Mórbido punto azul


Este diario pertenece a: Pedro Cardozo
Edad: 37
Estado civil: Soltero
Profesión: Enfermero


23 de octubre de 2022

Se me ocurrió escribir este diario íntimo sólo para desahogarme. Es raro que en esta época alguien use papel y lapicera ―incluso ahora siento que mis dedos se revelan, agarrotados―. Pero creo que es el mejor soporte para guardar nuestras memorias: no hay que cargar baterías ni ver si nuestro dispositivo soporta el formato.
Lo que me decidió fue algo que me inquieta: hoy apareció en el cielo algo muy extraño. No parece ser un efecto de la luz del sol, ni tampoco un satélite. Quiero creer que se trata de un cometa o de una estrella. Se ve a plena luz del día. Y, desde luego, también por las noches.
En la calle la gente comenta, se la ve fascinada; pero pienso que tienen miedo. Yo tengo miedo.

Uf, la primera entrada del diario me quedó muy corta. Así que, para llenar espacio, narro lo que me pasó hoy en el hospital conversando con una paciente.
Cuando a la guardia llega algún niño complicado ―muy asustado o muy caprichoso― me llaman a mí para que lo atienda: tengo llegada con los más chicos, y mano para la jeringa.
Esta mañana requirieron mis servicios: debía convencer a Luna, una enana de trencitas, de que se dejara sacar sangre. Ella se había atrincherado atrás de una camilla, y gritaba cuando se acercaba su mamá, o cualquiera con ambo.
―Hola, me llamo Pedro ―dije sonriéndole, medio en cuclillas para ponerme a su altura―. ¿Y vos?
―Luna.
―¿Querés que charlemos un ratito?
Alzó los hombros. Me acerqué y le di un chupetín. Cuando lo agarró, noté que su brazo estaba cubierto de pinchazos recientes.
―Por lo que veo, Luna ―dije―, vos no le tenés miedo a las agujas.
―No.
―¿Estás cansada de que te hagan doler?
―No me duelen.
―A mí me duele la cintura por estar así agachado ―dije, y agregué, imitando la voz de Don Corleone―: Soy recontra viejo ―Luna amagó una risita―. ¿Querés subirte a la camilla, Luna?
Ella me estiró los brazos, la alcé y la senté. La madre observaba apoyada contra la puerta.
―Tu mamá dice que si te portás bien te compra un alfajor a la salida. ¿No querés el alfajor?
Me miró como si yo fuese el más estúpido de la clase.
―Claro que lo quiero.
―¿Entonces me dejás pincharte? Te prometo que no te va a doler nada. Soy el mejor enfermero del mundo.
―Ya te dije que a mí no me duele.
―Entonces, ¿por qué no querés que te pinchen? ¿No te querés curar?
―El doctor de bigotes me dijo que para que yo me curara tenían que matar a mis crobios que viven adentro mío. Son míos mis crobios.
No pude contener una risita.
―Claro ―dije―. El doctor de bigotes tiene razón. Los microbios se comen tu comida, hacen caca en tu sangre. Te contaminan. Si no los matamos, enferman todo tu cuerpo y hacen que te sientas muy mal y que no puedas salir de la cama.
―¿Y mis crobios hacen eso porque son malos?
―Los microbios no son ni malos ni buenos, Luna. Necesitan hacer eso para vivir. Son así, no se dan cuenta.
―¿Les va a doler?
―¿A quién?
―A los crobios, cuando los saques. ¿Van a sufrir?
―¿Eso es lo que te preocupa, preciosa?
Luna asintió con la cabeza.
―Entonces no tenés por qué ponerte triste. Los microbios son unos bichitos muy chiquititos. Tan chiquititos que no tienen desarrollado el sentido del dolor. O sea, no sienten. Lo importante es que vos te pongas fuerte y sana.
Y Luna estiró sobre la almohadilla el bracito de palo de escoba y me dejó hacer la extracción.


