Sílice (IV)


IV

―¿Qué pasa, amiga, que estás desaparecida?
Era Magalí, por el celu.
―Estoy estudiando. Tenías razón: no dan ganas de salir estando tan lejos. Ni siquiera en una mañana tan linda.
―No era para que te lo tomaras tan literal. Te va a hacer mal. Despejá un poco la mente.
Fiona le hizo caso a su amiga y fue a visitarla.
Magalí alquilaba un departamento ínfimo en el barrio Flores, al suroeste de la ciudad.
―Está lindo tu departamentito.
―¿“Departamentito”? ―dijo Magalí exagerando el tono de enojo, y enseguida sonrió―. ¡La mansión! ―Les echó un vistazo a esas estrechas paredes, con ojos tristes―. Una cueva es; otra que mansión. Si todo sale como espero, pronto me mudo.
―Está lindo igual. Me gusta.
―Dejate de joder, Fiona. ¿Me vas a decir qué te pasó en la cara?
―Ni me hables. El gato.
―A ver.
Fiona contó lo que le había hecho Sílice. Magalí le limpió la herida, y con profesionalismo veterinario le hizo un prolijo vendaje.
―Es raro lo que me contás ―dijo, mientras guardaba su instrumental en el maletín―. Ya llevan seis meses conviviendo. Ya debería haberse adaptado a vos y a la nueva situación.
―¿No tendrá rabia o algo así? Yo noto que se le está cayendo el pelo… Y te cuento que está más grandote.
―Puede ser por el cambio de estación. Igual, si querés, un día de estos saco el pasaporte y me tomo un avión hasta tu casa.
―Dale, sería genial ―Fiona le siguió la broma a su amiga―. Pero te comento que las costumbres en mi región son muy diferentes.
Entre chiste y chiste, volvió de buen humor. Le había hecho bien despejarse un rato. Aprovechó para repasar antes de irse a dormir.
Durante la madrugada se repitió la situación. Fiona se despertó, y vio que Sílice la observaba desde la puerta. No intentó acercarse. Lo ignoró. Quería mostrarle quién mandaba en esa casa, y lo enojada que estaba.
A la noche siguiente ocurrió lo mismo. Y también la siguiente. Y la otra.
Le redujo el alimento y dejó de regalarle las sobras. Era ridículo, bien lo sabía; pero quería que le suplicara arrepentido.


Noches después, todo se descontroló: en medio de la penumbra, Sílice se subió a la cama…, y ahora se le acercaba sigiloso. Ella pensó ―quiso pensar― que venía a implorar el perdón, que en su idioma gatuno le pediría que todo volviera a ser como antes. Entonces Fiona le haría ver que eso era imposible. Que, a cambio de aquellos beneficios, él debía entregarle ronroneos y cariño animal; el eterno contrato entre los gatos y los seres humanos, que a veces los gatos respetan.
Fiona salió de entre las sábanas. Y dijo, sobradora:
―¿Qué pasa, gatito?
Sílice se encogió, y tras un instante arremetió con garras y dientes contra la cabeza de Fiona, y ella le encajó un instintivo manotazo en el lomo. El gato voló contra la pared llevándose en las zarpas carne y piel de las mejillas. Gotas de sangre salpicaron las sábanas y la almohada. Sílice gritó, cayó al piso y huyó de la habitación.
Y Fiona se largó a llorar.
Cuando logró calmarse, fue hasta el espejo del baño. Un monstruo: la cara sangrante, hinchada. Las heridas eran más profundas que nunca. Incluso podría necesitar sutura; pero la asustaba salir sola, tan tarde. Se limpió lo mejor que pudo y cubrió con una gasa los arañazos.
Por la mañana habló con Magalí, quien tenía la habilidad de hacerla sonreír hasta en los peores momentos:
―En tres días, Fiona, tengo que dar el último final de veterinaria. Estoy hasta las manos. Te prometo que después voy a tu casa y lo veo. Dentro de tres días, voy a ser mucho más grosa que ahora.


Fiona le escribió a Catalina y le contó, sin dar precisiones, lo mal que iba todo con el gato.
Su hermana le respondió que Sílice era especial, que ella le había avisado. Y cerraba el texto diciendo: “Yo lo volví especial”.
¿Qué le había hecho Catalina al gato? ¿Enseñarle a comer como un señorito? ¿Acostumbrarlo sólo a la comida gourmet? Si no hubiera aparecido ella, a los pocos años Catalina hubiese terminado rodeada de gatos y bien loca.
Mientras esperaba la visita de su amiga, Fiona se encerró para dormir. Sílice rascaba la puerta del dormitorio, pero enseguida lo ignoró: eran ideas suyas; debían de serlo, porque además oía susurros.
Estaba sola, sentada en un banco en el medio del Aula Magna de la facultad. Era una noche de insoportable silencio. Ella miraba alrededor, desconcertada. Cuando volvió la vista al frente, descubrió, junto al pizarrón, a Sílice parado en dos patas. Medía casi dos metros y la miraba fijo, con las orejas retraídas, como a punto de atacarla.
Fiona se despertó empapada en sudor. La aterrorizaba la idea de estar enloqueciendo.
Para olvidarse de sus problemas domésticos se enfocó en los dos finales. El gato colaboraba desapareciendo durante la mayor parte del día.


