Obstrucción

No bien se despertó, Alejandra tanteó como pudo la mesa de luz y agarró el celular. Con ojos legañosos miró la pantalla: las diez y cincuenta y tres de la mañana. Un buen momento para levantarse.
Se había dormido pasada la medianoche, cuando terminó la telenovela. A esa hora, Manu roncaba desde hacía un buen rato. Pero claro: él se levantaba a las siete para ir a trabajar, pobrecito. Cuando ella volviese a conseguir un trabajo, también debería madrugar.
Pero el mercado laboral está tan difícil, se dijo, como para convencerse de que eso era una absoluta verdad.
Y en gran parte era verdad: no había ofertas, o las que había… Pretendían que ella fuera una esclava, que empezara sobándola bien de abajo. Eso era para las pendejas de veinte, no para una mina que rozaba los treinta, y que además tenía un posgrado en Económicas.
Las once y dieciséis. Alejandra se levantó, más que nada porque el estómago le crujía, y la vejiga le explotaba. El día no se presentaba muy interesante: tenía que ir de compras por el barrio, tal vez limpiar la casa, y destapar de una vez por todas el inodoro del baño chico. Hacía semanas que algo bloqueaba el desagote, y no se podía usar. Era una tarea mas para Manu que para ella, pero ya que estaba todo el día en casa, no le costaba nada hacer un rato de plomera.
Desayunó café y un buen trozo de lemon pie que había sobrado ―y se juró que esa misma tarde iría al gimnasio, que encima lo estaba pagando al pedo―. Si conseguía trabajo no podría seguir desayunando así, y al gimnasio iba a tener que cancelarlo. Pero si los dos trabajaban todo el día, entonces: ¿quién iba a hacer las compras? Por suerte no tenían hijos: eso sí que sería un incordio. Sí, se lo veía venir: conseguir un empleo, más que ayudar, complicaría todo.
Entre desayuno, televisión y un rato de jugar con el celular se hicieron las doce y media. Ya era tarde para salir a hacer compras. La mayoría de los locales cerraban a la una, mejor ir por la tarde.
Normalmente se hubiera preparado el almuerzo, pero el desayuno ―esa montaña de masa y merengue y crema de limón― había sido exagerado. Esos kilos de más ya sonrojaban al espejo.
¿Qué podía hacer? ¿Limpiar? Había pasado un trapo la semana pasada. No estaba tan sucio.
¿Ir al gimnasio? Mejor mañana. Antes los martes iba a lo de Wenceslao, su psicólogo, pero ahora ni eso: lo había dejado, aburrida de contarle siempre lo mismo.
Volvió a agarrar el celular: ya tenía una vida nueva en el juego. La usó, pero perdió rápido. Necesitaba buscarse una nueva actividad. Todavía era temprano para la novela de la tarde o para dormir la siesta. Se acordó del inodoro, y antes de que la pereza volviera, lavó la poca vajilla que había usado. Después se fue al baño a ver qué onda con ese puto tapón de pelos y papel. Y sí, qué otra cosa podía ser.
Se paró frente al inodoro y lo miró. Apretó el botón de descarga y observó cómo el remolino de agua subía hasta casi el borde de la taza, y bajaba… muy lentamente, demasiado lentamente. No sabía cuál era el procedimiento ortodoxo ante esa situación. Supuso que había algo más asqueroso que una bola de mugre y pelusas obstruyendo el desagüe. Pensar en meter la mano ahí le revolvió el estómago.
Fue hasta la computadora. En el buscador escribió: “inodoro tapado”, y le aparecieron miles de enlaces y videos. Entró a uno cualquiera. En él, pretendían venderle productos químicos específicos, pero los atascos que mostraban no eran ni por asomo tan apocalípticos como el de su baño. Para casos como ese recomendaban llamar a un especialista.
Definitivamente, no. Seguro que le cobraban una fortuna por un trabajo de cinco minutos.
Probó con la siempre fiel sopapa. Probó varias veces, pero no pasó nada.
Fue hasta el lavadero. No tenían muchas herramientas: algunos destornilladores, un par de pinzas, un martillo. Lo básico. Revolvió un poco y encontró un fino y maleable metro de alambre. Le dobló la punta formando un gancho y volvió al baño.
Sosteniéndolo desde arriba, metió en el hueco del desagote la punta doblada. Chocó contra algo blanduzco, le vinieron náuseas. Empujó, revolvió y sacudió con el alambre. Presionó el botón otra vez: ahora el remolino de agua amenazaba con rebalsar. Retrocediendo un paso, Alejandra se dijo que su método no estaba dando resultado. Al contrario: la estaba cagando mal. Y sonrió al advertir la pertinencia de la metáfora.
Esperó a que bajase un poco el nivel, insistió con más fuerza, pero el alambre era blando y se torcía.
Lo sacó. Una pasta entre marrón y negra ensuciaba la punta del gancho.
Recordó que en la cocina tenía guantes de látex. No le quedaba otra: debía sumergirse en la mierda.
Se puso un solo guante. Se quedó un rato tomando valor frente al inodoro. Suspiró, se arrodilló y metió en el agua hedionda la mano enguantada. Como si la mano vistiera un traje de buzo, el frío tardó en llegarle a los dedos: por suerte el guante no estaba pinchado.
Palpó el atasco. Presionó en el medio y cedió, pero no logró agujerearlo. ¿Cómo se había formado eso? Misterio. Está bien que ella tirara ahí la tierra y las pelusas cuando barría, pero eso no alcanzaba para taponar todo.
Metió la mano más adentro para empujar mejor. Por el puño del guante le entró “agua”.
―Queascoqueascoqueasco...