24 de octubre de 2022

En la calle no se habla de otra cosa, y yo tampoco pienso en otra cosa. El ovni sigue ahí, brillando a lo lejos.
En el noticiero, “El Objeto” es tema excluyente. Un astrónomo, de vaya uno a saber qué universidad, trató de explicar qué ocurría. Parece que el ovni está a millones de kilómetros, afuera de nuestra galaxia. Y que todos los telescopios del mundo lo apuntan tratando de dilucidar de qué se trata. El astrónomo dijo también que no es ni un meteorito ni un asteroide ni un agujero negro.
―Es inmenso, muchísimo más grande que cualquier cosa que hayamos visto hasta hoy. Nuestras observaciones indican que la superficie del Objeto estaría compuesta de metales pesados. Y se nos acerca muy despacio.
El conductor del noticiero le preguntó si era tan grande como el sol.
―No, quizá no me expliqué correctamente. Es realmente inmenso. Más grande que toda nuestra galaxia.
El conductor seguía sin entender, y le preguntó si podía tratarse de una nave extraterrestre.
―Yo diría ―respondió el experto― que eso lo podemos descartar.
―¿Deberíamos preocuparnos?
―Yo creo que es muy pronto para eso. Es la primera vez que vemos algo semejante, de modo que no sabemos cómo funciona. Así como hoy se está acercando, mañana podría alejarse. O, insólitamente, incluso podría cambiar de rumbo.

Pase lo que pase, yo tengo que seguir laburando: entra jeringa vacía, sale jeringa llena.


2 de noviembre de 2022

A una semana del avistamiento, el Objeto se sigue acercando.
La nasa y las más grandes eminencias de la astronomía están desconcertadas: el único dato nuevo es que el objeto es alargado y hueco, como un gusano con una boca inmensa. Las agencias espaciales de todo el mundo están pensando en organizar una misión no tripulada para investigarlo. Debido a la distancia a que se encuentra, es imposible llegar hasta él; pero al menos pueden acercar un telescopio, estudiarlo desde más cerca.

La gente está empezando a bajar los brazos. Muchos ya no van a trabajar ni salen de sus casas. ¡El mundo sigue girando, imbéciles! No podemos estar todos mirando al cielo para ver qué carajo hacemos de nuestras putas vidas.

El noticiero muestra imágenes de Medio Oriente: un hervidero.
La máxima autoridad musulmana ha llamado a su pueblo a tener fe, a no perder la esperanza.
El líder israelita cree que esto es un mensaje, la anunciación de la llegada del verdadero mesías.
El Papa pidió reflexionar, no apurarse a interpretar los hechos.
Las relaciones interreligiosas, que en los últimos años habían mejorado notablemente, se quebraron.


3 de noviembre de 2022

En la tele ya hablan de saqueos en los países más pobres.
Hoy llegué tarde al hospital. Me tomé la mañana para ir al supermercado, y compré todos los paquetes de arroz y fideos, y latas de conserva que pude cargar solo.
No soy especialista en supervivencia; pero, haciendo un cálculo rápido, si no se corta el agua, tengo para vivir unos tres o cuatro meses.


5 de diciembre de 2022

La misión no tripulada está lista para partir al espacio. Todos estamos muy pendientes de lo que ocurra.

Ya no tengo necesidad de salir de casa. Nadie la tiene. La calle es una mierda: nadie levanta la basura, y la Policía pasa cada vez menos. Ni contamos con los servicios básicos.

La onu se reúne a debatir una solución, pretenden darnos ánimos. La gente no cree que el Objeto vaya a detenerse, todos piensan que impactará contra nosotros.
Corea del Norte fue el primero en sugerir la solución más temida: dispararle un misil nuclear.

Ya no hay teléfono ni internet. Mi única comunicación con el exterior, en los ratos que tengo electricidad, son la radio y la tele.
Todo funciona así, de a ratos. Me gustaría, al menos, tener una compañía. Una mujer para abrazar, o aunque sea un perrito.
Me siento muy solo.