Tras tirarle huevos y vinagre a Magalí, Fiona y sus amigos se fueron con cervezas y una picada a “La mansión”. Dos horas de boliche, y a otra cosa.
―Ahora que estamos solas… ―dijo Magalí saliendo del baño y frotándose la cabeza con una toalla: se limpiaba los restos de ese engrudo amarillo que había empezado a apestar―. Decime: ¿estos son los arañazos de la otra noche?
A Fiona se le saltaban las lágrimas, y su amiga la abrazó.
―No doy más ―dijo entre espasmos nerviosos―. No me deja dormir. Tengo miedo de que me esté acechando atrás de algún mueble. Me rasca la puerta de la pieza a la noche y… ―Fiona no quiso que Magalí pensara que ella se estaba volviendo loca, y no siguió hablando.
―Tranquila, amiga. No podés vivir así.
―¡Ya lo sé!
―Acompañame a un lugar, y después vamos a tu casa y lo reviso.
―¿Adónde vamos?
―Es una sorpresa.
Llegaron a un chalet viejo, no muy grande y recién pintado. Magalí sacó unas llaves y abrió.
La casa estaba vacía, se olía la pintura. No había muebles, lámparas, adornos. Lo más llamativo era un hogar a leña en el centro del comedor, con campana y todo. Fiona miraba a Magalí, sin comprender.
―No dije nada antes ―dijo Magalí―, por miedo a que se pinchase. Hace un año saqué un crédito hipotecario. Me lo aprobaron hace unas semanas, y pude comprar esta casita.
Fiona se quedó con la boca abierta. Corrió a abrazar a su amiga.
―¡Te felicito, qué buena que está! Me encanta.
―¿Viste? Hay que hacerle unos arreglos, pero lo más groso ya está. Es mía.
―Que día, eh. Todo junto. Tu último final y tu propia casa.
―Sí. Todo… Hablando de eso, ¿vamos a la tuya?


Cuando llegaron a lo de Fiona, buscaron a Sílice por toda la casa: revisaron bajo los sillones y detrás de cada mueble. Desistieron al rato. Prepararon mate y se sentaron a ver televisión. Mientras charlaban, Sílice las sorprendió ocupando el tercer asiento. Las dos lo miraron.
―Así que vos sos el famoso Sílice ―dijo Magalí, y se acercó.
―Cuidado ―dijo Fiona.
Magalí le acarició la cabeza, y el gato le empujó la mano amistosamente pidiendo más. Ella lo siguió acariciando, y el guacho ronroneó.
Es conmigo, pensó Fiona. Gato de mierda.
―Es cierto que tiene algunas áreas peladas ―dijo Magalí acariciándole el lomo―. Quizás haya que reemplazarle el alimento, o suministrarle alguna vitamina.
Fiona no disimuló su decepción. Era ridículo y se sentía mal, pero le hubiera gustado oírla a su amiga diagnosticar que el gato tenía un tumor horrible y que se moriría en un par de horas. En un par de minutos, mejor.
―Hubieras preferido ―dijo Magalí, después de tomar aire― que te dijera que se iba a morir, ¿no?
―No. Yo…
―No te sientas mal. Yo soy veterinaria y todo lo que quieras, pero me parece que las personas son más importantes que los animales. Vos sos más importante que tu gato. ―Sílice la miró fijo, y Magalí se estremeció―. Hay algo raro en este bicho. Además de lo del pelo, digo. Los ojos, la mirada…
―Yo lo veo cada vez más grandote. Además le cuesta más trepar. Como si se hubiera vuelto más torpe. El otro día quiso subirse a la mesada, calculó mal y se cayó. Y al día siguiente le pasó lo mismo, queriendo subirse a la mesa. Cada vez que le pasa, me río con ganas. Es mi pequeña venganza por los arañazos.
―Puede ser que esté más obeso, nomás.
―No sé, capaz que soy yo que estoy sugestionada.
―¿No pensaste en regalarlo?
―No puedo: mi hermana me mata.
Magalí sacó la llave de su casa nueva y se la entregó.
―Tomá. Estrená mi casa.
―No, por favor ―dijo Fiona alzando los brazos como quien rechaza un regalo cuantioso―. Es tuya. Es nueva.
―No seas tonta, tengo otra copia. Tomá. Al menos hasta que des el último final. Vos acá no podés dormir.
Fiona agarró la llave.
―Gracias.
―Ni me avises. Si la necesitás, vas y listo. Nadie te va a joder. Nadie más sabe que la compré.
―Okey. Gracias, Maga, de verdad. Sos una amigaza.
―Bueno, me voy. Tengo que ordenar un poco la mansión y empezar a guardar cosas para la mudanza.
―Te pido un remís.
―No, dejá, dejá ―Magalí habló repentinamente apurada―. Por la avenida pasa un colectivo que me deja en la esquina. ―Echó a su alrededor un vistazo aprensivo, como para cerciorarse de que el gato no la siguiera―. No me va a hacer mal caminar un poco.
―Bueno, te acompaño.