Estuvo a punto de levantarse y llamar a un plomero; pero no, ella podía: era una mujer fuerte, independiente. Usó esa bronca para empujar con todas sus fuerzas y lo logró: en la barrera de mugre se formó un agujerito. Sonó como cuando se quita el tapón de una bañera llena. Y ahora el agujero se agrandaba por la misma presión del agua. Alejandra le había puesto tanta garra a escarbar en la mierda, que ahora no pensaba rendirse.
Se estiró hasta el botón y lo apretó. El remolino ya no subía hasta el borde: era normal. Lo había conseguido, había destapado el inodoro. De haber sabido que era tan fácil, lo hubiera hecho antes. Se quitó el guante y lo tiró a la basura. Se lavó las manos un largo rato.
Envalentonada, y para asegurarse de que no quedaran vestigios, volvió a meter el alambre en el agujero y lo raspó contra las paredes. No fue mala idea, algo de mugre había quedado: pedacitos oscuros aparecieron flotando en el agua.
Y el alambre se quedó enganchado.
No había caso, no podía sacarlo. Hizo fuerza. El gancho se estiraba perdiendo su forma, después volvía a su sitio: alguna gomosidad lo retenía. Alejandra acercó las manos desnudas al borde del agua, y tiró con todas sus fuerzas hacia arriba.
El alambre se soltó de repente…
…y Alejandra cayó hacia atrás y se golpeó la nuca contra el toallero. Sonó a roto. Un dolor muy fuerte se le extendió por toda la cabeza. Se le nubló la vista, no supo dónde estaba.
Se apretó la cabeza: le dolía mucho, le latía como un tumor vivo. Miró hacia arriba: la toalla se había caído pero el toallero seguía intacto.
Se palpó la nuca hinchada, palpitante.
Algo en su pecho le llamó la atención. Una cosa gomosa. ¿Eso era lo que venía atascando el inodoro?
Y… ¿era lo que ella pensaba que era?
Seguro que por el envión de la caída, esa porquería había volado y se le pegó a la remera del piyama.
No tenía sentido, no podía ser que eso ―de ser lo que ella pensaba que era― hubiera estado en el desagüe de su baño.
Alejandra se olvidó del dolor, del asco, de la mugre y de dónde había venido eso. Lo agarró con dos dedos, lo alzó a la altura de sus ojos y lo analizó. Es que no podía ser.
Aunque , era.
Estaba sucio y roto…, pero sí: era un forro.
Ahí mismo, sentada en el baño, se puso a pensar cuándo había sido la última vez que ella y Manu habían hecho el amor. Le costó acordarse. Hacía dos meses, o tres. Eso sí: no habían usado forro. Desde hacía más de dos años, ella tomaba pastillas, y no habían vuelto a usar otro método anticonceptivo.
O sea, para resumir: ese forro no llevaba ahí tanto tiempo. Entonces… ¡lo usó con otra!
―Y en nuestra propia casa ―le dijo Alejandra a las paredes―. Y en mi cama.
¿Manu metiéndole los cuernos? No. Manu no le haría algo así.
Pero tenía la prueba.
—Hijo de puta. —Su voz la sorprendió al sonar calmada.
Se levantó, fue hasta el comedor.
Arrancó unas hojas del rollo de cocina, las tiró sobre el mantel y dejó en ellas el forro. Se sentó frente a esa goma de mierda y se la quedó mirando.
Seguía mareada. La cabeza le retumbaba con cada latido. Una puntada ―no sabía si por el golpe, o por lo que acababa de descubrir― partía desde la base del cuello y le atravesaba el cráneo hasta la frente.
Su mirada se perdió en el hipnótico péndulo del reloj que altivamente decoraba la sala. Lo habían conseguido en San Telmo a precio de baratija, y resultó una antigüedad, una reliquia. Con un simple cambio de engranajes, el reloj marcó rítmica y precisamente cada segundo que llevaban felizmente casados. A Alejandra se le ocurrió que sus pensamientos se movían igual que ese péndulo: de la negación, a la obvia prueba de la infidelidad.
—¿Cómo pudo hacerme una cosa así? A mí, que me desvivo por él. Que me levanto cada mañana para que la casa esté limpia, pensando en qué hacerle de cenar cuando llega cansado del trabajo.
¿Y cuándo había sido? Sí: el mes pasado, cuando ella tuvo esa entrevista laboral que al final no quedó en nada. Seguro que se trajo alguna putita al departamento, mientras ella, nerviosa y sola, se enfrentaba a esos buitres.
Claro. Seguro que esa sí le entregaba todo. Pervertido. ¡Cerdo!
Con razón él le insistía tanto con que buscara laburo. “Si tenemos dos sueldos, podemos ahorrar. Y además no estás todo el día encerrada sola, haciéndote la cabeza”. Como si en una oficina de mierda no estuviera más encerrada todavía.
Quería toda la casa para él, para llenarla de prostitutas.
—Hijo de puta —volvió a decir—. Si no anduvieras cogiendo por ahí, también podríamos ahorrar. Si yo no quiero otro trabajo. Festejé cuando me echaron. Estoy bien así.
Soy feliz así.
Y ojalá hayan sido putas. Seguro que fueron travestis. ¿O tendría una amante? Alguna perra de esas que se contonean por la oficina en trajecito y tacos altos. Eligen entre sus compañeros al más pelotudo, le destruyen el hogar y lo viven hasta conseguirse uno mejor: uno más pelotudo y con más guita.
—Seguro que se dejó llevar el muy baboso. Alguna forra de esas lo engatusó, le mostró el escote y…
Ella ya tenía casi treinta. Vieja y gorda. Y el guacho se aburrió. Y así, como si nada, la cambió por un modelo más nuevo. Alguna “exitosa” que trabajaba y estudiaba y hacía tremendos petes.
Justo a ella, que se desvivía por él.
―Esto no va a quedar así ―dijo. Y sus palabras acompañaron las campanadas del reloj.