6 de diciembre de 2022

Estados Unidos y la Unión Europea amenazaron con invadir Corea del Norte si insiste con utilizar armamento nuclear. Rusia y China apoyan a los coreanos.
La paz en el mundo apenas se sostiene. En lugar de enfocarse en la amenaza exterior, nuestros gobernantes se pelean entre ellos.
En varias partes del mundo, hay fanáticos convocando fieles a suicidarse en masa. Otros, un poco menos trastornados ―aunque no tanto―, acampan en las terrazas de los rascacielos para darles la bienvenida a los alienígenas.
El mundo entero se ha vuelto bastante imbécil.

Hoy, a última hora, partió hacia el ovni el cohete no tripulado. Se calcula que tardará casi seis meses en acercarse a una distancia que permita conseguir datos más precisos.


23 de diciembre de 2022

Hace un par de semanas escribí sobre los fanáticos. Ahora se superaron a sí mismos en idiotez: los Testigos de Jehová, o los adventistas o no sé cuál de todas esas sectas, creen que pasado mañana, a las doce en punto, Jesús renacerá en algún remoto pesebre. Pero no tienen ni puta idea de dónde sería el nacimiento. Peregrinan sin rumbo con la ridícula esperanza de ser los únicos testigos del advenimiento del Mesías, y pedirle clemencia al hijo de Dios.
Si no fuera patético, me daría risa.


1 de enero de 2023

Jesús no renació en ningún pesebre, ni hoy ni la semana pasada.
Ahora, todo es y será una larga agonía hasta que el gusano metálico nos engulla: aunque muy lejos de la Tierra, sigue acercándose sin freno a sus víctimas.

Estoy racionando las provisiones. La situación no parece mejorar, y la alacena va quedando vacía. Quizá calculé mal, y la comida no me alcance más que hasta febrero. Por ahí es lo mejor: es una mierda vivir en esta incertidumbre. Mejor sería morirse de una vez.


4 de enero de 2023

Cada vez son más las horas sin electricidad.
Apenas hay noticias de afuera. Aparentemente, estallan guerras civiles por todo el mundo.

Al menos, ya no me siento tan solo: ayer salí a dar una vuelta por el edificio y descubrí que mis vecinos organizan reuniones en el hall.
Participé. Se sintió bien volver a hablar con alguien. Ayer decidimos que por seguridad era mejor tapiar las puertas: pandillas armadas aterrorizan las calles.
Incluso otro vecino ―ese Eslabón Perdido del sexto piso― quiso convencernos de que ahora sólo existía la ley de la selva, que debíamos armarnos y convertirnos nosotros también en saqueadores. Por suerte primó la cordura, pero no sé por cuánto tiempo.
De todas formas, yo estoy decidido a no cruzar ese límite.


6 de enero de 2023

El gobierno dispuso que a partir de hoy Gendarmería reparta bolsones con alimentos. Un camión se detuvo en medio de la cuadra. Como ratas salimos todos de nuestras cuevas. Pude rescatar algo, no mucho; arroz y lentejas. Mis vecinos, rapiñaron otro poco. Compartiendo, quizá sobrevivamos un par de meses más.

La misión espacial todavía está lejos del objetivo. A este paso, cuando llegue, ya no va a quedar nadie vivo en la Tierra.


27 de enero de 2023

Gendarmería no volvió a pasar por el barrio, pero el destino no quiere que yo muera. Mis vecinos se enteraron de que soy enfermero. Intercambio mis servicios por comida y otros lujos, como mayonesa o azúcar. No está mal.
Me sentí un poco como antes de que todo se fuera a la mierda, incluso mejor: algunos ignoran la diferencia entre un enfermero y un médico.

Hoy le salvé la vida a una vecina. Infarto. Su marido no tenía con qué pagarme y me ofreció a su hija. Ese es otro límite que no pienso cruzar.


30 de enero de 2023

El resto del barrio se enteró de mi hazaña. Soy una especie de héroe de la paramedicina. Ahora, me dedico a tratar las heridas y las enfermedades de todos.
Nadie se mete conmigo, y hasta me consultan sobre temas que no tienen nada que ver con mis conocimientos. Esta mañana vino Elsa, del 1°B, a preguntarme cómo cambiar un cuerito.
Se siente bien ser útil. Además, ya no tengo la necesidad de buscar provisiones: cada mañana aparecen ofrendas en la puerta de mi departamento.
Con el brujo cerca, la tribu vive más segura.


