El color perfecto

Aparicio bajó de la Hilux su cuadro más reciente, cruzó la calle y entró en la Galería SAT ―Suipacha|Anchorena|Thomas―. Margherite tardó demasiado en recibirlo, y él recordó que la última vez también había tardado demasiado. El viejo truco de los galeristas y de los editores y de toda la gente con capacidad de ejercer poder.

Finalmente apareció Margherite, y a modo de disculpas dejó en claro que aquella espera era inadmisible para un artista tan convocante. Y explicó:

―Ay, no sabés. Justo estaba en conversaciones con un nuevo escultor ugandés que la viene rompiendo. Todo lo africano garpa, y más ahora.

Cuando se conocieron, Margherite empezaba a ser bastante mediática en el mundo del arte. Y, con los años, sus palabras sinceras y solemnemente admirativas se fueron volviendo cada vez más falsas y grandilocuentes. Aparicio sonrió y le dijo que en la trastienda tenía algo para mostrarle.

Ya a solas, sacó del bolsillo su Endura Zome. Al abrirla, Margherite dio un respingo:

―Qué vas a hacer con esa navaja.

Aparicio cortó las cuerdas y los papeles que protegían el cuadro.

―Mi más reciente obra ―dijo, y mostró un lienzo cruzado de pinceladas frías y cálidas, óleo y témpera y carbonilla y papel de diario.

Margherite hizo una mueca que bien podría haber sido una sonrisa, pero más pareció que se sacaba comida de entre las muelas del fondo.

―Guau, Apar, espectacular como siempre.

Ni la miró en detalle, ni le hizo alusión a su estilo artístico ni a sus influencias. Nada de “Muy Pollock”, ni “Cuanta fuerza en los trazos”, nada: fue al escritorio y se puso a llenar los papeles. Hasta hubiera preferido un honesto “Te estás poniendo repetitivo”.

―La vas a exponer ―dijo, tratando de sacarle un poco de información a Margherite, quien le respondió, sin levantar la vista del papel:

―Ahora tenemos un par de exposiciones privadas, esta misma noche hay un evento multiespacio. No puedo poner esto en la sala 1 ―con el pulgar señaló el cuadro “espectacular”―, pero vamos a colgarlo en la 2. Ni bien termine la temporada de eventos, la mudamos. ―Miró de nuevo a “esto”―. Aunque, para lo que va a durar…

―¿Cómo?

―Es que la gente a mí me compra cualquier cosa.

Le dio el recibo, y Aparicio firmó, y a los pocos minutos ya estaba subiendo a su camioneta.


 

Los auténticos artistas somos obsesivos, se dijo, ya en su estudio y parado en medio del lienzo vacío, una superficie blanca de dos metros por tres. Y es que no le surgía ni una idea: el desinterés de Margherite por su obra lo había dejado en blanco.

―Y además somos inseguros ―dijo en voz alta, y se la imaginó sacándole el cuero con sus colegas galeristas, burlándose de su arte. Y así estuvo varias horas, sin poder pintar nada de nada.

Se cansó del bloqueo y salió hacia la galería, dispuesto a que le devolvieran su obra. Se la llevaría a otro, o la vendería él mismo por internet.

Pero cuando llegó vio que había una exposición de arte contemporáneo. Rebalsaba de pendejos vestidos como náufragos o prisioneros de guerra, y las obras expuestas no había forma de describirlas. Basura, fue lo primero que se le ocurrió a Aparicio, y también lo segundo. De hecho, había una obra que era una bolsa de consorcio izada en un mástil. “Mi única y verdadera bandera” la habían titulado, y todos aquellos peladitos con barba, y todas esas flacas con flequillos desparejos y enormes anteojos de carey la admiraban y la elogiaban poniendo cara de eruditos, como si se tratara de “La noche estrellada”, o de cualquier otra genialidad en serio. Aparte, ninguno parecía advertir que eso no era una bandera, sino un estandarte ―en el mejor de los casos.

Abriéndose paso entre tanta frivolidad, Aparicio huyó hacia la salida. Pasó junto a Margherite, que por suerte no lo vio: él quería salir de ahí cuanto antes, usar en su estudio toda esa bronca acumulada.