Manu entró, la casa oscura y en silencio.
—¿Amor? Ale, ¿estás en casa?
Colgó el saco en el perchero y prendió la luz del living. La angustia le apretó el pecho: su preciado tesoro ―el que había marcado cada segundo de amor― se había detenido; el péndulo estaba quieto, no oscilaba siquiera. A pesar de que él no creía en esas cosas, lo consideró un mal presagio.
Caminó por el pasillo hasta el dormitorio, y por instinto retrocedió de un salto: parada frente a él ―la cara desencajada, los ojos rojos―, apareció Alejandra. Y empuñaba algo alargado.
—Puta madre, Ale —dijo, recuperando el aliento—. Me asustaste.
Sin decir una palabra, Alejandra levantó el martillo y se lo encajó en la cabeza, justo arriba de la oreja izquierda. Manu oyó como un trueno mudo, y la habitación giró, y todo se volvió oscuridad.


Cuando despertó, el dolor de cabeza era insoportable. Las sienes le latían, todo daba vueltas. Le costó darse cuenta de que estaba en el comedor de su propia casa. Más le costó entender que estaba atado a una silla.
—Al fin te despertás, hijo de puta.
Manu pestañeó, se notó pegoteado el costado de la cara y de la boca: por el olor, sangre coagulada.
—¿Que pasó, mi amor? ¿Ale…?
—No me llames más así. Amor, las pelotas. Perdiste ese derecho.
Manu intentó desatarse. Sacudió las muñecas. No sentía las manos, las ataduras le cortaban la circulación.
—¿Vos me ataste? ¿Qué te pasa? ¿Te volviste loca?
Alejandra sólo lo observó. A ella también le dolía la cabeza. Las revelaciones de las últimas horas y el golpe que se había dado en el baño no habían sido una buena combinación.
En otras circunstancias hubiera llamado a una ambulancia para asegurarse de no tener alguna lesión en el cerebro. Pero hoy no tenía tiempo. Había que vengarse. No, vengarse no: había que hacer justicia.
—¡Desatame, carajo! ¿Estás loca?
—Dónde te la cogiste. Cuántas fueron.
—¿De qué hablás?
—No te hagas el imbécil, imbécil. Sabés muy bien de qué hablo.
El imbécil hizo fuerza con los brazos, la silla crujió y se tambaleó.
—¡Ayuda, mi mujer se volvió loca! ¡Alguien que me ayude!
—Gritá todo lo que quieras. En esta ciudad, a todos les chupa un huevo todo.
Además, todo terminará pronto.
No iba a escaparse. Ella se había asegurado de eso. Había usado sus propias corbatas para atarlo a la silla. Las mismas corbatas que él usaba para ir a la oficina. Las mismas corbatas que esas trolas que tenía como compañeras le habían admirado y manoseado. Esas mismas que ella lavaba y planchaba, y se aseguraba de que quedaran perfectitas para que su maridito se luciese. Qué inocente había sido, qué pelotuda: lo entregó en bandeja de plata.
Manuel dejó de gritar y de sacudirse:
—¿Me podés decir lo que te pasa? Por qué me ataste.
—Un par de semanas que estuve un poco bajoneada, que no tuvimos relaciones, y ya tenías que meter otra mina acá, en casa.
La cara de Manuel simuló absoluta perplejidad.
¡Reconocelo, mentiroso de mierda!
—¿Qué pasó desde anoche ―Manuel se aclaraba la garganta, trataba de componer la voz―, que me acariciabas la cabeza mientras me quedaba dormido? ¿Qué hubo desde anoche hasta ahora? ¿Qué me perdí?
¡Falso!
Alejandra le dio un revés.
—¡Pero pará, loca!
—No me pongas esa cara. Ya lo descubrí. Admitilo de una vez, y terminemos con esto.
—No tengo nada que admitir. ¡Soltame! Soltame y charlemos como personas civilizadas. Es obvio que te pasó algo, o alguien te contó alguna mentira, y pensás que te engañé. Y eso no es cierto.
Alejandra dejó escapar el aire por la boca.
—¡Decime la verdad!
Alejandra sintió una nueva oleada de dolor que partió desde la nuca y se le expandió por toda la cabeza. Pensó que seguro le estaban saliendo unos cuernos de verdad, y no pudo evitar una carcajada.
―¿Alejandra, por qué no lo llamás a Wenceslao?
―¡Qué mierda tiene que ver mi psicólogo con tus putitas!
―¡Qué putitas, Alejandra! ¡Soltame!
¿Qué carajo tenía que hacerle al idiota para que reconociera que le había metido los cuernos?
―Cuando salgo a alguna entrevista, traes putas acá. A casa las traés.
—¿Qué? Si vos… ¿En qué momento?
Alejandra agarró el forro de arriba de la mesa.
—Y si no es verdad, ¿quién carajos usó esta mierda, decime? —Se lo puso delante de los ojos—. ¡Un forro era lo que atascaba el inodoro! ¡Un forro!
Manuel relajó el gesto. Rio cansado.
Te reís como te reías de mí, mientras te cogías a otra.
—No, Ale. Nunca te engañé.
Alejandra le tiró el forro en la cara, y le gritó que era un mentiroso:
―¡Mentiroso de mierda!
Rodeó al traidor ese, y con el mismo alambre que había usado para destapar el inodoro se puso a estrangularlo. Él se esforzaba por hablar, pero las palabras no salían porque el tiempo de las palabras ya había pasado.
El alambre le cortaba la carne y se hundía en el cuello. La sangre le ensuciaba la camisa y las piernas. Ese hijo de mil putas, que alguna vez ella había amado, boqueaba en busca de aire.
Se lo merece.
La cara hinchada, las venas azules de la sien, los ojos de sangre. Esos ojos que de soslayo le rogaban a ella detenerse.
Pero ella no se detuvo.
—Nunca te engañé, mi amor. Te amo, pero como últimamente estabas tan distante, tan deprimida, ante cualquier insinuación me rechazabas. Y yo me sentía frustrado. No me quedó otra que recurrir a mis manos. Y, para hacerlo más interesante, distinto, algunas veces usé preservativo.
Manu se imaginó diciendo esas palabras, palabras que nunca salieron de sus labios. Mientras, su corazón latía en las últimas.
Cuando Alejandra terminó ―terminó en un orgasmo glorioso―, el alambre se había incrustado varios centímetros en el cuello. Sus propias manos tenían heridas profundas.
Se recostó ahí mismo, sobre ese charco oscuro. El dolor en la nuca pulsaba insoportable. Las puntadas, cada vez más fuertes. Una contractura, el cuello duro, insensibilidad en su brazo izquierdo.
Algo se le había roto en el golpe contra el toallero: seguramente tenía un coágulo, una obstrucción.
―Y esto también es culpa tuya ―le dijo al muerto, que parecía dormido.
Dormir, sí. Dormir un rato le haría bien a Alejandra.
No tenía tiempo de arrastrarse hasta la cama, no llegaba ni le daba el cuerpo. Todo empezaba a nublarse.