19 de abril de 2023

Esto de ser el médico me tiene ocupado. Como la comida empieza a escasear, se producen enfrentamientos entre vecinos, así que debo curar sus heridas y golpes. Todos se cuidan mucho de no perjudicarme. Y yo trato de no tomar partido.
La verdad es que no me puedo quejar. En comparación con el resto de la cuadra, vivo relativamente bien.

La misión espacial ―me había olvidado de ella― llegó al primer objetivo. Ya confirmaron que la superficie del Objeto es metálica, y que es una especie de túnel inmenso… En suma, gastaron millones para confirmar lo que ya sabíamos.
El Objeto ya se ve tan grande como la Luna, pero está muchísimo más lejos: el gusano es realmente descomunal, capaz de engullirse a la Vía Láctea sin mayores problemas.

No lo dije antes porque me daba vergüenza: conocí a una chica, y creo que me enamoré. Se llama Mercedes, vive en la otra cuadra, y tiene veintiocho años. A pesar de la locura, ella se mantiene cuerda como yo. Encima me mira con unos ojos increíbles que cambian ―y esto no es ninguna metáfora― según el clima.
Y sonríe. Sonríe, y eso sí que no se ve mucho últimamente.
Quizá la invite a cenar. Estaría buena una cita como las de antes.


17 de mayo de 2023

La misión espacial fracasó. Los científicos calcularon mal la trayectoria. El módulo colisionó contra un asteroide sin haberse acercado al Objeto para conseguir más información.
No todas son malas noticias: la cita salió perfecta, mágica; nunca me había sentido tan cómodo con alguien.


19 de mayo de 2023

La puta madre, asaltaron a Mercedes en su casa. Fue una de esas pandillas que describí en enero. Por suerte, sólo buscaban comida y armas, que después irían a trueque. A ella no la tocaron, fue sólo el susto.
Eso sí: la casa quedó destruida, inhabitable. Así que se vino a vivir conmigo.
Es raro eso de convivir; igual me gusta. Ahora todo está más limpio, pero ella también me pide ciertas cosas a las que antes ni les prestaba atención: parece que ronco y que acaparo las frazadas.
A mi favor: aparentemente soy buen cocinero. Sobre todo para inventar algo pasable con lo poco que hay.


22 de mayo de 2023

Algunas vecinas se pusieron violentas con mi noviazgo. Mercedes no puede salir de casa: la atacan y la insultan.
Me había olvidado de lo pelotuda que es la gente a veces. Hay menos ofrendas, pero vivimos bien. Ya tengo a quién amar, y eso es mucho más de lo que tenía antes de que eso apareciera en el cielo.


19 de junio de 2023

¡El Objeto se detuvo!
Esas son grandes noticias. Tanto que me dan ganas de no escribir más en este diario ―que me lo compré porque estaba triste y solo y se venía el apocalipsis.
Todos los astrónomos coinciden: hace dos días que el gusano ha dejado de acercarse. Quizá, de a poco, el mundo recupere su rutina.

Las buenas noticias vienen de a dos: Mercedes está embarazada. ¡Voy a ser papá! Necesito que el mundo vuelva a la normalidad ya mismo.
Estoy feliz. :)


30 de junio de 2023

La gente empieza a salir a la calle. Hay menos cortes de luz, y la Cruz Roja pasa por el barrio al menos cada tres días.
Los gobiernos van recuperando el control. La reconstrucción va a ser costosa, pero posible.
Con Mercedes estamos muy enamorados. Le estoy enseñando mi oficio. Me ayuda mucho. Cuando la panza crezca, deberá quedarse en casa.
Mientras, disfrutamos las buenas noticias y nos acompañamos.


21 de agosto de 2023

Ya no hay esperanzas, esto es devastador.
Justo cuando el mundo se levantaba, el Objeto ―el tubo― empezó a aspirar estrellas, asteroides, planetas.
Ya no quiero salir. Prefiero vivir junto a Mercedes el poco tiempo que nos queda. Juntos hasta el final.
Y no voy a conocer a mi hijo.
Debí imaginarme que esto pasaría: me estaba yendo demasiado bien.


