Sílice (III)


III

En los días siguientes, toda la familia anduvo a las corridas. Fiona se anotó en la universidad, y después volvió a Buenos Aires: tenía que despedirse de sus amigos, organizarse y preparar muchos bolsos.
Por su parte, Catalina se comunicó con el laboratorio de Viena y aceptó la oferta. La mudanza le resultaría sencilla, ellos se ocuparían de todo; era cierto que estaban fascinados con su trabajo. Los del laboratorio cordobés lamentaron mucho su renuncia, pero no podían competir ni económica ni estructuralmente contra el gigante europeo.
Gabriela hizo un esfuerzo enorme para evitar sobreproteger a la nena. Aun así, no dejó de espiar a Fiona mientras empacaba. Y le tiraba algún que otro consejo. Es que la “nena” ya no era una nena; no estaba empacando para irse de vacaciones. Se iba a estudiar, y ella no la vería más que unos pocos días al año.
Ricardo fue su apoyo: él sabía que muy pronto volverían la depresión y los ataques de pánico.


Un mes después, los tres viajaban en el auto cargado hasta el techo. Ayudarían a Fiona a instalarse, y despedirían a la mayor.
Cuando llegaron, la casa estaba casi vacía. Los empleados de la empresa de mudanzas terminaban de subir al camión las últimas tres cajas. Fiona se adelantó a sus padres y saludó a Catalina. Al abrazarla la notó muy tensa. Pensó que era por el viaje, y se lo dijo:
―Entiendo tu nerviosismo. Pero vas a ver que te va a ir bien allá.
Su hermana devolvió sin ganas el abrazo. Otra vez se guardaba las palabras.
Sin poder evitar las lágrimas, Ricardo saludó a la mayor: cuatro años de no verla ni de hablar con ella.
Lo de madre e hija fue muy frío, un incómodo beso de compromiso. Sentían lo mismo la una por la otra: odio. Y las esperaba la peor de las torturas: debían convivir unas larguísimas veinticuatro horas.
Ricardo aprovechó el corto tiempo con Catalina. Gabriela simuló preocuparse y prometió extrañarla.
Charlaron, pasearon, cenaron afuera. Al regresar, brindaron por el futuro. Más tarde, se acomodaron en diferentes rincones para dormir. Sílice se mantuvo alejado de todos y no se dejó ver demasiado. A Fiona le pareció más grande que la última vez.
Pensó: Catalina lo debe estar malcriando antes de irse.
El día siguiente fue bastante triste. El desayuno pasó en silencio. Luego vinieron las despedidas. Cata había llamado un remís para que la llevase hasta el aeropuerto. Arisca como era, no querría soportar a toda su familia llorando como si fuera una enferma terminal.
El primero en despedirla fue Ricardo. La abrazó, los ojos vidriosos, y le dijo al oído:
―Estoy muy orgulloso de vos, hija. Te quiero. No desaparezcas. A pesar de la distancia, no vas a estar lejos. Llamá. Ahora con internet hay muchas maneras.
Catalina se limitó a asentir.
Abrazó a su madre con la misma calidez del día anterior: ni se registraron.
Cuando fue el turno de Fiona, su hermana le apretó la mano con excesiva fuerza y la miró a los ojos como nunca antes. Un escalofrío le recorrió la espalda.
―¿Qué pasa? ¿Es por tu gatito? Vamos a estar bien. Lo voy a cuidar.
Otra vez, Catalina no decía lo que sentía. Necesitás descargar, pensó Fiona, pero se calló la boca. Decí lo que sentís, Catalina, por Dios.
Catalina se descolgó la mochila y la dejó en el piso. Entonces hizo algo insólito: ella, que siempre se desplazaba con la parsimonia de un cerro, corrió hasta la que había sido su habitación, donde seguramente ahora andaría Sílice. Entró y, sin dar la más mínima explicación, se encerró con llave. Incómoda, su familia se quedó parada en medio de la sala, sin saber qué hacer.
―¿Ves? ¿Ves? ―dijo Gabriela al toque y señalando con el dedo la puerta cerrada―. Le demuestra más amor a un simple gato que a su madre o a su padre. O a su hermana, pobrecita, que gracias a ella puede viajar.
―Tranquilizate, Gaby ―dijo Ricardo―. Acordate lo que nos decían los psicólogos. A Cata le cuesta expresar sus emociones. El cariño que le demuestra a Sílice es en realidad su manera de exteriorizar lo que siente por todos nosotros.
La mujer negó con la cabeza.
Desde la habitación se oía la voz de Catalina. Fiona se acercó y golpeó con suavidad. Catalina salió y la miró con los ojos desorbitados.
―Está enojado ―le dijo.
―Ya se le va a pasar. Nos vamos a llevar bien, vas a ver.
―Cuidalo, Fiona. Cuidalo mucho.
Fiona la abrazó. Sílice, que había estado observándolas como el rey del hogar desde el medio del acolchado, dio vuelta la cara.