Sílice (VI)

VI

Cuando Ricardo volvió del trabajo, se encontró a su mujer caminando de un lado a otro. En las manos le temblaban el teléfono inalámbrico y el celular. Entonces lo miró a él directamente, con los ojos llorosos, y Ricardo comprendió que las cosas no andaban muy bien que digamos.
―¿Qué pasa, Gaby?
―Fiona. No contesta.
―El examen era ayer, ¿no?
―Eso es justamente lo que me preocupa. Ella nunca hace estas cosas. Ya tendría que haber llamado.
―Bueno, tranquilizate. Seguro que hay una buena explicación.


Ricardo llamó a la facultad, y después de tenerlo como bola sin manija le informaron que su hija, señor Morandi, no se presentó al segundo final.
Inmediatamente compraron dos pasajes de avión a Córdoba, para el mismo día.


Golpearon, tocaron timbre y miraron por las ventanas. Ricardo decidió forzar la cerradura.
No vieron nada raro. Salvo que en la pileta de la cocina se apilaban platos sin lavar, cosa que nunca sucedía con Fiona. Fiona, que ahora no aparecía por ninguna parte.
Llamaron a la Policía. Mientras los esperaban, Ricardo contuvo a Gabriela, pero él tampoco estaba muy entero.
Los oficiales formularon las preguntas de rigor, y con una lentitud exasperante prepararon la búsqueda.
Por una cosa parecida que había visto en la tele, a Gabriela se le ocurrió ir a hablar con los compañeros de facultad de Fiona y organizar una marcha. Los chicos enseguida convocaron a los medios. Los noticieros locales y nacionales hablaron del caso. Toda la ciudad participó.
Y nada. Tres, cinco días sin noticias de Fiona Morandi.


Un empleado judicial vaciaba el departamento de un ambiente que había ocupado la joven Capristo. Entre sus pertenencias había documentos que la sindicaban como propietaria de un chalet ubicado a dos cuadras. Con un cerrajero de la Policía, el empleado fue a ver en qué condiciones se encontraba la vivienda.
Lo sorprendió descubrir una mochila cerca de la entrada. Pero más lo sorprendió encontrarse con un celular roto, al lado de la chimenea. Recorrió las habitaciones: todas estaban abiertas.
Todas, menos el baño.
Entró con sigilo. Un olor rancio le obligó a arrugar la nariz. Cuando vio a la mujer acurrucada en un rincón de la bañera, el empleado casi sale corriendo.
¿Estaba muerta?
La cabeza le caía lánguida sobre el pecho, una cortina de grasiento pelo le tapaba la cara. Se acercó a ella, le agarró la pera con cuidado y le alzó la cabeza. Sintió que se ponía pálido. Demacrada, desnutrida y con una expresión de horror indescriptible, la chica que todos buscaban seguía apenas con vida.


Los médicos del hospital dijeron que, si hubiera pasado un día más así, no la contaba. Fiona quedó internada en terapia intensiva. Y, aunque no había despertado, las expectativas eran buenas.
—Todavía no hablemos con Cata —le comentó Ricardo a Gabriela cuando lograron calmarse un poco—. No la preocupemos. A la distancia, estas cosas son más difíciles de asimilar.
Ahora, más tranquilo, suponía que todo aquello propiciaba la reconciliación de su mujer con su hija mayor.
―¿Por qué no la llamás vos a Cata y le contás todo, Gaby?
―¿Yo? ¿A Catalina?
―Después de todo sos su madre, ¿no?
Gabriela salió de la habitación. Buscó en la agenda de su celular el número que les había pasado Catalina por correo electrónico. En el mismo correo aclaraba ―con subrayado, mayúsculas y negrita― que la llamasen sólo por alguna emergencia.
Llamó y esperó. Catalina atendió como a los diez timbrazos:
―Te dije que no me llamaras, mamá.
―Ya sé lo que dijiste ―contestó Gabriela con sequedad―. Si te llamo, es porque no me queda otra. Tu hermana tuvo un accidente. No sabemos qué pasó. Estuvo desaparecida unos días, y la encontraron medio muerta en el baño de una casa abandonada.
―Ah, bueno. ¿Pero ya está bien? Eso no es ninguna emergencia.
―Más o menos. Le están pasando suero, pero todavía no se despertó.
―Ah, pero va a estar bien.
―Los médicos creen que sí. No te avisamos antes para que no te preocuparas. Sabemos que a Fiona la querés.
―Sí. Bueno. Me alegro que esté mejor… ¿Cómo está Sílice?
Hasta ahí llegó la paciencia de Gabriela.
―Que cómo está Sílice. Tu hermana casi se muere, y a vos lo único que te preocupa es cómo está ese gato de porquería. No sé cómo está. ¡Ojalá que lo haya reventado un camión, pendeja de mierda! No sé a quién saliste.
Catalina cortó.
Alarmado por el llanto de su mujer, Ricardo salió al pasillo.
―¿Qué pasó, Gaby?
―Pregunta cómo está Sílice ―dijo Gabriela temblando―. ¿Lo podés creer? Ni le importó lo que le pasó a la hermana. Y encima vos, meta apañarla.
Gabriela no aguantó más, y hubo que llevarla a la guardia.
Ricardo salió a la vereda y llamó por teléfono a Cata.
―Hola, qué novedades ―Catalina hablaba seca, enojada.
―¿Te puedo hacer una pregunta, hija, si no te enojás? Decime si es cierto que cuando tu madre te contó lo de Fiona, vos preguntaste por el gato.
Hubo un largo, incómodo silencio.
―Sílice es especial, papá. Yo le avisé a Fio…
Ricardo cortó. Y se puso a llorar como un marica.