23 de agosto de 2023

Hace una hora decidimos apagar el televisor y la radio. Dijeron que a nuestro planeta le resta menos de una semana. Pienso quedarme todo ese tiempo abrazado a Mercedes.
Tiraron la teoría de que el tubo metálico es una especie de enorme agujero negro que lo consume todo.
Están muy equivocados. Sé que lo están.
Desesperanzado, releo este diario, y en la primera página descubro la verdad de todo. No dejo de preguntarme si allá arriba habrá una nena asustada interrogando al enfermero.
Estos crobios que la enferman sí van a sufrir cuando los maten.


Premoniciones


Cuando Cristóbal cruzaba la calle, presintió un desastre: un Duna blanco iba a clavar los frenos para esquivar a una vieja que cruzaría sin mirar.
Un momento después, vio a la vieja, vio al Duna... y oyó la frenada. Todo exactamente igual a como lo había presentido.
Fue un instante tan ínfimo que no le dio tiempo ni de gritar.
Medio conmocionado, entró en el súper: agarró pan lactal, mortadela y un quesito. Cuando llegó a la caja, el chino pasó los productos por el lector. Y justo antes de que el valor total apareciera en la pantalla, Cristóbal supo que serían $93,70.
―Noventitré setenta, señó ―dijo Li.
A Cristóbal no le preocupó: adjudicó el hecho a su rápido manejo de las matemáticas.
Lo interesante empezaría recién el lunes siguiente.


Entró en el ascensor del trabajo y apretó el 5. Mirándose en el espejo, se acomodó la corbata y se peinó. El ascensor se detuvo. Antes de que las puertas metálicas se abrieran, Cristóbal supo que González iba a estar sacudiendo el dispenser de las galletitas, mientras que los boludos de Compras lo estarían alentando fervorosamente.
Oyó la campanilla. Las puertas se abrieron, y vio a González sacudiendo el dispenser de las galletitas, mientras que los boludos de Compras lo alentaban con el puño en alto:
―¡Dale, gordo, ganate las Melbas!
Cristóbal empezaba a preocuparse. Fue hasta su oficina, cerró la puerta, se sentó en el sillón y se restregó los ojos. Trataba de calmarse, pero sabía que la calma no duraría demasiado: unos segundos después entraría Anita con la agenda de esa mañana. ¿Lo sabía porque era la rutina de los lunes, o porque había tenido otra visión? Debía de ser otra visión. Si no, ¿de qué otra forma sabría que Anita tendría puesta la pollerita azul que a él lo volvía loco?
Anita entró cargando agenda y papeles…, y contoneándose dentro de esa pollera azul que debería declararse ilegal. Cristóbal se asustó tanto que no le dedicó a ese culo el detenido examen que se merecía.
―Hola, jefe ―susurró Anita con voz de trola.
―Ahora no, por favor.
Anita chasqueó la lengua y taconeó hasta su escritorio.
Cristóbal prendió la computadora y buscó en internet: “ver las cosas antes de que pasen”.
“Déjà vu” se llamaba el fenómeno. Lo más científico que encontró decía que era una sensación y no algo real: una ínfima diferencia de velocidad de percepción entre los hemisferios cerebrales.
Qué sensación ni sensación: él podía ver las cosas antes de que ocurrieran. Y cada vez con más antelación. Cerró Google, y lo recorrió un escalofrío al darse cuenta de que todavía no había prendido la computadora. Lo había visto todo sin buscarlo.
Se levantó de golpe empujando el escritorio, se tropezó con la silla.
¿Por qué tenía visiones? ¿Estaría soñando? Saltó de la silla al piso para ver si volaba, se pellizcó, y comprobó que aquello no era una pesadilla. No entendía qué le pasaba ni por qué, pero quizá no fuera tan malo.
Dio vueltas por la oficina. Se detuvo junto a la ventana. Suponiendo que aceptaba que todo aquello fuera real, ¿qué tan adelante podría ver? Se planteó un desafío: prever la marca y el color de los autos antes de que pasaran.
Y acertó. Acertó siempre, y con cada una de las marcas y colores. Y hasta predijo que iba a pasar una Harley.
Cristóbal sonrió: aquello parecía más un don que una maldición. Si lo usaba bien.