Fiona no quiso abusar de la confianza de su amiga, y esa noche no fue a dormir a la casa nueva. Pero se arrepintió: los arañazos a la puerta y los susurros fueron insoportables.
Cuando por fin logró dormirse, volvió a soñar que la habían dejado sola en la gigantesca aula. Era el día del examen. Otra vez, Sílice se erguía junto al pizarrón.
Y era muy alto.
Y la miraba fijo.
Y levantaba la pata izquierda ―un brazo humano, aunque peludo y con filosas garras― y arañaba el pizarrón hasta sacarle sangre. A Fiona el áspero chirrido le erizaba la piel, la obligaba a cubrirse los oídos con la almohada. Otra vez se despertó. Otra vez envuelta en un sudor helado, el corazón a mil.
No bien despertó, aunque aún era de madrugada preparó un bolso y huyó al chalet. Ya amanecía cuando el remís la dejó en lo de Magalí.
Por la mañana compró un colchón, que pensaba dejarle a su amiga de regalo cuando volviera. Sin televisión ni distracciones, podría estudiar tranquila. Igual durmió mucho: lejos de Sílice, se sentía un tanto relajada.
Dos días después, rindió el primero de los dos finales. Un 9,75.
―Es mi casa nueva ―le dijo Magalí―, te tira buena onda.
―Lástima que tenga que volverme. No le dejé bastante comida.
―¿A quién? ―Magalí le guiñó un ojo―. ¿Te conseguiste un culiáu?
―Al gato digo, boluda.
―Ah sí, el gato. Respecto al gato, estuve buscando en mis libros. Y no encontré ninguna enfermedad que responda a los síntomas. No hay literatura.
Fiona suspiró, chasqueó la lengua.
―No sé qué hacer. Incluso tengo miedo de estar en mi propia casa.
―Eso no tendría que ser así. ―Magalí se acercó, le cruzó un brazo por encima del hombro, y en tono de confidencia, dijo―: Creo que deberíamos sacrificarlo.
Fiona la miró: hablaba en serio.
―Una pequeña inyección, vos viste. ―Magalí sostenía una jeringa imaginaria, apretaba el émbolo―. ¡Páfate! Se duerme, y sin dolores. Y nunca más despierta. Y no te jode nunca más el gato de mierda este.


Fiona pasó esa noche en el chalet, pensando y pensando. Recién a la mañana siguiente volvió a su casa.
Sacrificar al único ser vivo que había llegado al corazón de Catalina ―además de ella misma― era una crueldad. Por otro lado, su hermana no tenía por qué enterarse. Accidentes pasan todos los días. Podía mentirle.
A pocos metros de la puerta, un olor nauseabundo ―¿Sílice se habría muerto de hambre?― la obligó a cubrirse la nariz.
Entró con cuidado. Pisó algo blanduzco que la hizo resbalar. ¿Tan rápido se pudre un cuerpo?
Prendió la luz y se encontró con un tendal de cadáveres de animales: ratas y pájaros despellejados. Había sangre y vísceras en los rincones y salpicaduras en las paredes. Cientos de moscas se hacían un festín. Sobre su cama, además, Sílice le había dejado un regalo especial salido de sus entrañas.
Lo primero que pensó fue en llamar a su amiga. Pero ya la había hecho ir hasta ahí  toda una tarde. Y para nada.
Encima, Magalí estaba mudándose, no podía seguir molestándola por cualquier cosa. Limpiaría, y después vería cómo seguir.
Sin poder dejar de temblar, echó lavandina y desinfectante, revisó cada mueble. No fuera cosa de que el gato anduviera acechándola.
Terminó. Todo se veía reluciente, aunque la fetidez se había impregnado ―¿o lo percibía solamente ella?―. Por las dudas limpió otra vez.
Mientras fregaba la pared del comedor, de reojo percibió un movimiento en una de las ventanas. Ese gato de mierda venía a reírsele.
Despacio, muy despacio, Fiona agarró lo que tenía más a mano: el florero de cerámica. Giró y se lo revoleó al intruso, y el florero se estrelló contra el marco de hierro de la ventana, y un pajarito azul echó a volar.
Harta, llamó a Magalí:
―Hagámoslo, liquidemos a ese hijo de puta.
Magalí le prometió ir esa misma tarde.
Una vez que acabaran con el gato, ella le escribiría a Catalina. Eligiendo las palabras, le mentiría que Sílice había sido víctima de alguna extraña enfermedad, y que los mejores veterinarios no habían podido salvarlo. Si aquella pedía de ver el cuerpo, ya le inventaría cualquiera.
Llamó a los viejos y les contó que había rendido bien el primer final.
―Pasado mañana ―dijo― tengo el otro.
No les habló de su angustia con aquel demonio. A su madre, todo lo referido a la pobre Catalina le importaba tres carajos, y el buenazo de papá querría convencerla de detener el innecesario sacrificio. ¡Otra que innecesario sacrificio! ¡Una hecatombe se merecía ese hijo de puta de Sílice!
Fiona no quería dudar: si lo pensaba dos veces, no lo sacrificaría.
―Así arranco mi vida profesional como veterinaria ―dijo Magalí apenas llegó―. Asesinando a un gato.
Fiona agachó la cabeza.
―No me lo digas así, porque me arrepiento.
―No. Nada que ver. Vos, que vas a ser psicóloga, pensalo de este modo: el gato es agresivo porque sufre. Intentaste todo para hacerlo feliz. No pudiste. Él no te dejó, entonces terminamos con su sufrimiento de otra manera.
―Lo odio, pero a la vez me da lástima.
―¿Dónde está? ―Magalí se inclinó, pispeó alrededor.
―No lo vi en todo el día. ―Fiona se alzó de hombros.
Vieron por televisión El retrato de Dorian Gray, charlaron y comieron. Del gato, ni noticias. Salieron a buscarlo, lo llamaron. Fiona lo veía detrás de cada arbusto.
Sarteneó unas irresistibles pechugas de pollo y se las dejó en su escudilla, pero el gato seguía sin aparecer.
―¡Mirá la hora! ―dijo Fiona señalando el reloj―. Te hice perder todo el día.
―No me hiciste perder nada ―contestó Magalí, sincera―. La paso bien con vos. Me quedo un rato más. Siempre decís que aparece de noche.
―Para rascarme la puerta ―Fiona arañó el aire―. Gato hijo de puta.
―Si no aparece, en un ratito me voy, y mañana probamos. No puede desaparecer para siempre.
Tampoco puede sospechar nuestros planes, pensó Fiona.
Pero se calló la boca.