Los primeros días de convivencia con el gato fueron de terror: Fiona lo alimentaba y trataba de ganarse su confianza con golosinas y juguetes, pero Sílice no le llevaba el apunte. Comía por las noches mientras ella dormía. No bien se levantaba, Fiona descubría las desperdigadas golosinas invadidas por ejércitos de hormigas rojas y negras. Era como si el gato las alimentase. En cuanto a los juguetes ―cascabeles, ratones de goma y pájaros hechos de corchos y plumas―, el muy cabrón los tiraba por la ventana. Además, cada vez que ella estaba en la casa, él desaparecía. Se escondía bajo algún mueble, o directamente se mandaba a mudar.
Fiona se sentía frustrada: por primera vez en su vida, le costaba establecer un vínculo. Hacía sus mayores esfuerzos, pero el gato la evitaba. Supuso que extrañaría a Cata; con el tiempo, todo mejoraría. Sí, claro.


Colgó unos cuadros coloridos y amuró un televisor. Además sus padres, antes de volverse para Buenos Aires, le habían regalado muebles modernos, bien chillones. Instaló luces más potentes y retapizó el sillón de un rojo intenso. También pintó los marcos grises de las ventanas de hierro. Naranja le pareció un color alegre. Estaba segura de que terminaría aburriéndola, pero precisaba darle vida a su nuevo hogar. Con esos cambios y un poco de Green Day, la casita ya no era Catalina. Ahora era un poco más Fiona. Más adelante se ocuparía de desmalezar y emparejar el jardín.


Empezó a ir a la facu. Iba y volvía en remís todos los días, podía permitírselo.
No le costó hacerse de un grupo de amigos. Incluso había noches en que se quedaba estudiando, o simplemente charlando en lo de algún compañero.
Cuatro chicos conformaban su grupo fijo, pero fue con Magalí con quien logró intimidad. Y sabía bien por qué: sociable y divertida, ni por asomo era Magalí tan parca como su hermana. Aunque, salvando las distancias, también era reservada: nunca hablaba de su familia, parecía no tener a nadie. A punto de recibirse de veterinaria, cursaba algunas materias de Psicología, sólo por un interés personal.
Un día le recordó a Fiona, durante un recreo:
―Se vienen los primeros parciales. ¿Estudiaste?
―Intento. Lo que pasa es que vivo tan lejos… Cuando vuelvo le preparo la comida al gato, hago de ama de casa, como, y ya me muero de sueño.
―Es rarísimo que vivas en la zona fabril. Pero no es del todo malo: cuando empiece la época de finales y tengas que sentarte a estudiar de verdad, no vas a tener la tentación de salir a dar una vuelta. A los que viven acá en el centro les pasa todo el tiempo.
―Ojalá, Maga. Lo ideal sería un lugar así, pero no tan alejado.


La relación con Sílice empeoró. Fiona dejó de preocuparse, y sólo le dio los cuidados mínimos. Cada vez que recibía un e-mail de Catalina preguntando por su gato, le mentía que todo iba bien.
Después le venía la culpa, y trataba de amigarse con Sílice. Ponía su mejor voluntad y todo el amor que le salía, pero no había caso.
Una tarde, encontró al gato durmiendo en el sillón. Se acercó tratando de no asustarlo y lo observó: el pelo del animal se veía distinto, menos espeso; además, en algunas partes del lomo le faltaba.
¿Necesitaría de vuelta las inyecciones?


La nueva: todas las mañanas encontraba los apuntes desparramados por el comedor. Primero creyó que era alguna corriente de aire. Después descubrió una huella estampada en una hoja de cuaderno: ¡durante la noche el gato tiraba todas sus cosas!
Típica conducta felina, se dijo, sin convicción.
Terminado el primer semestre, y tal cual le había avisado Magalí, estar apartada del mundo le sirvió para prepararse mejor en vista de sus primeros finales.
Fue al supermercado y se proveyó bien, se encerró, desconectó el televisor, ocultó en un armario todo lo que la distrajese, y se puso a estudiar sin descanso.


Una noche, se despertó con la sensación inconfundible de que alguien la observaba.
Miró a su alrededor.
Distinguió dos luces ―¿dos brillantes ojos?―, a una distancia imprecisa, más allá de los pies de la cama. Al incorporarse lo reconoció: sentado en el piso, la punta de la cola serpenteando entre las patas, Sílice la estaba acechando.
Fiona simuló ternura:
―Mish, Mish, Mish…
Prendió el velador y se sentó en la cama. Sin apartar la vista de ella, el gato se agazapó. Las pupilas se le contrajeron hasta convertirse en dos hendijas verticales. Sin dejar de fingir, Fiona se acercó gateando:
―Mish, Mish, Mish…
Y Sílice le arañó la cara. Ni lo vio venir.
Fiona fue corriendo al baño a lavarse la herida.
―¡Gato hijo de puta! ¡Gato de mierda!
El pómulo le sangraba. Se lo cubrió con una gasa y buscó a Sílice por cada rincón. Inútil: aquella maldición de gato no aparecía por ninguna parte.
De nuevo en la cama, Fiona no volvió a dormirse.




