presentamos a las elecciones.
―¿Qué decís? ―Edgardo estaba extrañamente animado―. Esta mañana me llamó Ivá… el Presidente me llamó. Me dijo que soy el siguiente en la línea sucesoria.
Lucrecia se lo quedó mirando.
―Fe-felicidades.
―La verdad, me las merezco. Pero felicitate a vos también.
―¿A mí? ¿Por?
―Porque gracias a tus maravillosas ideas, las cosas se terminaron dando de esta forma.
―¿Veintidós muertos?
Edgardo hizo el gesto de apartar un enjambre de moscas. Veintidós moscas, para ser exactos.
―Eso es lo de menos, Lucre.
―Yo no quería que las cosas terminaran así. Quería ponerle un poco de lógica al asunto. Todo era una locura.
―Eso tampoco importa. Las cosas se dieron como se dieron. Gracias a vos. Así que… quiero que seas mi compañera de fórmula.


Y la fórmula edgar & lucre ―así, sin más, como se acostumbraba desde hacía un tiempo― ganó las elecciones con el 73% de los votos.
Su primer acto oficial fue convertir en peatonal un tramo de Corrientes.
Tirando de la punta de una tela blanca, Lucrecia anunció:
―En honor a todos esos mártires que dieron su vida por la patria a manos del vil agente extranjero, en este solemne acto de nuestra gestión descubrimos las veintidós placas conmemorativas.







La cura del hipo

―Uh, me agarró otra vez.
Natalia lo dijo lo suficientemente bajo para que sólo la oyera Hernán, aunque de todas formas nadie le hubiera prestado atención: en la mesa, los familiares discutían y reían a los gritos.
Hernán frunció el ceño:
―¿Otra vez? Aguantá la respiración.
Ella ya lo había estado intentando: hacía casi un mes que sistemáticamente le agarraba hipo, y cada vez se volvía más molesto. El médico no sabía las causas, mucho menos la solución.
Natalia se puso a charlar con Nancy, pero las frases se le cortaban con cada hipo.
―Como dice la abuela ―le dijo Nancy mientras le servía―, tenés que tomar siete tragos de agua. Eso sí: sin respirar.
Ella tomó sin respirar los siete tragos de agua, y…
¡Hic!
Un rato después, el hipo de Natalia y sus posibles curas eran los temas centrales de la mesa. Probó mordiendo una rodaja de limón, tragándose una cucharada de azúcar, haciendo la vertical, respirando en una bolsa de papel. En un momento Nati se distrajo, y Hernán quiso asustarla apretándole el antebrazo, pero apenas consiguió provocar una carcajada general y causarle una punzada que se le extendió hasta el codo; más tarde ella lamentaría esos moretones que resaltaban violetas no muy lejos de aquellos otros, ya amarillentos.
¡Hic!


―Qué mol… esto ―dijo, mientras volvían en el coche―. Me estoy desesperando.
―En cualquier momento se termina ―le dijo Hernán, cortante―. Ya vas a ver.
Y algo en el tono premonitorio de esas palabras la inquietó. En cualquier momento se termina.
¿Estaría pensando en abandonarla? Eso la asustaría de verdad: para ella, Hernán era todo. ¿Su hipo era tan insoportable como para que él tomara una decisión tan extrema?


Cuando se fueron a acostar, ella trató de minimizar los respingos del hipo: no quería que Hernán se despertara. No quería que él la culpase de nuevo, esta vez por no poder descansar como se merecía.


¡Hic!


¡Hic!


¡Hic! ―hizo por enésima vez Natalia, y sintió un movimiento brusco a su lado, y Hernán prendió el velador.
―No te dejo dorm… ir, mi amor ―dijo ella―. Perdonam...
Pero Hernán se le subió encima y le rodeó el cuello con las dos manos… y apretó.
Ella intentó sonreír: creyó que él la estaba asustando otra vez, si es que no se trataba de un juego erótico. Pero la presión en el cuello se acrecentaba, el dolor se acrecentaba. No podía respirar.
Se agarró de los brazos de él, hizo fuerza, pateó. Le brotaron lágrimas. Intentó empujarlo, pero él apretaba más y más. Pensó en Nancy y en sus otras amigas, cuando la interrogaban preocupadas por cómo Hernán la trataba en público.
Ya sin aire, con la cara cada vez más hinchada y caliente, lo vio en sus ojos: esta vez sí iba a asesinarla. La expresión desencajada. Los dientes apretados, saliva cayéndole. Un gruñido brotándole de la garganta.
La iba a matar en serio.
A Natalia se le estaba nublando la vista…
…y él la soltó y salió de encima de ella.
Natalia tomó grandes bocanadas de aire, y cuando pudo recuperarse un poco se sentó con la espalda contra la cabecera. Rodeó sus piernas con los protectores brazos.
Y miró a su marido.
Acostado en su lado de la cama, él le sonreía ―esa sonrisa hermosa que la había cautivado cuando se conocieron―. Ya no tenía aquella mirada de loco.
Hernán apagó la luz y se dio vuelta dándole la espalda. Minutos después, dormía profundamente.
Ella se quedó ahí. Ahí sentada, acariciándose el cuello dolorido. Recuperando el aliento.
Y pensando. Pensando mucho.
No importa lo que crean todas esas envidiosas, se dijo. Su marido era el mejor del mundo y tenía la solución para todo, inclusive para el hipo: vivir en un estado de terror permanente.
Besó a Hernán y se durmió abrazada a él.