Cerca de la medianoche, Magalí se despidió. Fiona vio cómo se levantaba las solapas del abrigo, seguramente por el aire nocturno. Ahora recorría el camino hasta la avenida.
Al entrar de nuevo en la casa, la imaginó pensando en lo mismo que ella: Sílice acechaba en las tinieblas.
Se dio una ducha y se fue a dormir.

Sílice (III)


III

En los días siguientes, toda la familia anduvo a las corridas. Fiona se anotó en la universidad, y después volvió a Buenos Aires: tenía que despedirse de sus amigos, organizarse y preparar muchos bolsos.
Por su parte, Catalina se comunicó con el laboratorio de Viena y aceptó la oferta. La mudanza le resultaría sencilla, ellos se ocuparían de todo; era cierto que estaban fascinados con su trabajo. Los del laboratorio cordobés lamentaron mucho su renuncia, pero no podían competir ni económica ni estructuralmente contra el gigante europeo.
Gabriela hizo un esfuerzo enorme para evitar sobreproteger a la nena. Aun así, no dejó de espiar a Fiona mientras empacaba. Y le tiraba algún que otro consejo. Es que la “nena” ya no era una nena; no estaba empacando para irse de vacaciones. Se iba a estudiar, y ella no la vería más que unos pocos días al año.
Ricardo fue su apoyo: él sabía que muy pronto volverían la depresión y los ataques de pánico.


Un mes después, los tres viajaban en el auto cargado hasta el techo. Ayudarían a Fiona a instalarse, y despedirían a la mayor.
Cuando llegaron, la casa estaba casi vacía. Los empleados de la empresa de mudanzas terminaban de subir al camión las últimas tres cajas. Fiona se adelantó a sus padres y saludó a Catalina. Al abrazarla la notó muy tensa. Pensó que era por el viaje, y se lo dijo:
―Entiendo tu nerviosismo. Pero vas a ver que te va a ir bien allá.
Su hermana devolvió sin ganas el abrazo. Otra vez se guardaba las palabras.
Sin poder evitar las lágrimas, Ricardo saludó a la mayor: cuatro años de no verla ni de hablar con ella.
Lo de madre e hija fue muy frío, un incómodo beso de compromiso. Sentían lo mismo la una por la otra: odio. Y las esperaba la peor de las torturas: debían convivir unas larguísimas veinticuatro horas.
Ricardo aprovechó el corto tiempo con Catalina. Gabriela simuló preocuparse y prometió extrañarla.
Charlaron, pasearon, cenaron afuera. Al regresar, brindaron por el futuro. Más tarde, se acomodaron en diferentes rincones para dormir. Sílice se mantuvo alejado de todos y no se dejó ver demasiado. A Fiona le pareció más grande que la última vez.
Pensó: Catalina lo debe estar malcriando antes de irse.
El día siguiente fue bastante triste. El desayuno pasó en silencio. Luego vinieron las despedidas. Cata había llamado un remís para que la llevase hasta el aeropuerto. Arisca como era, no querría soportar a toda su familia llorando como si fuera una enferma terminal.
El primero en despedirla fue Ricardo. La abrazó, los ojos vidriosos, y le dijo al oído:
―Estoy muy orgulloso de vos, hija. Te quiero. No desaparezcas. A pesar de la distancia, no vas a estar lejos. Llamá. Ahora con internet hay muchas maneras.
Catalina se limitó a asentir.
Abrazó a su madre con la misma calidez del día anterior: ni se registraron.
Cuando fue el turno de Fiona, su hermana le apretó la mano con excesiva fuerza y la miró a los ojos como nunca antes. Un escalofrío le recorrió la espalda.
―¿Qué pasa? ¿Es por tu gatito? Vamos a estar bien. Lo voy a cuidar.
Otra vez, Catalina no decía lo que sentía. Necesitás descargar, pensó Fiona, pero se calló la boca. Decí lo que sentís, Catalina, por Dios.
Catalina se descolgó la mochila y la dejó en el piso. Entonces hizo algo insólito: ella, que siempre se desplazaba con la parsimonia de un cerro, corrió hasta la que había sido su habitación, donde seguramente ahora andaría Sílice. Entró y, sin dar la más mínima explicación, se encerró con llave. Incómoda, su familia se quedó parada en medio de la sala, sin saber qué hacer.
―¿Ves? ¿Ves? ―dijo Gabriela al toque y señalando con el dedo la puerta cerrada―. Le demuestra más amor a un simple gato que a su madre o a su padre. O a su hermana, pobrecita, que gracias a ella puede viajar.
―Tranquilizate, Gaby ―dijo Ricardo―. Acordate lo que nos decían los psicólogos. A Cata le cuesta expresar sus emociones. El cariño que le demuestra a Sílice es en realidad su manera de exteriorizar lo que siente por todos nosotros.
La mujer negó con la cabeza.
Desde la habitación se oía la voz de Catalina. Fiona se acercó y golpeó con suavidad. Catalina salió y la miró con los ojos desorbitados.
―Está enojado ―le dijo.
―Ya se le va a pasar. Nos vamos a llevar bien, vas a ver.
―Cuidalo, Fiona. Cuidalo mucho.
Fiona la abrazó. Sílice, que había estado observándolas como el rey del hogar desde el medio del acolchado, dio vuelta la cara.