Salió de la oficina y le dijo a su secretaria:
―Anita, hablá con Recursos. Deciles que me voy a tomar los días de vacaciones que me quedan.
Anita lo miró y abrió la boca como para decir algo.
―Vos deciles ―dijo Cristóbal―. Y deciles también que me lo deben por lo del contrato con los ucranianos. Va a estar todo bien.
―No, pero todo eso no importa. ¿Adónde vas?
¿Por qué Cristóbal tenía que darle explicaciones? Ella le gustaba; pero no dejaba de ser un filo, y nada más.
―Un tema familiar, Anita. Nos vemos a la vuelta.
―¿Pero cuándo volvés?
―No sé, dos semanas.
En realidad, si todo le salía bien, Cristóbal no volvería. Ese don le había venido de la nada, y de la misma forma podía irse. Mejor jugar a lo seguro, no fuese cosa de quedarse sin el pan y sin la torta.
No quería perder tiempo: así como estaba se subió al auto y se fue al casino.
Tenía sólo trescientos pesos en la billetera. Suficiente.
Pasó de largo las maquinitas y encaró directo a la ruleta.
Pidió color, y empezó jugando con fingida timidez. Ganaba mucho, pero también buscaba perder algunas veces: así, nadie sería capaz de probar que estaba haciendo trampa. Al rato, ya se arriesgaba a apostar plenos: esperaba hasta el último momento cuando el crupier cantaba “No va más”, y tiraba en el paño entre tres y cinco fichas.
Jugó en varias mesas, ganó en todas. También pasó por el punto y banca, el póquer y el blackjack. A los dados no jugó; no porque no adivinara que números saldrían, sino porque no le atraían tanto.
Anochecía cuando salió del casino. No temió que fueran a robarle los trescientos cincuenta mil que había ganado: se vio en el auto llegando a su casa sano y salvo. Confió en la visión y no tentó a la suerte cambiando el recorrido.
Cenó, y después tardó en dormirse: miles de planes se acumulaban en su cabeza.


Una ruleta, giraba.
La bola caía en diversos números.
Se vio festejando.
Alzaba la vista: no era el mismo casino de la noche anterior.
Cristóbal se despertó confundido: ¿acaso se habían acelerado más sus visiones? Por las dudas, se anotó los números que saldrían en la ruleta.
Se lavó los dientes, y sin desayunar se fue hacia ese otro casino: el que había visto en su sueño, lo identificó por la fachada.
Jugó y ganó. Evidentemente sí se habían acelerado las visiones. Ver tan adelante complicaba su tarea: recordar todos los números, y en orden, no era tan fácil como sonaba. Pero con esfuerzo podría seguir viviendo gratis.
Al mediodía, paró en el bar del casino para almorzar: ojo de bife con papas fritas, y un oneroso Merlot cosecha tardía. Vio una rubia de vestido rojo, de esas que siempre son arrastradas por un viejo canoso forrado en guita. Se vio besándole el cuello, desnudándola. Cristóbal le prestó más atención, ella le sonrió desde la punta de la barra y él alzó la copa. También vio que eso sucedería de noche: sólo debía esperar.
Durante la tarde, en la ruleta y en los naipes ganó más plata.
Cuando ya no le entraban más fichas en el bolsillo, se acercó a la rubia. Le preguntó el nombre ―Rubí―, y la tarifa. Aceptó el precio y se la llevó a un hotel.
Hacía tiempo que no cogía con una verdadera profesional. Anita tenía lo suyo, pero Rubí valía cada centavo.
Mientras se vestían, Rubí le preguntó:
―¿Siempre te va tan bien en el juego?
Cristóbal había estado medio día pensando la respuesta, y se había decidido por la inverosímil verdad. Aunque Rubí no le creería, le daría la razón:
―Veo las cosas antes de que pasen. Veo qué número va a salir. No le pifio jamás.
―Qué aburrido.
―¿Vos me ves muy aburrido a mí?