Y llegó y se puso a tirar pintura sobre la tela, colores fuertes y colores claros, y se revolcó encima y rasgó las capas de pintura más superficiales, dejando surgir lo de más abajo. Y siguió rasgando hasta que le dolieron las manos y tiró más pintura y volvió a rasgar como un poseso.

No podía detenerse, siguió y siguió y le salieron ampollas y se le estallaron las ampollas, y la sangre cayó sobre la tela, y él la entremezcló con la pintura, y chorreó más sangre hasta que cayó agotado encima de su obra.

 


A la mañana siguiente, tuvo que despegarse del lienzo. Lo más duro fue el ensangrentado dorso de su mano, que había quedado fuertemente adherida: al despegarla volvió a sangrar. Se levantó, fue al lavatorio del baño y se aplicó primeros auxilios.

Cuando volvió al estudio y contempló su nueva obra, descubrió emocionado que se trataba de algo distinto, saludablemente renovador y esencialmente rupturista. Entendió que Margherite tenía razón: los últimos cuadros carecían de alma. Pero con este terminaría por trascender; sólo necesitaba un pequeño recorte.

Seleccionó la parte más estética ―la de la sangre―, la caló con su navaja, la embaló y encaró para la galería.

¿Lo hicieron esperar? Por supuesto. ¿Margherite se deshizo en disculpas? Obvio. Pero, cuando él descubrió el cuadro, todo aquel ficticio interés que mostró días antes se volvió genuino. Margherite miró fijo el lienzo, y después se acercó para apreciar la obra desde distintos ángulos. Asintió.

―Ahora sí, Apar, ahora sí. Es impresionantemente genial.

―Gracias, Maggie.

Ella le miró la mano vendada:

―¿Qué te pasó ahí? ¿Te quemaste? A mí una vez me pasó con la tetera.

―No, no es nada. ―Aparicio medio que ocultó la mano―. Me corté con un vaso roto. ¿Lo vas a exponer?

―Hagamos una cosa: pintá una serie. ¿Te parece? Quiero hacer una muestra exclusiva. Este va a ser tu gran relanzamiento. ¿Te parece bien?

A él le parecía bien, y se fue a su estudio, y se puso a pintar, uno tras otro, nueve lienzos más. Mezclaba pintura y sangre, hasta que ya no pudo soportar el dolor, y debió vendarse las dos manos.

Entonces se cortajeó el brazo, y lo dejó chorrear sobre los nuevos lienzos. Pero pronto sintió que le bajaba la presión, y dejó de crear y fue al botiquín.

Llamó a la galería y le pidió a Margherite que enviara a alguien a retirar los cuadros, que se sentía mal.

A la hora, tenía a dos empleados cargando las nuevas obras, y una hora después de eso a Margherite llamándolo para felicitarlo:

―Las dos últimas me gustaron especialmente, es por ahí. Y ya tengo el título para tu muestra: Alma… ―Se quedó callada del otro lado de la línea, como considerando el título―. No. Mejor Sangre. Tiene más fuerza.

―Me parece ideal. ―Y a Aparicio Fuentes lo cruzó un escalofrío al pensar: ¿Se habrá dado cuenta de que hay sangre real en los cuadros?. ¿Cómo se te ocurrió?

―Los colores, los trazos, la violencia. Y se nota que tienen alma, o sea…: sangre.

Aparicio agradeció, y se fue a dormir pensando en recuperarse de su bajón de presión: para completar la muestra, iba a necesitar mucha más “alma”.

En los dos días siguientes pintó seis más. Pintó hasta desmayarse.

La Galería Suipacha|Anchorena|Thomas inauguró la exposición de Aparicio, y los cuadros se vendieron casi instantáneamente. A lo largo de la primera semana, los ricachones pujaban el precio, y entre los corrillos se iba deslizando la idea de que Aparicio Fuentes venía a romper con todo lo establecido.

Aparicio sólo estuvo en la presentación del primer día, y apenas se dejó ver y no habló, lo cual ayudó a rodearlo de un halo de misterio. Pero él no lo hizo por timidez, o para colaborar con su misticismo.

Margherite le encargó más obras ―+Sangre se llamaría la nueva serie―, y le mostró los números de las ventas, y Aparicio entendió el patrón que elevaba el precio de cada cuadro. No era muy difícil de entender.