Los primeros días de convivencia con el gato fueron de terror: Fiona lo alimentaba y trataba de ganarse su confianza con golosinas y juguetes, pero Sílice no le llevaba el apunte. Comía por las noches mientras ella dormía. No bien se levantaba, Fiona descubría las desperdigadas golosinas invadidas por ejércitos de hormigas rojas y negras. Era como si el gato las alimentase. En cuanto a los juguetes ―cascabeles, ratones de goma y pájaros hechos de corchos y plumas―, el muy cabrón los tiraba por la ventana. Además, cada vez que ella estaba en la casa, él desaparecía. Se escondía bajo algún mueble, o directamente se mandaba a mudar.
Fiona se sentía frustrada: por primera vez en su vida, le costaba establecer un vínculo. Hacía sus mayores esfuerzos, pero el gato la evitaba. Supuso que extrañaría a Cata; con el tiempo, todo mejoraría. Sí, claro.


Colgó unos cuadros coloridos y amuró un televisor. Además sus padres, antes de volverse para Buenos Aires, le habían regalado muebles modernos, bien chillones. Instaló luces más potentes y retapizó el sillón de un rojo intenso. También pintó los marcos grises de las ventanas de hierro. Naranja le pareció un color alegre. Estaba segura de que terminaría aburriéndola, pero precisaba darle vida a su nuevo hogar. Con esos cambios y un poco de Green Day, la casita ya no era Catalina. Ahora era un poco más Fiona. Más adelante se ocuparía de desmalezar y emparejar el jardín.


Empezó a ir a la facu. Iba y volvía en remís todos los días, podía permitírselo.
No le costó hacerse de un grupo de amigos. Incluso había noches en que se quedaba estudiando, o simplemente charlando en lo de algún compañero.
Cuatro chicos conformaban su grupo fijo, pero fue con Magalí con quien logró intimidad. Y sabía bien por qué: sociable y divertida, ni por asomo era Magalí tan parca como su hermana. Aunque, salvando las distancias, también era reservada: nunca hablaba de su familia, parecía no tener a nadie. A punto de recibirse de veterinaria, cursaba algunas materias de Psicología, sólo por un interés personal.
Un día le recordó a Fiona, durante un recreo:
―Se vienen los primeros parciales. ¿Estudiaste?
―Intento. Lo que pasa es que vivo tan lejos… Cuando vuelvo le preparo la comida al gato, hago de ama de casa, como, y ya me muero de sueño.
―Es rarísimo que vivas en la zona fabril. Pero no es del todo malo: cuando empiece la época de finales y tengas que sentarte a estudiar de verdad, no vas a tener la tentación de salir a dar una vuelta. A los que viven acá en el centro les pasa todo el tiempo.
―Ojalá, Maga. Lo ideal sería un lugar así, pero no tan alejado.


La relación con Sílice empeoró. Fiona dejó de preocuparse, y sólo le dio los cuidados mínimos. Cada vez que recibía un e-mail de Catalina preguntando por su gato, le mentía que todo iba bien.
Después le venía la culpa, y trataba de amigarse con Sílice. Ponía su mejor voluntad y todo el amor que le salía, pero no había caso.
Una tarde, encontró al gato durmiendo en el sillón. Se acercó tratando de no asustarlo y lo observó: el pelo del animal se veía distinto, menos espeso; además, en algunas partes del lomo le faltaba.
¿Necesitaría de vuelta las inyecciones?


La nueva: todas las mañanas encontraba los apuntes desparramados por el comedor. Primero creyó que era alguna corriente de aire. Después descubrió una huella estampada en una hoja de cuaderno: ¡durante la noche el gato tiraba todas sus cosas!
Típica conducta felina, se dijo, sin convicción.
Terminado el primer semestre, y tal cual le había avisado Magalí, estar apartada del mundo le sirvió para prepararse mejor en vista de sus primeros finales.
Fue al supermercado y se proveyó bien, se encerró, desconectó el televisor, ocultó en un armario todo lo que la distrajese, y se puso a estudiar sin descanso.


Una noche, se despertó con la sensación inconfundible de que alguien la observaba.
Miró a su alrededor.
Distinguió dos luces ―¿dos brillantes ojos?―, a una distancia imprecisa, más allá de los pies de la cama. Al incorporarse lo reconoció: sentado en el piso, la punta de la cola serpenteando entre las patas, Sílice la estaba acechando.
Fiona simuló ternura:
―Mish, Mish, Mish…
Prendió el velador y se sentó en la cama. Sin apartar la vista de ella, el gato se agazapó. Las pupilas se le contrajeron hasta convertirse en dos hendijas verticales. Sin dejar de fingir, Fiona se acercó gateando:
―Mish, Mish, Mish…
Y Sílice le arañó la cara. Ni lo vio venir.
Fiona fue corriendo al baño a lavarse la herida.
―¡Gato hijo de puta! ¡Gato de mierda!
El pómulo le sangraba. Se lo cubrió con una gasa y buscó a Sílice por cada rincón. Inútil: aquella maldición de gato no aparecía por ninguna parte.
De nuevo en la cama, Fiona no volvió a dormirse.




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Sílice (II)