Cuando Fiona despertó, no sonrió al ver a sus padres.
―Todo va a estar bien, ya pasó ―le dijo Gabriela acariciándole la mano―. Estamos contentos de que te sientas mejor. Tus amigos de la facultad están en la puerta. Hay un montón de gente rezando por vos, ¿sabés?
―Sí, hijita ―intervino Ricardo―. Lo que sea que haya pasado, ya no importa. Ni lo tenés que contar.
―Ese gato me odia ―dijo ella, débil.
―Es un animal, no entiende.
―¡Ustedes son los que no entienden, mamá! Catalina le hizo algo. Experimentos.
Ricardo y Gabriela se miraron. ¿Fiona deliraba?
A pesar de temer la respuesta, Gabriela preguntó:
―¿Qué experimentos?
―No sé.
―¿Y cómo sabés que el gato te odia?
La mirada fija, al frente, Fiona callaba.
Y, cuando se decidió a hablar, sus palabras tuvieron un tono opaco, neutro:
―Porque me lo dijo.



Sílice (V)


V

Un ruido metálico la hizo saltar de la cama.
Vio en la pantalla del celu que eran las 03:07. El ruido parecía provenir de la cocina.
Temblando, recién al tercer intento logró ponerse las pantuflas. Con la respiración entrecortada, aferrándose a las paredes, se asomó a la cocina.
Sílice engullía, torpe, los trozos de pollo.
El gato más feliz del mundo, pensó Fiona. Y entró en la cocina y se cruzó de brazos.
El gato se detuvo y la observó.
Ella le sostuvo la mirada.
El hijo de puta tenía el hocico y las patas cubiertas de sangre.
―Preferiste ir a cazar en lugar de aceptar lo que te ofrecía, ¿no? Pero al final arrugaste. Es más fuerte que vos. ¡Yo soy más fuerte que vos! ¡Yo mando, mierda!
Displicente, ajeno a toda puteada, Sílice volvió a mirar el plato, lo empujó con una de sus patas delanteras y giró hacia Fiona.
Avanzaba agazapado hacia ella.
Avanzaba más y más.
Fiona conocía esa actitud, esa mirada asesina. La misma de su sueño: por más absurdo que resultase, en cualquier momento se alzaría en dos patas.
Ella retrocedió, tocándose las heridas de la cara aún sin cicatrizar. En medio de temblores, corrió a su cuarto y se encerró.
―¿Qué me pasa? Estoy discutiendo con un animal. ¿Me volví loca?
Se quedó ahí, y ya no hubo arañazos ni susurros. ¿Se habría ido?
Por las rendijas de la persiana entraron unos rayos de sol. Fiona se vistió y decidió ir al chalet de Magalí: tenía miedo de que Sílice la atacara; estaba aterrorizada, mejor dicho.
Con mucho sigilo, abrió la puerta.
¿No había nadie?
Salió al comedor. Ni rastros del gato.
Agarró lo necesario ―llaves, la mochila― y salió a la calle.
Camino a la avenida, se le ocurrió algo horrendo: envenenaría al gato ella misma. Le cocinaría un irresistible y sabroso pollito y lo condimentaría con algún raticida, valga la justicia poética. Lo dejaría solo, para que muriera en paz ―¡revolcándose y cagando sangre!―, y luego haría lo más difícil: lo enterraría en el jardín.
Le quedaban unos cientos de metros hasta la avenida, y las luces de un patrullero y un pequeño tumulto a su derecha llamaron su atención.
Se acercó a ver, y la interceptó un agente:
―Señorita, por favor, no se acerque más.
A Fiona se le aceleró el corazón.
―¿Qué hay? ―dijo.
Entre el cordón de policías y curiosos, logró ver jirones empapados de granate.
—Qué pasó —insistió, como mejor pudo.
―Un animal —contestó el policía, monocorde―. A lo mejor un puma.
Fiona lo esquivó, y apartó a empujones a los morbosos y pasó bajo la cinta amarilla.
Y su sospecha quedó confirmada: aun desfigurada y desgarrada en largas correas de carne, pudo reconocer a Magalí.
Y cayó de rodillas, en un grito mudo.


Mientras la llevaban a la morgue en un patrullero, intentaron explicarle que, si bien no eran comunes esos ataques tan cerca del casco urbano, cada tanto tenían algún caso.
Pero ella sabía la verdad: a Magalí la había asesinado Sílice. El gato entendió que su amiga iba a sacrificarlo… y se le adelantó. Pero no podía declarar semejante locura ante esos insensibles milicos: la encerrarían en un calabozo. En un loquero, mejor dicho. “Un gato es un gato”, le dirían. Tenía que esconder la verdad. Guardársela.
Magalí no tenía familiares cercanos, así que la Policía le pidió a ella que reconociera el cuerpo. Obedeció. Sentía culpa, mucha culpa: ella misma tendría que haberse ocupado del gato, no su amiga.
Llamó a los compañeros de la facultad. No les contó sobre Sílice. Todos se juntaron y despidieron a Magalí.
Fue un largo día de trámites y papeles que firmó sin leer siquiera. Los amigos se iban yendo, volvían a lo suyo: fatalidades aparte, al día siguiente rendían otro final.
Fiona dudó en presentarse. No, no se presentaría. Con la cabeza en cualquier lado, le dio mil vueltas al asunto. Pero pensó en Magalí, tan aplicada, y decidió que se presentaría lo mismo. Lo haría sólo por ella, aunque la bocharan bien bochada.
Entre tanto dolor, no había tenido tiempo de hablar con los viejos. Además, no quería revivir todo tan pronto, y encima llorando a kilómetros de distancia. Además, su madre la obligaría a volver ya mismo. Y además, si se negaba, era capaz de ir hasta ahí a buscarla.
Al final llamó. Y sólo les prometió que, tras el último examen, iría a pasar unos días con ellos.
Recién ahí les resumiría tanta tristeza, y se dejaría mimar por su mamá: las dos eran especialistas en mimar y en dejarse mimar. Lo necesitaba.
Recordó que guardaba la llave del chalet de Magalí. Se decidió a ir, y a la hora y media ya estaba entrando.
Dejó la mochila a un costado, y puso el celular y las llaves sobre la repisa del hogar. Entonces no pudo más y lloró. Recorrió la casa, llorando: no podía creer que su amiga ya no estuviera.
Entró en cada una de las flamantes habitaciones, incluso en la cocina. Magalí había cumplido su sueño, y ahora no podía disfrutarlo.
Ya en el baño, se lavó la cara. El agua fresca la hizo sentirse mejor.
Y hubo un golpe hueco ―un sonido a madera―, seguido de un ¡crack!
Se asomó a la sala. Lo primero que le llamó la atención fue su celular destruido sobre el parqué. Levantó la mirada y se le cortó la respiración.
Sentado sobre la chimenea, la cola serpenteante, sus ojos brillaban con más fuerza que nunca.