Se hablaba de él en los medios especializados, y nunca había visto en sus cuentas bancarias tantos ceros.

+Sangre fue un éxito, aunque no tan rotundo como la primera serie. En los medios más nuevos, las plumas envenenadas ya acuñaban la odiosa palabra “repetición”.

Aparicio habló con Margherite y le informó que a la mañana siguiente tendría lista la última obra de la Colección Sangre, que mandara gente a buscarla.

Ella trató de convencerlo de que pintara algunas más, que todavía podía venderlas a buen precio; pero Aparicio se mantuvo firme. Cortó la comunicación, presionó REC en la cámara que ya había dejado lista, se arrodilló sobre el lienzo y terminó el trabajo.

 


Al ver que Aparicio no atendía, los empleados llamaron a Margherite, que fue en persona hasta el estudio ―A Apar había que tenerlo mimado― y se rompió los nudillos golpeando a la puerta. Finalmente llamó a la Policía.

Tras torpes intentos de colarse por el balcón de un vecino, los oficiales decidieron conseguir un cerrajero. En tres minutos, el tipo taladró la cerradura, y pudieron entrar.

Una tragedia para el mundo del arte titularon los periódicos. El último cuadro del gran Aparicio Fuentes fue alabado por los críticos especializados: todos coincidían en que se trataba de una verdadera obra maestra. Y Margherite supo sacarle el jugo: el canto del cisne de Aparicio Fuentes se vendió por millones a un comprador anónimo extranjero.

Los más jóvenes ―aquellos peladitos de barba y aquellas flacas mal peinadas―, amantes de lo novedoso, primero declararon que el estilo de Aparicio ya se estaba estancando y que necesitaba modernizarse; después se olvidaron de su existencia, de su tragedia y de su legado. Ya estaban ocupados alabando a una nueva tatuadora que, con implantes eléctricos, conseguía tintas luminosas cada vez más brillantes, y se las aplicaba sobre su propio cuerpo. Y esos hypsters no pudieron resistirse: necesitaban en el Olimpo un nuevo dios al que descuartizar.

Eso sí: se babeaban viendo en sus teléfonos, una y otra vez, el video viral del pintor que se arrodillaba sobre el lienzo, desplegaba la navaja, se cortaba el cuello, y en sus últimos estertores esparcía la sangre por la tela para mezclarla con los pigmentos y lograr el color imposible. El color perfecto.




Darinka

Darinka sentía hambre. Otra vez.

Los restos de la cena se secaban sobre la cama. Y venía teniendo suerte: al parecer, ningún vecino había notado que su “papá” no aparecía por los pasillos desde hacía un par de días.

Ser la nenita del edificio era una ventaja que debía aprovechar antes de buscar un nuevo esclavo. Abrió la puerta del departamento y observó el pasillo. En el A vivía Irma. Irma la adoraba: si iba a visitarla, sin duda le abriría la puerta. Pero Irma era vieja, y a Darinka no le gustaban los viejos. En el B vivían los Fernández: una familia entera la tentaba mucho, pero el riesgo era demasiado alto.

El C.

En el C vivía ese tal Álex, un tipo joven. Joven, y muy introvertido. Un pelotudo, bah.

Darinka cerró la puerta y se la jugó. Tocó el timbre del C.

A lo mejor el pelotudo no estaba en casa. En una charla de pasillo, lo oyó decir que le gustaba sentarse en algún banco de la plaza Echeverría y observar a la gente. En ese caso, ella debería conformarse con la sangre de Irma. Sangre vieja. Sangre sosa.

―¿Quién es?

―Soy… ―puso su voz más virginal―. Soy Darinka.

La puerta se abrió apenas. Y por la hendija apareció Álex, con cara de preocupación:

―¿Estás bien? ¿Le pasó algo a Luis?

―Papi está bien. Ya se fue a trabajar ―Darinka puso los ojos vidriosos―. Pero se olvidó de dejarme comida.

―Ah, qué mal. ―Álex se dio vuelta y miró hacia el interior de su departamento, y después volvió a mirar a Darinka, y cómo cayendo en la realidad dijo―: Ah, ¿querés que yo te prepare algo?

Sos una luz, pensó Darinka. El Genio de las Deducciones. Pero asintió inocentemente:

―Si no es molestia, señor.

Álex miró hacia la puerta de enfrente.