II

La puerta se abrió. La persona frente a ella sólo se diferenciaba de la que se había despedido hacía cuatro años, por el largo del pelo. Seguía teniendo la misma piel mantecosa, las mismas ojeras, la misma expresión sombría, la misma ropa amplia y desaliñada.
Fiona sonrió emocionada y la abrazó dando saltitos y lagrimeando.
¡Cata, qué alegría!¡Cómo te extrañé!
Catalina le devolvió el abrazo con una sola mano. La otra la escondía tras la espalda.
―Hola, Fiona.
―¡Estás igual! Me encanta cómo te queda el pelo largo.
―Hola, Fiona ―el tono neutro, monótono―. Qué bueno verte. Cierto que llegabas hoy. No pude ir a buscarte. Estoy con un asunto… Pasá. Si querés.
Si querés.
Y a qué carajo vine, estuvo por decirle Fiona, pero se mordió la lengua.
Recién cuando entraron, ella vio que Catalina calzaba guantes de látex. Llevaba una jeringa.
―Este es el living ―dijo Catalina abarcando con un gesto el ambiente―. Aquella es mi habitación. ―Señaló con la cabeza hacia una puerta―. Y aquella va a ser la tuya mientras te quedes. ―Indicó otra puerta, pegada a la anterior―. Dejá todo por ahí. Servite lo que quieras, como si fuera tu casa. Estoy en la cocina con algo muy importante.
Fiona sonrío: siempre directa su hermana, sin vueltas ni dramones. Dejó su equipaje sobre el piso de cerámicas y observó aquella habitación minimalista. Una computadora, una mesa con tres sillas, un sofá. Ningún cuadro, ninguna foto, ningún adorno. Paredes blancas, puertas grises, ventanas de hierro. Sí: aquella casa era Catalina.
En la parte trasera, un descuidado jardín. Aunque muy alto en algunas zonas, el césped evidenciaba montículos de tierra removida. Una pala clavada recordaba a una lápida. Por lo visto, Catalina sólo iba ahí cada tanto.
Fiona entró en la cocina. Su hermana se lavaba las manos: la jeringa y los guantes habían desaparecido. Todo expresaba austeridad: un horno, una heladera y una mesa. Blancos. Inmaculados.
Algo desde la mesa la sobresaltó.
Algo peludo y atigrado, anaranjado.
Una…
¿Una mascota?
Recordó el episodio de la tortuga, y además un hecho extraño que había ocurrido hacía un montón, cuando eran chicas. Daban una de sus caminatas. Al pasar junto a una casa, un dóberman enorme se les tiró contra la reja, meta ladrar y gruñir. Aterrorizada, Fiona se abrazó a su hermana mayor. Catalina la apartó, se acercó a la reja y puso su cara a centímetros del hocico baboso y repleto de colmillos. Lo observó impertérrita. El perro se puso más violento, tiraba bestiales dentelladas. Catalina siguió observándolo sin emoción. Y el dóberman, sin motivo aparente, terminó alejándose ―alejándose de ella― con el rabo entre las patas.
Fiona comprendió aquello de “Cata la Rara”. Y, lejos de temerle, la quiso mucho más. Ella no necesitaba un abrazo, sino que la amenaza canina desapareciera. Y eso fue lo que Catalina hizo por ella. Mostrarle a la bestia quién mandaba. Quién tenía el poder. Sin palabras y sin miedo.
¿Una mascota?, pensó. ¿Un gato muerto?
Inmóvil, no parecía dormido. Una bola de pelos anaranjada. La boca abierta. La lengua afuera. Los ojos entrecerrados. ¿Otra vez…?
¿Otra vez lo mismo que con la tortuga?
―¿Está muerto? ―le preguntó con la mayor calma posible.
Catalina cerró la canilla, se secó las manos y se acercó al gato.
―No ―dijo acariciándolo―, Sílice va a estar bien. Ya pasó... Ya pasó.
Ahora sorprendida por el cariño que mostraba su hermana hacia el animal, Fiona pudo ver el vientre del gato hinchándose y deshinchándose levemente.
―Sílice ―dijo―. ¿Por qué “Sílice”?
Cata se tomó unos segundos. Miró por la ventana que daba al jardín. Dijo:
―Es un elemento de la tabla periódica. El catorce.
Las hermanas prepararon juntas la cena, charlando: Fiona tenía cuatro años de noticias para ponerla al día. Preguntó:
―¿Cómo conseguiste esta casa tan alejada de todo, tan… vos?
―Empecé a trabajar en este laboratorio ―dijo Catalina señalando hacia la medianera contraria a la automotriz―. Fue cuando todavía estaba estudiando.
―¡¿Ya terminaste?! ―dijo Fiona sorprendida―. ¿Genética? ¿En apenas cuatro años?
―Y bueno, como no me gustaba vivir en la universidad, pregunté si podía quedarme en el laboratorio. ―Cuando Catalina dijo esto, Fiona supo que se refería a dormir, comer y vivir entre tubos de ensayo y probetas―. Así que me ofrecieron venderme, a un precio especial, esta casita que antes usaban como depósito, y la tenían medio abandonada.
―Es genial, ¿no? Te queda cerca del trabajo. ―Y, después de una pausa, Fiona agregó, con intención―: Y también te queda lejos de la gente.
Catalina asintió en automático: no había captado la ironía.
―Además la empresa me paga el transporte cuando necesito ir al centro.
―Te felicito, Cata. Debés ser muy buena para que te traten tan bien. Me alegro mucho.
Fiona vio en la cara de Catalina algo parecido a una sonrisa. Esa acción tan nimia de condimentar la ensalada la acercaba a la normalidad.
Puso la mesa para las dos. Sin decirle nada, Catalina sumó más platos y vasos sobre la mesa.
―¿Esperamos a alguien? ―preguntó Fiona con la esperanza de que algún otro nerd solitario se hubiera convertido en el novio de su hermana.
―No. Solo nosotros tres.
¿Y quién es el tercero?, estuvo a punto de preguntar Fiona, pero Catalina pegó media vuelta y se fue para la cocina. Enseguida volvió con la bandeja de carne asada y una fuente con ensalada de lechuga y tomate.
Las dos se sentaron… y se develó el misterio del tercer comensal: parsimonioso como una deidad remota, Sílice ocupó su lugar en la mesa. Fiona no protestó: en algunas casas, es muy común que los gatos se suban a la mesa a la hora de comer; los dueños suelen darles las sobras. Además, Catalina estaba viviendo allí sola hacía bastante tiempo, su mascota fungía también de acompañante; era lógico que la hubiera humanizado un poco.
Fiona se sirvió carne y algo de ensalada. Hizo lo mismo con el plato de Catalina, mientras Catalina servía agua en los tres vasos.
―A él solamente carne, Fiona.
Ella la miró, después observó al gato, que le devolvió la mirada relamiéndose. Catalina explicó, imperativa:
―No le gusta la ensalada.
Fiona obedeció. Creyó que Sílice se subiría a la mesa y devoraría todo rápido para que le sirvieran más. Pero, para su asombro, el gato apoyó las patas delanteras en el borde y se puso a comer con singular elegancia. En un momento se estiró hasta el vaso. Bebió, y después siguió comiendo.
―Recibí ofertas de trabajo desde Europa ―dijo Catalina trozando su carne en pequeños dados―. Francia, Alemania… Pero me tienta mucho la propuesta de un laboratorio en Austria.
Fiona la miró con la boca abierta.
―Eso es genial, Cata. ¿Qué esperás?
―Es que Sílice no pasaría los controles necesarios para salir del país. Es por un tema de enfermedades y plagas. ―Al oír su nombre, el gato dejó de masticar y se dio a observarlas muy atentamente.
¿Atento a la conversación? No. Imposible.
―No puedo abandonarlo ―seguía diciendo Catalina―. Es tan especial.
―Todos los dueños de mascotas piensan que la suya es especial. Pero no podés dejar pasar la oportunidad de tu vida, por culpa de un simple gato.
Sílice, el “simple gato”, se bajó de la silla, y ondulando la cola caminó hasta la habitación de su dueña. Antes de entrar, dio una última mirada hacia la mesa.
Una mirada por sobre el hombro, se dijo Fiona. Y repitió:
―¿Por un simple gato te cagás la vida? ―Notó que de nuevo su hermana se quedaba con las palabras en la boca. Sabía que con su personalidad avasallaba a Catalina, a quien siempre le costó imponerse, pero su instinto era más fuerte que ella: no podía quedarse callada―. Hoy ya es tarde, y estoy muerta. Pero algo se me va a ocurrir mañana para que puedas demostrarle al mundo lo grossa que sos. Vamos a aprovechar esta oportunidad que te da la vida. Y que no es suerte, sino que te la ganaste con tanto esfuerzo. ―Abrazó a su hermana y la besó en la mejilla―. Te quiero, Cata. Te quiero mucho.
Catalina devolvió el abrazo. Mecánicamente.