―Hijo de puta…

Sílice (IV)


IV

―¿Qué pasa, amiga, que estás desaparecida?
Era Magalí, por el celu.
―Estoy estudiando. Tenías razón: no dan ganas de salir estando tan lejos. Ni siquiera en una mañana tan linda.
―No era para que te lo tomaras tan literal. Te va a hacer mal. Despejá un poco la mente.
Fiona le hizo caso a su amiga y fue a visitarla.
Magalí alquilaba un departamento ínfimo en el barrio Flores, al suroeste de la ciudad.
―Está lindo tu departamentito.
―¿“Departamentito”? ―dijo Magalí exagerando el tono de enojo, y enseguida sonrió―. ¡La mansión! ―Les echó un vistazo a esas estrechas paredes, con ojos tristes―. Una cueva es; otra que mansión. Si todo sale como espero, pronto me mudo.
―Está lindo igual. Me gusta.
―Dejate de joder, Fiona. ¿Me vas a decir qué te pasó en la cara?
―Ni me hables. El gato.
―A ver.
Fiona contó lo que le había hecho Sílice. Magalí le limpió la herida, y con profesionalismo veterinario le hizo un prolijo vendaje.
―Es raro lo que me contás ―dijo, mientras guardaba su instrumental en el maletín―. Ya llevan seis meses conviviendo. Ya debería haberse adaptado a vos y a la nueva situación.
―¿No tendrá rabia o algo así? Yo noto que se le está cayendo el pelo… Y te cuento que está más grandote.
―Puede ser por el cambio de estación. Igual, si querés, un día de estos saco el pasaporte y me tomo un avión hasta tu casa.
―Dale, sería genial ―Fiona le siguió la broma a su amiga―. Pero te comento que las costumbres en mi región son muy diferentes.
Entre chiste y chiste, volvió de buen humor. Le había hecho bien despejarse un rato. Aprovechó para repasar antes de irse a dormir.
Durante la madrugada se repitió la situación. Fiona se despertó, y vio que Sílice la observaba desde la puerta. No intentó acercarse. Lo ignoró. Quería mostrarle quién mandaba en esa casa, y lo enojada que estaba.
A la noche siguiente ocurrió lo mismo. Y también la siguiente. Y la otra.
Le redujo el alimento y dejó de regalarle las sobras. Era ridículo, bien lo sabía; pero quería que le suplicara arrepentido.


Noches después, todo se descontroló: en medio de la penumbra, Sílice se subió a la cama…, y ahora se le acercaba sigiloso. Ella pensó ―quiso pensar― que venía a implorar el perdón, que en su idioma gatuno le pediría que todo volviera a ser como antes. Entonces Fiona le haría ver que eso era imposible. Que, a cambio de aquellos beneficios, él debía entregarle ronroneos y cariño animal; el eterno contrato entre los gatos y los seres humanos, que a veces los gatos respetan.
Fiona salió de entre las sábanas. Y dijo, sobradora:
―¿Qué pasa, gatito?
Sílice se encogió, y tras un instante arremetió con garras y dientes contra la cabeza de Fiona, y ella le encajó un instintivo manotazo en el lomo. El gato voló contra la pared llevándose en las zarpas carne y piel de las mejillas. Gotas de sangre salpicaron las sábanas y la almohada. Sílice gritó, cayó al piso y huyó de la habitación.
Y Fiona se largó a llorar.
Cuando logró calmarse, fue hasta el espejo del baño. Un monstruo: la cara sangrante, hinchada. Las heridas eran más profundas que nunca. Incluso podría necesitar sutura; pero la asustaba salir sola, tan tarde. Se limpió lo mejor que pudo y cubrió con una gasa los arañazos.
Por la mañana habló con Magalí, quien tenía la habilidad de hacerla sonreír hasta en los peores momentos:
―En tres días, Fiona, tengo que dar el último final de veterinaria. Estoy hasta las manos. Te prometo que después voy a tu casa y lo veo. Dentro de tres días, voy a ser mucho más grosa que ahora.


Fiona le escribió a Catalina y le contó, sin dar precisiones, lo mal que iba todo con el gato.
Su hermana le respondió que Sílice era especial, que ella le había avisado. Y cerraba el texto diciendo: “Yo lo volví especial”.
¿Qué le había hecho Catalina al gato? ¿Enseñarle a comer como un señorito? ¿Acostumbrarlo sólo a la comida gourmet? Si no hubiera aparecido ella, a los pocos años Catalina hubiese terminado rodeada de gatos y bien loca.
Mientras esperaba la visita de su amiga, Fiona se encerró para dormir. Sílice rascaba la puerta del dormitorio, pero enseguida lo ignoró: eran ideas suyas; debían de serlo, porque además oía susurros.
Estaba sola, sentada en un banco en el medio del Aula Magna de la facultad. Era una noche de insoportable silencio. Ella miraba alrededor, desconcertada. Cuando volvió la vista al frente, descubrió, junto al pizarrón, a Sílice parado en dos patas. Medía casi dos metros y la miraba fijo, con las orejas retraídas, como a punto de atacarla.
Fiona se despertó empapada en sudor. La aterrorizaba la idea de estar enloqueciendo.
Para olvidarse de sus problemas domésticos se enfocó en los dos finales. El gato colaboraba desapareciendo durante la mayor parte del día.