Despojo

No sé muy bien cuánto llevo en esta cama conectado a este suero. No siento las piernas ni los brazos. Sí noto un dolor punzante en los hombros y en los muslos. Y ―¿acaso me han atado?― no puedo moverme.
Y lo peor: no recuerdo absolutamente nada.
¿Por qué estoy acá?
Hay otros dos pacientes: unos viejos panzones en musculosa, a quienes también los han conectado a los frascos de suero. Hablan, y sus voces me llegan oscuras, como si me hubieran taponado los oídos. Por lo que oigo, hablan del trabajo, del pasado, de tiempos mejores. Parece que trabajaron en una misma empresa o institución, relacionada ―intuyo― con la seguridad. También intuyo que no se conocen de afuera.
Las enfermeras entran, nos toman la temperatura, nos toman la presión, nos cambian el suero. Las mucamas nos cambian las sábanas. Para cambiar las mías me hunden a babor y después a estribor sin demasiado esfuerzo: no debo estar atado entonces.
Y debo pesar muy poco.
Entran más empleados. Traen bandejas con comida. Se las dejan a los viejos, a mí no me dejan nada. Tengo un poco de hambre, pienso en quejarme; pero me quedo callado, no sé si puedo hablar. Y prefiero no saberlo.
Los médicos nos miran desde la puerta, con la actitud de jueces que discuten el futuro de los condenados a muerte. Mis dos compañeros son liberados de sus correas de goma, y al rato se levantan. Hay señoras y chicos ―acaso sus mujeres y sus hijos― que los ayudan a vestirse.
Vienen otros dos pacientes, un poco más jóvenes que los viejos. Los acompañan sus preocupadas madres o sus solteronas tías. Los médicos los miran desde la puerta. A mí también. Pero susurran y se van, no me dicen nada.
Nadie me dice nada.
A lo mejor ellos no son mis médicos. Acaso el que me corresponde no vino, o está de vacaciones. ¿Y si mi historia clínica se perdió, y nadie sabe de mi existencia en este hospital?
La luz de la ventana, detrás de mí, ilumina el cuarto. Lo sé por los reflejos y las sombras que se proyectan en la pared: los reflejos rotan, y después oscurece. Oigo zumbidos, y quiero creer que se trata de grillos. Se repite la danza de enfermeras, mucamas, médicos. Se repite el coro de sueros, sábanas, susurros. Y el olor a hospital. Siempre.
Nadie vino a visitarme.
Ni mamá. Ni Celeste. Ni ninguno de mis amigos. ¿Nadie sabe que estoy en este estado? ¿O es que hubo un accidente, y ellos terminaron peor que yo?
Si fuera así, debería estar en terapia intensiva, y no en esta sala húmeda y descascarada. Salvo que todo sea por mi culpa, la cosecha de algún acto deleznable. Un hecho tan espantoso que merezca esta deriva y este abandono, incluso en mi peor momento.
¿Soy capaz de cometer algo así?
Intento recordar. Creo que lloro por el esfuerzo, pero no podría asegurarlo: siento la cara hinchada y caliente, aunque al mismo tiempo insensible.
No me acuerdo de nada.
Y me quedo dormido, o me desmayo. Lo sé porque recién era de noche, y ahora es de día.
Y me cambian las sábanas, y me cambian el suero. Y, al girarme las enfermeras, logro ver la puerta otra vez.
Y ahí está Celeste. Sí vino a verme, a cuidarme, a asegurarse de que me están tratando bien. Logro hacer foco. Quiero sonreírle, hablarle, agradecerle. Pero las ganas se me van: su boca..., su labio superior tiembla de ira. Y, al mirarme, sus ojos no pueden ―ni quieren― ocultar su desdén. Me odia.
Celeste me odia, es evidente. Y eso es algo que no puedo soportar. Aunque no recuerdo nada, quiero suplicarle perdón. Pero ella se da vuelta y se va. Sin mirar atrás, sin dudarlo.
Intento moverme, intento pegar un grito. Vuelven los ardores en los hombros y en los muslos y la entrepierna: dolores fantasmales que me recorren la piel, seguramente quemada. Alrededor de la vista me aparecen diminutos relámpagos que se van cerrando hacia el centro, dejando en su lugar tan sólo negrura. Y no puedo respirar.
Con el último resquicio de vista, me veo rodeado de médicos que intentan revivirme. Después, sólo los oigo.
Me revisan, me sostienen, me meten un tubo en la garganta. Gritan, dan órdenes. Siento una sacudida que me quema el pecho, y después otra más fuerte.
Las voces se me van apagando. Se apagan.
No se den por vencidos. Sálvenme. ¡Sálvenme!
Necesito saber…

"Despojo", leído terroríficamente por Marcelo Di Marco