Al otro día, mientras su hermana trabajaba, Fiona aprovechó para recorrer la ciudad. Pensaba una solución para el asunto de Cata.
Recorrió el centro y se perdió por las calles de Córdoba sin reparar en la historia o en la importancia de cada sitio. No buscaba referencias turísticas. Era la primera vez que se iba de vacaciones sola, y eso significaba una gran aventura. Almorzó en cualquier lado cuando le dio hambre, y después se tomó un helado.
Sin querer, llegó hasta las puertas de la Universidad. Entró de puro curiosa. Más bien, quería descubrir el ámbito en que se había movido su hermana. Espíritu inquieto, terminó averiguando sobre diferentes carreras.
Nunca supo si fueron los nombres de las materias, la forma en que se la vendieron o lo felices que se veían los estudiantes en las imágenes del folleto. Pero, cuando volvió a cruzar las puertas, estaba convencida de que en unos años obtendría un título en Psicología.
Se sentó en un banco de una plaza cercana y le dio vueltas al asunto releyendo una y otra vez el folleto. ¿Y si ella también se mudaba a Córdoba? A mamá no le gustaría la idea. Era muy apegada a ella. No se lo iba a tomar tan bien como cuando se fue Cata. Pero tampoco podía pretender que se quedara toda la vida a su lado. Con papá, más comprensivo, no habría problema. Se imaginó viviendo con otras chicas en alguna residencia estudiantil, y no le disgustó la idea: en las películas ―en las películas que no fueran de terror― siempre la pasaban muy bien. También pensó que además tenía la casa de su hermana, por si algún día quería alejarse del centro.
Se le fue ocurriendo una idea. Tal vez, la solución definitiva para que todo avanzase. Ella y su hermana no se quedarían estancadas.
Fue hasta un locutorio y llamó a su casa. La atendió Gabriela. Le contó cómo había llegado, y lo bien que le iba a Catalina con sus cosas. La madre no se mostró impresionada. Ni conmovida. En cambio se preocupó por ella: si había comido, si había llevado abrigo, si necesitaba plata.
Fiona pidió hablar con papá. Quería contarle su plan para que después él, más tranquilo, se lo explicase a mamá. Y se lo contó.
Ricardo le pidió que felicitara a Catalina de su parte, se alegró de que estuviera bien y de que el mundo de las ciencias la respetase. En cuanto al plan, también se mostró convencido. Pero de todos modos, como buen padre, le tiró la pregunta del millón:
―¿Estás segura que eso es lo que querés?
―Totalmente.
―¿Y te imaginás como psicóloga?
―Me encantó la facu, papi. El lugar, los chicos…
―Yo creo que tenés un don para interpretar a la gente. Psicología es ideal para vos.
―¡Gracias, pa!
―Con respecto a lo otro, no te preocupes. Yo hablo con tu madre. Me parece fenómeno tu plan. Me hace sentir muy orgulloso de haberte criado.
―Te quiero. Y a mamá también.
―Yo también. Las quiero a las tres.
Fiona se despidió de su papá y, sonriendo, volvió a la casa de su hermana.