Tras tirarle huevos y vinagre a Magalí, Fiona y sus amigos se fueron con cervezas y una picada a “La mansión”. Dos horas de boliche, y a otra cosa.
―Ahora que estamos solas… ―dijo Magalí saliendo del baño y frotándose la cabeza con una toalla: se limpiaba los restos de ese engrudo amarillo que había empezado a apestar―. Decime: ¿estos son los arañazos de la otra noche?
A Fiona se le saltaban las lágrimas, y su amiga la abrazó.
―No doy más ―dijo entre espasmos nerviosos―. No me deja dormir. Tengo miedo de que me esté acechando atrás de algún mueble. Me rasca la puerta de la pieza a la noche y… ―Fiona no quiso que Magalí pensara que ella se estaba volviendo loca, y no siguió hablando.
―Tranquila, amiga. No podés vivir así.
―¡Ya lo sé!
―Acompañame a un lugar, y después vamos a tu casa y lo reviso.
―¿Adónde vamos?
―Es una sorpresa.
Llegaron a un chalet viejo, no muy grande y recién pintado. Magalí sacó unas llaves y abrió.
La casa estaba vacía, se olía la pintura. No había muebles, lámparas, adornos. Lo más llamativo era un hogar a leña en el centro del comedor, con campana y todo. Fiona miraba a Magalí, sin comprender.
―No dije nada antes ―dijo Magalí―, por miedo a que se pinchase. Hace un año saqué un crédito hipotecario. Me lo aprobaron hace unas semanas, y pude comprar esta casita.
Fiona se quedó con la boca abierta. Corrió a abrazar a su amiga.
―¡Te felicito, qué buena que está! Me encanta.
―¿Viste? Hay que hacerle unos arreglos, pero lo más groso ya está. Es mía.
―Que día, eh. Todo junto. Tu último final y tu propia casa.
―Sí. Todo… Hablando de eso, ¿vamos a la tuya?


Cuando llegaron a lo de Fiona, buscaron a Sílice por toda la casa: revisaron bajo los sillones y detrás de cada mueble. Desistieron al rato. Prepararon mate y se sentaron a ver televisión. Mientras charlaban, Sílice las sorprendió ocupando el tercer asiento. Las dos lo miraron.
―Así que vos sos el famoso Sílice ―dijo Magalí, y se acercó.
―Cuidado ―dijo Fiona.
Magalí le acarició la cabeza, y el gato le empujó la mano amistosamente pidiendo más. Ella lo siguió acariciando, y el guacho ronroneó.
Es conmigo, pensó Fiona. Gato de mierda.
―Es cierto que tiene algunas áreas peladas ―dijo Magalí acariciándole el lomo―. Quizás haya que reemplazarle el alimento, o suministrarle alguna vitamina.
Fiona no disimuló su decepción. Era ridículo y se sentía mal, pero le hubiera gustado oírla a su amiga diagnosticar que el gato tenía un tumor horrible y que se moriría en un par de horas. En un par de minutos, mejor.
―Hubieras preferido ―dijo Magalí, después de tomar aire― que te dijera que se iba a morir, ¿no?
―No. Yo…
―No te sientas mal. Yo soy veterinaria y todo lo que quieras, pero me parece que las personas son más importantes que los animales. Vos sos más importante que tu gato. ―Sílice la miró fijo, y Magalí se estremeció―. Hay algo raro en este bicho. Además de lo del pelo, digo. Los ojos, la mirada…
―Yo lo veo cada vez más grandote. Además le cuesta más trepar. Como si se hubiera vuelto más torpe. El otro día quiso subirse a la mesada, calculó mal y se cayó. Y al día siguiente le pasó lo mismo, queriendo subirse a la mesa. Cada vez que le pasa, me río con ganas. Es mi pequeña venganza por los arañazos.
―Puede ser que esté más obeso, nomás.
―No sé, capaz que soy yo que estoy sugestionada.
―¿No pensaste en regalarlo?
―No puedo: mi hermana me mata.
Magalí sacó la llave de su casa nueva y se la entregó.
―Tomá. Estrená mi casa.
―No, por favor ―dijo Fiona alzando los brazos como quien rechaza un regalo cuantioso―. Es tuya. Es nueva.
―No seas tonta, tengo otra copia. Tomá. Al menos hasta que des el último final. Vos acá no podés dormir.
Fiona agarró la llave.
―Gracias.
―Ni me avises. Si la necesitás, vas y listo. Nadie te va a joder. Nadie más sabe que la compré.
―Okey. Gracias, Maga, de verdad. Sos una amigaza.
―Bueno, me voy. Tengo que ordenar un poco la mansión y empezar a guardar cosas para la mudanza.
―Te pido un remís.
―No, dejá, dejá ―Magalí habló repentinamente apurada―. Por la avenida pasa un colectivo que me deja en la esquina. ―Echó a su alrededor un vistazo aprensivo, como para cerciorarse de que el gato no la siguiera―. No me va a hacer mal caminar un poco.
―Bueno, te acompaño.