Esa noche, Cristóbal no durmió bien: en la pesadilla, él daba vueltas por el living de su casa; le costaba moverse, se sentía cansado, le dolían las rodillas y las piernas. Al rascarse la pera, notó una barba muy larga y despareja ―y él no usaba barba―. Y, cuando se miró la mano, la vio amarillenta y arrugada.
Se despertó aterrado. Faltaba para que amaneciera, pero no pudo dormirse. Se concentró en ver a qué números jugarle, aunque sólo volvía ―soñando despierto― a aquellos dolores y a aquella mano anciana.
―Bueno ―dijo minutos después frente al espejo del baño―, parece que los superpoderes duraron poco.
Durante ese día, recorrió varios bancos y abrió cajas de seguridad: ya no le entraban tantos billetes en los muebles. Invertiría una parte en casas y en autos, y con el resto viviría como un rey. Lo que no haría por nada del mundo sería volver a su vieja oficina. Lo lamentaba por Anita, quizá pudieran seguir encontrándose; pero ya no le interesaba tanto.
Pasó el resto de la tarde en un cabaret de Recoleta. Esas cuatro diosas que contrató hacían quedar a Rubí como a una monja de clausura.


Esa noche, las pesadillas se tornaron desesperantes: él temblaba en una habitación oscura y gris. Golpeaba y pateaba con furia la oxidada puerta de hierro, hasta que le sangraban los nudillos y los pies.
―¡No estoy loco! ¡Déjenme salir!
Los gritos lo despertaron. Se dio cuenta de que estaba pateando y arañando, enredado entre las sábanas. Se levantó como pudo y se metió en el baño. Se lavó la cara con agua fría y se miró al espejo: las facciones tensas, contraídas, la mandíbula apretada. Respiró hondo, se mojó la cara nuevamente y se obligó a estirar los músculos.
La pesadilla se iba desvaneciendo.
Cristóbal extrañaba las visiones: con ellas la vida era más segura, más previsible. Las pesadillas que las habían reemplazado eran un castigo demasiado severo.
Fue hasta el comedor y abrió los cajones de la cómoda: los fajos de billetes nuevitos seguían ahí, no habían sido un sueño. Y lo reconfortaba verlos. Tocarlos. Olerlos.


Pasó un mes despilfarrando parte de su fortuna: whisky, putas, merca. Los boliches lo mantenían eufórico: dormir le despertaba un terror indescriptible.
Porque ahora las pesadillas no eran más que oscuridad; pero no la calma oscuridad del descanso, sino una pesadez negra y asfixiante. No podía moverse, y sentía… sentía la boca desbordante de tierra, y larvas y gusanos arrastrándosele por la garganta y devorándole la tráquea y los pulmones y las tripas.
Se despertaba consumido. A veces se descubría sollozando, hablando solo. En sus ratos de conciencia aborrecía las visiones ―las visiones habían involucionado en esto―.  Y pensar que las había considerado un don.


No volvió al trabajo: se quedaba tirado en su casa. No tenía energía ni para comer.
En los mensajes del contestador, Anita sonaba preocupada. Él no respondía: temía que, si ella lo escuchaba en ese estado deplorable, viniera a verlo.
Después fueron sus jefes quienes lo llamaron. Al tiempo, le llegó el telegrama de despido. No se sorprendió.