Ricardo pasó el resto de la tarde pensando en la mejor forma de comunicárselo a Gabriela: su hija favorita había decidido irse a estudiar a otra ciudad. Por más apegada que su mujer estuviese a ella, era capaz de entender que los hijos crecen, maduran y siguen sus propios caminos.
Quizás en un principio debería subirle la dosis de paroxetina, pero con el tiempo terminaría acostumbrándose. Un viaje en pareja a alguna playa paradisíaca no era una mala idea. A él también le vendría bien. Lo mejor sería decirle las cosas sin anestesia ni edulcorantes, y anticiparse a posibles reacciones.
―¿Viste, Gaby? ―dijo, mientras miraban las noticias―. Estaba contenta Fiona.
―Sí, se la oía bien. ―Gabriela sonreía―. Creo que hicimos lo correcto al dejarla ir.
Bien, pensó Ricardo. La agarré de buen humor.
―¿Te contó que Cata se recibió en tiempo récord?
―Ajá.
―¿Y que tiene ofertas del exterior para irse a trabajar?
Ante esa noticia, Gabriela mostró algo más de interés:
―¿Y va a aprovecharlas?
―No quería irse, porque tiene un gato que no podría hacer entrar en Austria, pero que tampoco querría dejar solo.
―¿Catalina tiene una mascota? ―dijo Gabriela, mirándolo extrañada―. Eso sí me parece raro.
―La cosa es que a Fiona se le ocurrió una idea… que no se atrevía a contarte.
De la cara de Gabriela desapareció todo rastro de alegría. Pestañeó, pero no pudo evitar las lágrimas.


Catalina llegó cerca de las nueve de la noche.
―Preparé la cena ―le dijo Fiona, tratando de ocultar su excitación―. Pollo a la mostaza. Tu favorito.
Catalina la miró fijo:
―¿Qué te pasa, que andás tan alborotada?
Fiona se restregó las manos, como superando un escalofrío.
―Tengo grandes noticias para vos, Cata.
Acomodó los almohadones del sofá. No tenían nada malo, pero no quería dejar que su hermana siguiera analizándola y le arruinase la sorpresa. No quería darle ni la más mínima pista con el lenguaje corporal.
Por suerte Sílice fue a recibir a su dueña y la distrajo. Catalina lo alzó y le revisó las pupilas, las patas y la boca. Pareció decepcionada. Seguramente la enfermedad seguía avanzando.
Fiona se dedicó a ordenar la casa y aprovechó para espiar a Catalina y a su gato. Necesitaba aprender: cuidar a la bestia era parte del plan.
Catalina sacó de la cartera una jeringa. ¿La habría preparado ella misma en el  laboratorio? Fue a la cocina, acostó al gato sobre la mesa, se puso guantes de látex, le pasó un algodón con alcohol en el lomo y lo inyectó.
Sílice no se quejó, ni maulló ni intentó huir. Miró a su ama como quien acepta lo inevitable y esperó que aquel líquido azulado entrara en su cuerpo. ¿Qué mal tendría Sílice?
Catalina quitó la jeringa, frotó nuevamente alcohol. Y con todas sus fuerzas apretó contra la mesa al gato. Fiona se asustó por aquel gesto violento, y otra vez su mente la transportó a la infancia.
―Tranquilo, Sílice ―susurró Catalina―: son sólo unos segundos.
Ahora Sílice convulsionaba, se sacudía. Catalina no podía sostenerlo. A Fiona se le aceleró el corazón. Pensó en acercarse y salvar al gato, pero estaba paralizada. ¿Por qué Cata asesinaba a su tan querida mascota, y encima delante de ella?
Segundos después, el animalito volvía a las mismas condiciones del día anterior, cuando Fiona lo había conocido.
―¿Va a estar bien? ―preguntó ella desde la puerta de la cocina―. ¿Para qué son las vacunas?
Catalina se tomó su tiempo.
―En realidad… no es nada grave. ―Hizo una nueva pausa―. Pero los estándares internacionales son muy estrictos. Él no pasaría las pruebas.
Fiona preparó la mesa, esta vez para tres comensales. Se sentaron, pero Sílice no apareció.
―Qué raro. ―Catalina se acarició la pera―. Le encanta el pollo.
―Habrá quedado medio atontado por la vacuna.


Cuando promediaba la cena, Fiona ya no aguantó más y largó todo lo que se venía guardando.
―Cata, he tomado una decisión: me voy a anotar en la facu. Voy a empezar Psicología en marzo. Así que… ¡Te vas a Austria! Me dejás la casa, para que yo tampoco tenga que vivir en una residencia estudiantil, y de yapa me ocupo de tu gato.
Catalina se quedo mirándola. Después, siguió comiendo. Fiona sabía que estaba maquinando de lo lindo. ¿Cómo reaccionaría? No esperaba que saltase de felicidad y la abrazara, y las dos se pusieran a bailar. Su hermana no era así, jamás haría eso.
Siguieron comiendo en silencio. Cuando terminó su plato, Catalina habló:
―Bueno.
Y eso fue todo lo que dijo.
Fiona se levantó y se puso a saltar, algunos cubiertos cayeron al piso. Abrazó a su hermana.
―¡Vamos a festejar que te vas a Europa! ¡El Viejo Mundo!
Catalina también se levantó. Pero no había alegría en su tenso empaque: Fiona advirtió que en lugar de abrazarla la apartaba, acaso para que ella no la desarmara de la emoción.
―Es una gran oportunidad para mí, Fiona ―dijo Catalina, en un tono neutro.
―¡Claro, claro! Por eso no quiero que la pierdas. Eso sí: me vas a tener que enseñar a vacunar gatos.
Catalina miró hacia su habitación.
―Creo que… ―Hizo unos segundos de silencio―. Técnicamente, quizá Sílice ya no necesite esas inyecciones.

―Mejor entonces.