―¿No está la señora del A?

―¿Irma? Ella es buena. ―Bajando la voz agregó―: Pero me aburró en su casa.

Álex estiró la boca forzando una sonrisa, y después se resignó:

―Bueno, pasá.

Ah, la frase más deseada. Darinka entró y se sentó en el sillón del living, mientras Álex cerraba la puerta.

―¿Querés ver los dibujitos? ―Álex la miraba entre incómodo y nervioso. ¿No sabía tratar con niños, o acaso sospechaba?

―Prefiero leer el diario ―dijo ella agarrando el Popular de la mesita ratona.

―Como quieras. Pero no creo que las noticias de ese diario sean aptas para menores.

Darinka se rio cubriéndose la boca: ocultaba los sedientos colmillos, aptos para todo público.

―Voy a la cocina a prepararte algo, nena. ¿Dánika te llamabas, no?

―Darinka.

Darinka, imbécil.

Ella asintió, mientras leía la tapa: fútbol, esa inexplicable pasión salvaje.

 

10  heridos a la salida del clásico de Avellaneda.

 

Una vez más la violencia se hizo presente en el fútbol argentino.

Esta vez, el enfrentamiento no fue entre las hinchadas de Racing e Independiente, sino entre dos facciones disidentes de la Guardia Imperial. Hay apuñalados y heridos de arma de fuego. Los detenidos ya fueron liberados.

 

Qué divertido, pensó Darinka. Si ella fuera presidente, fomentaría esa brutalidad. No la del fútbol, sino la de los enfrentamientos armados.

Siguió leyendo la tapa:

 

Declaraciones del ministro de Economía

 

“El nuevo impuesto a la importación promueve el consumo de productos nacionales”. Ayer a la tarde en conferencia de prensa, el flamante ministro dejó esa y otras conclusiones que dan para el debate. La CGT y la oposición le salieron al cruce.

 

¿Impuestos que promueven el consumo? Qué gracioso. Darinka lo conocía bien al flamante ministro: en el pasado habían cazado juntos él y ella, pero hacía siglos que tomaron caminos diferentes.

―Nena ―dijo Álex desde la cocina―: ¿una ensalada te parece bien?

―Es lo mismo ―dijo ella, y pensó: total mi almuerzo serás tú.

Siguió leyendo el diario. La nota principal era interesante:

 

“El Piñón de Villa Urquiza” ataca de nuevo.

 

Encontraron muerto a Rubén M. (23). Al igual que las cuatro víctimas anteriores, el joven apareció descuartizado adentro de una valija, con la boca abierta de oreja a oreja formando una sonrisa macabra. La nueva víctima también compartía otra característica con las anteriores: su rostro maquillado imitando al famoso payaso Piñón Fijo.

El indigente que lo halló escarbando en un tacho de basura declaró: “Al abrir la valija lo primero que me encontré fue un oso de peluche bañado en sangre”.

Recordemos que las otras víctimas también fueron dejadas en diferentes esquinas del barrio, todas descuartizadas en valijas, y todas acompañadas de un oso de peluche diferente.

 

Qué raros son los humanos, pensó Darinka. Cómo se excitan con el morbo. Los fascina la muerte.

Oyó que Álex abría la heladera, o acaso la alacena.

Siguió leyendo:

 

Justo antes del cierre de esta edición, el comisario Colucci, jefe de la comisaría 49, confirmó lo que se sospechaba: “Se trata del mismo asesino, sin ninguna duda. El tipo de víctima va variando, y eso es un hecho bastante raro según mi experiencia. También el modus operandi cambia, como si improvisara; pero lo que no cambia es la forma de despojarse de sus víctimas. El descuartizamiento, las valijas, los peluches y también el maquillaje se repiten en todos los casos”.

 

Darinka dio una mirada al living: sencillo, pulcro. Hasta olía a lavandina. Oyó el cuchillo contra la tabla de madera: Álex estaría cortando verduras. ¡Verduras! ¡A una nena! ¿A quién se le ocurre?

Giró el diario. La contratapa entera la ocupaba la foto de una modelo o vedette mostrando el culo. Hermoso culo, se dijo, y esas nalgas duras y brillantes le despertaron el apetito.

Se levantó del sillón y fue hasta la puerta de la cocina.