Fiona no quiso abusar de la confianza de su amiga, y esa noche no fue a dormir a la casa nueva. Pero se arrepintió: los arañazos a la puerta y los susurros fueron insoportables.
Cuando por fin logró dormirse, volvió a soñar que la habían dejado sola en la gigantesca aula. Era el día del examen. Otra vez, Sílice se erguía junto al pizarrón.
Y era muy alto.
Y la miraba fijo.
Y levantaba la pata izquierda ―un brazo humano, aunque peludo y con filosas garras― y arañaba el pizarrón hasta sacarle sangre. A Fiona el áspero chirrido le erizaba la piel, la obligaba a cubrirse los oídos con la almohada. Otra vez se despertó. Otra vez envuelta en un sudor helado, el corazón a mil.
No bien despertó, aunque aún era de madrugada preparó un bolso y huyó al chalet. Ya amanecía cuando el remís la dejó en lo de Magalí.
Por la mañana compró un colchón, que pensaba dejarle a su amiga de regalo cuando volviera. Sin televisión ni distracciones, podría estudiar tranquila. Igual durmió mucho: lejos de Sílice, se sentía un tanto relajada.
Dos días después, rindió el primero de los dos finales. Un 9,75.
―Es mi casa nueva ―le dijo Magalí―, te tira buena onda.
―Lástima que tenga que volverme. No le dejé bastante comida.
―¿A quién? ―Magalí le guiñó un ojo―. ¿Te conseguiste un culiáu?
―Al gato digo, boluda.
―Ah sí, el gato. Respecto al gato, estuve buscando en mis libros. Y no encontré ninguna enfermedad que responda a los síntomas. No hay literatura.
Fiona suspiró, chasqueó la lengua.
―No sé qué hacer. Incluso tengo miedo de estar en mi propia casa.
―Eso no tendría que ser así. ―Magalí se acercó, le cruzó un brazo por encima del hombro, y en tono de confidencia, dijo―: Creo que deberíamos sacrificarlo.
Fiona la miró: hablaba en serio.
―Una pequeña inyección, vos viste. ―Magalí sostenía una jeringa imaginaria, apretaba el émbolo―. ¡Páfate! Se duerme, y sin dolores. Y nunca más despierta. Y no te jode nunca más el gato de mierda este.


Fiona pasó esa noche en el chalet, pensando y pensando. Recién a la mañana siguiente volvió a su casa.
Sacrificar al único ser vivo que había llegado al corazón de Catalina ―además de ella misma― era una crueldad. Por otro lado, su hermana no tenía por qué enterarse. Accidentes pasan todos los días. Podía mentirle.
A pocos metros de la puerta, un olor nauseabundo ―¿Sílice se habría muerto de hambre?― la obligó a cubrirse la nariz.
Entró con cuidado. Pisó algo blanduzco que la hizo resbalar. ¿Tan rápido se pudre un cuerpo?
Prendió la luz y se encontró con un tendal de cadáveres de animales: ratas y pájaros despellejados. Había sangre y vísceras en los rincones y salpicaduras en las paredes. Cientos de moscas se hacían un festín. Sobre su cama, además, Sílice le había dejado un regalo especial salido de sus entrañas.
Lo primero que pensó fue en llamar a su amiga. Pero ya la había hecho ir hasta ahí  toda una tarde. Y para nada.
Encima, Magalí estaba mudándose, no podía seguir molestándola por cualquier cosa. Limpiaría, y después vería cómo seguir.
Sin poder dejar de temblar, echó lavandina y desinfectante, revisó cada mueble. No fuera cosa de que el gato anduviera acechándola.
Terminó. Todo se veía reluciente, aunque la fetidez se había impregnado ―¿o lo percibía solamente ella?―. Por las dudas limpió otra vez.
Mientras fregaba la pared del comedor, de reojo percibió un movimiento en una de las ventanas. Ese gato de mierda venía a reírsele.
Despacio, muy despacio, Fiona agarró lo que tenía más a mano: el florero de cerámica. Giró y se lo revoleó al intruso, y el florero se estrelló contra el marco de hierro de la ventana, y un pajarito azul echó a volar.
Harta, llamó a Magalí:
―Hagámoslo, liquidemos a ese hijo de puta.
Magalí le prometió ir esa misma tarde.
Una vez que acabaran con el gato, ella le escribiría a Catalina. Eligiendo las palabras, le mentiría que Sílice había sido víctima de alguna extraña enfermedad, y que los mejores veterinarios no habían podido salvarlo. Si aquella pedía de ver el cuerpo, ya le inventaría cualquiera.
Llamó a los viejos y les contó que había rendido bien el primer final.
―Pasado mañana ―dijo― tengo el otro.
No les habló de su angustia con aquel demonio. A su madre, todo lo referido a la pobre Catalina le importaba tres carajos, y el buenazo de papá querría convencerla de detener el innecesario sacrificio. ¡Otra que innecesario sacrificio! ¡Una hecatombe se merecía ese hijo de puta de Sílice!
Fiona no quería dudar: si lo pensaba dos veces, no lo sacrificaría.
―Así arranco mi vida profesional como veterinaria ―dijo Magalí apenas llegó―. Asesinando a un gato.
Fiona agachó la cabeza.
―No me lo digas así, porque me arrepiento.
―No. Nada que ver. Vos, que vas a ser psicóloga, pensalo de este modo: el gato es agresivo porque sufre. Intentaste todo para hacerlo feliz. No pudiste. Él no te dejó, entonces terminamos con su sufrimiento de otra manera.
―Lo odio, pero a la vez me da lástima.
―¿Dónde está? ―Magalí se inclinó, pispeó alrededor.
―No lo vi en todo el día. ―Fiona se alzó de hombros.
Vieron por televisión El retrato de Dorian Gray, charlaron y comieron. Del gato, ni noticias. Salieron a buscarlo, lo llamaron. Fiona lo veía detrás de cada arbusto.
Sarteneó unas irresistibles pechugas de pollo y se las dejó en su escudilla, pero el gato seguía sin aparecer.
―¡Mirá la hora! ―dijo Fiona señalando el reloj―. Te hice perder todo el día.
―No me hiciste perder nada ―contestó Magalí, sincera―. La paso bien con vos. Me quedo un rato más. Siempre decís que aparece de noche.
―Para rascarme la puerta ―Fiona arañó el aire―. Gato hijo de puta.
―Si no aparece, en un ratito me voy, y mañana probamos. No puede desaparecer para siempre.
Tampoco puede sospechar nuestros planes, pensó Fiona.
Pero se calló la boca.


Cerca de la medianoche, Magalí se despidió. Fiona vio cómo se levantaba las solapas del abrigo, seguramente por el aire nocturno. Ahora recorría el camino hasta la avenida.
Al entrar de nuevo en la casa, la imaginó pensando en lo mismo que ella: Sílice acechaba en las tinieblas.
Se dio una ducha y se fue a dormir.