Una tarde ―ya no sabía cuánto tiempo había pasado―, sonó el timbre. Él no le prestó atención, pero el timbre siguió sonando: ese chillido de mierda le perforaba el cráneo. Se tapó con un almohadón, pero lo seguía oyendo. Y después se sumaron golpes en la puerta.
Sin fuerzas ni para putear, se arrastró hasta la entrada y abrió apenas.
Anita. Obviamente.
―¿Cris…? ―dijo ella
Él se asomó. Y ella abrió los ojos bien grandes, sorprendida.
―¿Qué querés, Ana?
―Pasé varias veces ―dijo ella, como de memoria―. Pero no estabas, o no querías atenderme.
―¿Qué pasó?
―Tengo… tengo tus cosas en mi casa.
―Quedátelas. Quemalas.
Anita pareció reaccionar:
―Cristóbal, por Dios. ¿Qué tenés?
―Nada, ¿por?
―No te reconozco. Con esa barba y el pelo largo… ―Anita empujó un poco la puerta―. Y estás muy flaco. ―Se cubrió la nariz con la mano―. ¿Y hace cuánto que no te bañás?
Cristóbal se restregó la barba: ni se acordaba de la última vez que se había afeitado.
Empujando la puerta y al mismo Cristóbal, Anita entró en la casa. Al verlo de cuerpo entero ―andrajosos calzones, una urticaria sarnosa cruzándole el pecho―, dio un grito ahogado. Lo llevó hasta el baño, lo ayudó a desvestirse y lo sentó adentro de la bañera. Abrió el agua y lo dejó ahí, la mugre disolviéndose de a poco.
Desde aquel rincón, Cristóbal la miraba ir y venir con trapos, escoba y balde.
En un momento se quedó dormido. Cuando despertó, Anita estaba parada frente a él, con ropa de calle; la veía más hermosa sin todo aquel maquillaje y la ropa sensual y los tacos. Ella dijo:
―La casa ya está, ahora faltás vos.
Sacó un espejo y se lo puso a Cristóbal delante de la cara. Él casi se desmaya: estaba avejentado, barbudo, roñoso.
En silencio, dejó que Anita lo bañara, lo afeitara y le cortara el pelo: había comprendido todo.


―Las visiones nunca se fueron ―dijo durante la cena, de la cual no había probado un bocado―. Sólo se aceleraron.
Anita lo miró sin entender:
―Comé. Aunque sea un poquito. Te lo preparé con todo mi amor.
Recién al escucharla hablar, Cristóbal se dio cuenta de que Anita seguía ahí. Quiso agradecerle todas sus preocupaciones, pero por la angustia no le salían las palabras. Cuando ella se levantó con los platos, él fue hasta la cómoda. Sacó un fajo de billetes, lo dejó sobre la mesa y se fue a acostar. No se le ocurría ninguna otra manera de dar las gracias.
Soñó que flotaba. Que podía viajar por donde quisiera. Atravesaba puertas y paredes, y no sentía ni frío ni calor ni dolor. Voló rasando los océanos, incluso sintió en las yemas la frescura de la espuma que su mano hendía. Sobrevoló continentes hostiles. No había límites para su presciencia, ni límites para la violencia en esas tierras maltratadas. Recorrió ciudades devastadas por bombardeos. No encontró un solo rincón dominado por la paz. Vio a un soldado asesinando sin piedad a un niño indefenso. Vio a una madre resignada a morir de hambre, y a ver a sus hijos morir de hambre.
Se alejó hacia el cielo: quería huir de aquellas visiones, de la impotencia, de no poder ayudar.
Voló hasta la luna, y desde ahí observó las estrellas: un colosal gusano metálico se acercaba amenazante devorando todo a su paso sin discriminar planetas, lunas ni soles.
Se despertó angustiado, llorando a los gritos. Y fue Anita, su Anita, quien lo sostuvo en brazos.
―Es el fin del mundo ―dijo Cristóbal entre espasmos―. Pronto... muy pronto.
―Tranquilo ―dijo Anita acariciándole la cabeza―. Tranquilo. Ya vienen.
Colgado del cuello de Anita, Cristóbal fue hasta el living y se derrumbó en el sillón. Los cajones estaban abiertos y vacíos.
Intentó incorporarse, pero le fue imposible. Dijo:
―Anita, ¿qué hiciste con…?
―Tranquilo ―repitió ella cruzada de brazos, apoyada en la puerta. La pollerita azul le quedaba mejor que nunca―. Ya vienen... Ya vienen.
Cansado y confundido, Cristóbal volvió a dormirse.
Se despertó temblando en una habitación oscura y gris, con una puerta oxidada de hierro.
―¡No estoy loco! ¡Déjenme salir!