―Basta de juegos ―ordenó.

Álex la miró extrañado, y ella mostró por fin garras y colmillos.

Él no se sorprendió al ver esos ojos diabólicos. De la mesada agarró la tabla y se la revoleó al vampiro. Decenas de trocitos blancos volaron por el aire y se incrustaron en la piel de la criatura. Darinka se cubrió de pústulas sulfurosas que despedían un olor acre. Retrocedió hasta el comedor, aleteaba para arrancarse del cuerpo los pedazos de ajo. Eran como clavos al rojo vivo.

Mientras el vampiro manoteaba y chillaba de dolor, Álex se acercó y le aplastó en el pecho el diente de ajo que había estado cortando. Entre las costillas del monstruo se abrió un humeante hueco. Y en ese hueco hundió Álex el mango de la cuchara de madera.

Entre toses y temblores, Darinka cayó sobre el parqué, incrédula.

Mirándola desde arriba, Álex ya pensaba qué valija y qué osito de peluche combinaban mejor con su nueva y tan peculiar víctima.

 


Meritocracia


La reunión de ayer había sido un quilombo, tanto que Lucrecia empezó a escribir la carta de renuncia. Pero pensándolo mejor se detuvo, y al final terminó yendo a trabajar como todos los días.
Dejó la taza de café en el escritorio y encendió su muro. Revisó estadísticas de las encuestadoras analógicas, datos poblacionales capturados vía dron y el impacto de la cid, la Campaña de Invasión Digital. La cid no era de su agrado: eso de meterse en los televisores y unidades digitales de las personas ―así como si nada, sin avisar―, y contarles “cara a cara” sus ideas para el futuro de la Ciudad Independiente de Buenos Aires, a ella le parecía un abuso.
A su alrededor, los compañeros llegaban, saludaban como los autómatas que eran, se quejaban del horario de trabajo en épocas preelectorales y se ponían a revisar sus muros.
Se asomó Edgardo, que sostenía dos holoafiches con la cara y el titilante y luminoso nombre del Alcalde.
―Lucre ―dijo―: decime cuál de los dos te genera más impacto.
Ella se acomodó en la silla y observó los holoafiches. A primera vista se veían exactamente iguales. Y a segunda vista también. Los dos tenían el mismo fondo amarillo y la misma enorme y sonriente cara del Alcalde esbozando el mismo gesto. Se preguntó si su jefe, alzando aquellas dos gotas de agua, no estaría poniéndola a prueba. Abajo, la misma frase célebre aparecía y desaparecía con el mismo efecto: “Alejandro 2027”. Y a la frase seguía el mismo jeroglífico: B.A.MOS X +.
Simulando cara de competente, Lucrecia señaló cualquiera de los dos:
―Me parece que este de la derecha tiene más energía ―dijo, fingiéndose segura.
Edgardo asintió con la cabeza.
―Yo pienso lo mismo, Lucre. En este holoafiche, la cara de Alejandro, como que demuestra más convicción, ¿no?
Edgardo bajó los afiches y se dio vuelta hacia su secretaria:
―Usamos la opción número uno. ―Mientras él daba alguna directiva más, Lucrecia volvió a observar los holoafiches. Seguían pareciéndole idénticos.
Vio que él se estaba yendo, pero ahora volvía sobre sus pasos:
―Me olvidaba, Lucre: Alejandro quiere que vayas a la primera inauguración de la ronda.
―¿Yo?
―Sí, a mí también me extrañó un poco, ¿viste? Pero quiere que te saques tus dudas. Después del quilombo que armaste ayer, los asesores delinearon algunos cambios teniendo en cuenta tus ―dibujó con los dedos comillas en el aire―… planteos.
Lucrecia volvió a recordar la bendita reunión de ayer. Edgardo la había invitado a participar, y se arrepintió no bien ella abrió la boca. Igual ahora no parecía muy alterado.
Para ella, participar en aquella reunión era un gran avance. Y no se iba a quedar callada así nomás.
La Secretaria de Prensa había sido la primera en tomar la palabra:
―Esta noche tiene una nota en C5N, señor Alcalde. En el programa de Casey Wonder.
―Uh. Seguro que me la hace difícil.
―Probablemente. Es un firme y orgulloso defensor del populismo de principios de siglo. De hecho, la semana pasada estuvo recorriendo cárceles y denunciando en qué pésimas condiciones viven “esos dignísimos exfuncionarios perseguidos”.
―Bueno, tenemos que ver de qué le voy a hablar. Estar preparados para cualquier cosa.
―No se preocupe. Vamos a estar conectados directamente con un nanotransmisor, asesorándolo.
Alejandro formó dos pistolitas con sus manos, apuntó a la mujer y, mientras le sonreía y le guiñaba un ojo, simuló dispararle.
―Señor ―dijo Edgardo―, acá Lucrecia tiene algunas dudas sobre las inauguraciones de esta semana.
―¿Dudas? ¿Qué dudas? Eso suma por todos lados. ―El Alcalde miró al Jefe de Campaña, sentado a su derecha―. Eso aseguran ustedes, ¿no?
―Correcto, señor. Esta es una ciudad en la que han ocurrido tragedias de todo tipo. Los familiares siempre reclaman que se haga algo, que se conmemoren esas terribles muertes. Así que poner una placa en el lugar exacto en donde haya muerto alguien es un gesto que, según los algoritmos, puede sumar 6 o hasta 7% de votos.
―Creo ―dijo Lucrecia― que los familiares lo que piden es justicia. Que se investigue qué pasó en cada caso. Que los culpables vayan presos. Eso sí que nos direccionaría más votos.
El asesor se inquietó más de la cuenta. Nervioso, dijo:
―Eso no es tema nuestro, es… Es de los jueces, de los fiscales. Lo que está a nuestro alcance es conmemorar esas catástrofes de la mejor manera.
Todos asintieron. Lucrecia volvió a alzar la mano:
―No quiero ser pesada, pero…
―No sea tímida, señorita ―dijo Alejandro, siempre sonriente―. Cualquier opinión es valorada en esta mesa.
―Gracias. A lo que voy es: más allá de que signifique un buen gesto conmemorar cada tragedia, de esa forma también estamos quitándole importancia a las más terribles. A las tragedias en serio.
―¿Cómo dice? ―preguntó alarmado el Jefe de Campaña.
―Que no podemos poner nimiedades en la misma bolsa de las tragedias de Cromañón o la de Once. O la última, la masacre del Otto Krause. No podemos comparar hechos de doscientas víctimas con un incidente de inseguridad cualunq...
Lucrecia se calló de repente, sorprendida por un griterío que iba creciendo y creciendo entre los participantes de la reunión. Y ese griterío iba contra ella misma.
Miró a Edgardo, en busca de apoyo. Nada: el tipo agachaba la cabeza, quería desaparecer.
―Lo que decís es discriminador ―dijo una chica de rastas, sentada del mismo lado que ella―. Te falta el bigotito a vos. ―Se puso dos dedos arriba del labio.
―¿Qué? ―Lucrecia no entendía.
―Que todos somos iguales, señorita. No hay tragedias grandes o chicas. Una vida es una vida.
―Somos todos iguales, sí ―dijo ella, mientras el quilombo alrededor se acrecentaba―. Pero no es lo mism…
―¡Fascista! ―gritó la otra―. ¡Hitler! ¡Hitler ha vuelto! ¡Nazi!
―El país está como está  ―dijo un viejo de anteojos― por gente como vos, gorila.
Y la reunión terminó. A los gritos terminó. Además de “nazi”, la trataron de “carnívora torturadora de animales”, y un grupo de féminas la calificó como “traidora machista defensora del patriarcado”.
Pero Lucrecia había vuelto a su cubículo, más convencida que nunca de los ideales que su padre le inculcó. Eso sí: dudaba de su permanencia en el partido.
Ahora, tras las palabras del jefe ―“los asesores delinearon algunos cambios”―, se daba cuenta de que su participación de ayer en la sala de reuniones no había sido tan desastrosa: alguno de esos genios del marketing había tenido en cuenta su punto de vista. Qué suerte que se abstuvo de renunciar.


Llegaron a la esquina de Corrientes y Legrand (ex Callao), y Lucrecia tuvo la impresión de que el acto oficial no se realizaría. ¿Se habría suspendido? Al menos, nada estaba preparado en aquel lugar.
―Vea, señorita ―le dijo el Jefe de Campaña―: su visión del asunto nos hizo repensar la cuestión.
―Me alegra poder ayudar. Pero…, ¿no deberían ir cortando la calle?
―No, justamente ese es uno de los cambios. Cortar la calle crea malhumor en la gente. Nos hace ver como piqueteros.
―O sea que ustedes saben que la gente odia los piquetes. ¿Por qué no le recomiendan entonces al Alcalde que reprima a los que cortan calles?
El Jefe de Campaña la miró de arriba abajo, como dudando de su semblante tan serio.
―Qué ideas raras tiene usted ―dijo, rascándose la pera―. “Reprimir” es una palabra que la gente tolera menos que los piquetes. Es una palabra piantavotos.
―Bueno, llámenle “desatascamiento pacífico del tránsito”.
El tipo rio con ganas, y dijo:
―Qué graciosa es usted. Debería hacer stand-up, ¿sabe?
Dos laburantes pasaron cargando un pedestal de cemento. Esperaron a que el semáforo se pusiera en rojo, llevaron el pedestal unos metros hasta la Avenida Corrientes y lo ubicaron en el carril del medio.
―¿Qué hacen con ese armatoste? ―preguntó Lucrecia.
―En ese lugar exacto, hace unos meses ―explicó el genio del marketing―, a un tipo le robaron el cero kilómetro, y de un tiro mató al asaltante: un pobre pibe que no tuvo otro camino que la delincuencia. Y queremos honrar su memoria, de algún modo.
―¿El dueño del coche también murió?
―No, de ninguna manera. Al pibe queremos homenajear.
Lucrecia se lo quedó mirando, pensó que era un mal chiste. Oyó los esperables bocinazos: el semáforo se había puesto en verde, y los obreros asentaban el soporte en el pavimento, meta martillo neumático. Varias motos les pasaron finito, los automovilistas tocaban bocina y puteaban a lo loco.
Lucrecia volvió a mirar al Jefe de Campaña:
―¿Usted me está diciendo que esta placa es para homenajear a un chorro?
―¿Chorro? Bueno, yo no sería tan taxativo. Un pobre pibe al que no le quedó otra que salir a robar para poder comprarle una unidad digital a la hija, y este viejo platudo lo mató así, sin decir agua va.
―Y encima no piensan cortar el tránsito… ―Lucrecia negaba incrédula―. ¿Van a poner la placa en el medio de la calle?
―Y sí. Ahí mismo fue la tragedia. ¿Dónde quiere que la pongamos?
―En la vereda. Es lo mismo.
―Pero el hecho no pasó en la vereda. A la familia del pibe no le convencía la vereda, y el barrio se solidarizó quemando una comisaría.
―Entonces corten el tránsito, por lo menos. ¡Esto es un peligro, los autos están tratando de esquivar a los laburantes!
El Jefe de Campaña le echó una mirada indulgente:
―Te recuerdo, mi estimada Lucrecia, que fuiste vos la que recomendó no cortar las calles.
Lucrecia se presionó la frente con los dedos. Vio que la comitiva se acercaba: todos los que habían estado en la reunión de ayer, y algunos personajes más.
―Un poco de sentido común, por favor ―dijo mirando al cielo, y volvió a acercarse al Jefe de campaña―. ¿Ese monolito va a quedar ahí en el medio de la calle? ¿Para siempre?
―Ese es el primero de muchos, sí.
―¿Y así nomás, sin protección?
―No, no somos idiotas. Le pintaremos la parte de abajo con pintura reflectante. Así los autos la ven de lejos y la pueden esquivar.
Entre bocinazos, frenadas y puteadas de los conductores, los obreros terminaron de colocar el monolito. Y llegó el Alcalde, quien enseguida pronunció un panegírico dedicado al “pobre carenciado”. Y no faltó un párrafo laudatorio para la pueblada que había reducido a cenizas la comisaría en cuestión.
Tampoco desviaron el tránsito en el momento del corte de cinta.
El discurso, entre los gritos y los acelerones, fue aplaudido por un grupito de militantes con bombos. Los deudos del conmemorado festejaron tirando unos tiros al aire: un balazo dio en la ventana de una confitería, de milagro no hubo heridos. En el momento de la foto oficial, le pidieron a Lucrecia que se corriera a una punta. Ella hizo caso, más que nada por miedo a que se la llevara puesta algún camionero sacado. La chica de rastas, con cara de malevolencia, la empujó más para afuera.
―Correte, Hitler ―le dijo a la pasada.
Y Lucrecia se quedó cruzada de brazos en la vereda. La ciudad estaba gobernada por asesores de imagen que no tenían la menor idea de lo que el pueblo necesitaba. Sólo se realizaban obras y actos absurdos que posicionaran al candidato. Las cosas se comunicaban de tal modo que la mayoría no se las tomase a mal, y cada acción era medida y calculada a niveles subatómicos. Eso, en cuanto a lo urbano. En la globalidad del país, la estupidez era exponencial.
―Se me juntan un poco ―pidió el fotógrafo oficial―, así entran todos.
Viendo aquello, Lucrecia también pensó en su propio futuro y en lo que realmente quería. Había heredado de su padre esa desbordante biblioteca de ciencias políticas, su vocación de servicio, el conocimiento para dirigir con criterio a la sociedad, y lo estaba usando todo para beneficiar a aquella repulsiva piara de inescrupulosos.
Ella quería ayudar en serio. Quizá fuera momento de buscar nuevos rumbos, o de crear su propio partido. Aunque, en un mundo tan sucio, el ascenso sería prácticamente imposible.
Oyó una frenada, y vio la mole blanca, azul y roja clavando los frenos. Gritos, cemento volando, sangre, huesos rotos.
Paralizada, Lucrecia comprendió el horror: un 26 no llegó a frenar a tiempo y se llevó por delante a todo el gobierno porteño.
Lo que vino después lo recordaba por flashes.
Ambulancias, policías, móviles de los principales canales, acusaciones.
Y lo que más recordaría: una militante con la frente ensangrentada instigaba a los suyos a que lincharan al chofer, ese “lacayo del capitalismo”.
―¡Te mandaron los yanquis! ―gritaba histérica―. Tu bondi tiene sus colores. ¡Te faltan las estrellas!
Edgardo, quien zafó de la masacre usando a un asesor como escudo humano, fue quien declaró ante los micrófonos. Y, la verdad, estuvo políticamente rápido. Se desgarró el traje, se untó sangre ajena en la frente, y entre lágrimas dijo:
―No me extrañaría que este chofer haya sido enviado por nuestros enemigos políticos. No soportan que a un gobierno popular le vaya bien. Tienen miedo de que volvamos a ganar. ―Agitó el puño como en la tribuna―. ¡Y volveremos a ganar, carajooo!


Tras el duelo decretado por el presidente De Pineda, Lucrecia volvió a la oficina. Estaba redactando su renuncia, cuando Edgardo la mandó llamar.
―Lucre ―le dijo―, el candidato y todos sus inmediatos sucesores ya no están… lamentablemente. Veintidós muertos se cargó el chofer “capitalista”.
―Ya sé. Ya fue, ¿no? No nos presentamos a las elecciones.
―¿Qué decís? ―Edgardo estaba extrañamente animado―. Esta mañana me llamó Ivá… el Presidente me llamó. Me dijo que soy el siguiente en la línea sucesoria.
Lucrecia se lo quedó mirando.
―Fe-felicidades.
―La verdad, me las merezco. Pero felicitate a vos también.
―¿A mí? ¿Por?
―Porque gracias a tus maravillosas ideas, las cosas se terminaron dando de esta forma.
―¿Veintidós muertos?
Edgardo hizo el gesto de apartar un enjambre de moscas. Veintidós moscas, para ser exactos.
―Eso es lo de menos, Lucre.
―Yo no quería que las cosas terminaran así. Quería ponerle un poco de lógica al asunto. Todo era una locura.
―Eso tampoco importa. Las cosas se dieron como se dieron. Gracias a vos. Así que… quiero que seas mi compañera de fórmula.


Y la fórmula edgar & lucre ―así, sin más, como se acostumbraba desde hacía un tiempo― ganó las elecciones con el 73% de los votos.
Su primer acto oficial fue convertir en peatonal un tramo de Corrientes.
Tirando de la punta de una tela blanca, Lucrecia anunció:
―En honor a todos esos mártires que dieron su vida por la patria a manos del vil agente extranjero, en este solemne acto de nuestra gestión descubrimos las veintidós placas conmemorativas.