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Sílice (II)


II

La puerta se abrió. La persona frente a ella sólo se diferenciaba de la que se había despedido hacía cuatro años, por el largo del pelo. Seguía teniendo la misma piel mantecosa, las mismas ojeras, la misma expresión sombría, la misma ropa amplia y desaliñada.
Fiona sonrió emocionada y la abrazó dando saltitos y lagrimeando.
¡Cata, qué alegría!¡Cómo te extrañé!
Catalina le devolvió el abrazo con una sola mano. La otra la escondía tras la espalda.
―Hola, Fiona.
―¡Estás igual! Me encanta cómo te queda el pelo largo.
―Hola, Fiona ―el tono neutro, monótono―. Qué bueno verte. Cierto que llegabas hoy. No pude ir a buscarte. Estoy con un asunto… Pasá. Si querés.
Si querés.
Y a qué carajo vine, estuvo por decirle Fiona, pero se mordió la lengua.
Recién cuando entraron, ella vio que Catalina calzaba guantes de látex. Llevaba una jeringa.
―Este es el living ―dijo Catalina abarcando con un gesto el ambiente―. Aquella es mi habitación. ―Señaló con la cabeza hacia una puerta―. Y aquella va a ser la tuya mientras te quedes. ―Indicó otra puerta, pegada a la anterior―. Dejá todo por ahí. Servite lo que quieras, como si fuera tu casa. Estoy en la cocina con algo muy importante.
Fiona sonrío: siempre directa su hermana, sin vueltas ni dramones. Dejó su equipaje sobre el piso de cerámicas y observó aquella habitación minimalista. Una computadora, una mesa con tres sillas, un sofá. Ningún cuadro, ninguna foto, ningún adorno. Paredes blancas, puertas grises, ventanas de hierro. Sí: aquella casa era Catalina.
En la parte trasera, un descuidado jardín. Aunque muy alto en algunas zonas, el césped evidenciaba montículos de tierra removida. Una pala clavada recordaba a una lápida. Por lo visto, Catalina sólo iba ahí cada tanto.
Fiona entró en la cocina. Su hermana se lavaba las manos: la jeringa y los guantes habían desaparecido. Todo expresaba austeridad: un horno, una heladera y una mesa. Blancos. Inmaculados.
Algo desde la mesa la sobresaltó.
Algo peludo y atigrado, anaranjado.
Una…
¿Una mascota?
Recordó el episodio de la tortuga, y además un hecho extraño que había ocurrido hacía un montón, cuando eran chicas. Daban una de sus caminatas. Al pasar junto a una casa, un dóberman enorme se les tiró contra la reja, meta ladrar y gruñir. Aterrorizada, Fiona se abrazó a su hermana mayor. Catalina la apartó, se acercó a la reja y puso su cara a centímetros del hocico baboso y repleto de colmillos. Lo observó impertérrita. El perro se puso más violento, tiraba bestiales dentelladas. Catalina siguió observándolo sin emoción. Y el dóberman, sin motivo aparente, terminó alejándose ―alejándose de ella― con el rabo entre las patas.
Fiona comprendió aquello de “Cata la Rara”. Y, lejos de temerle, la quiso mucho más. Ella no necesitaba un abrazo, sino que la amenaza canina desapareciera. Y eso fue lo que Catalina hizo por ella. Mostrarle a la bestia quién mandaba. Quién tenía el poder. Sin palabras y sin miedo.
¿Una mascota?, pensó. ¿Un gato muerto?
Inmóvil, no parecía dormido. Una bola de pelos anaranjada. La boca abierta. La lengua afuera. Los ojos entrecerrados. ¿Otra vez…?
¿Otra vez lo mismo que con la tortuga?
―¿Está muerto? ―le preguntó con la mayor calma posible.
Catalina cerró la canilla, se secó las manos y se acercó al gato.
―No ―dijo acariciándolo―, Sílice va a estar bien. Ya pasó... Ya pasó.
Ahora sorprendida por el cariño que mostraba su hermana hacia el animal, Fiona pudo ver el vientre del gato hinchándose y deshinchándose levemente.
―Sílice ―dijo―. ¿Por qué “Sílice”?
Cata se tomó unos segundos. Miró por la ventana que daba al jardín. Dijo:
―Es un elemento de la tabla periódica. El catorce.
Las hermanas prepararon juntas la cena, charlando: Fiona tenía cuatro años de noticias para ponerla al día. Preguntó:
―¿Cómo conseguiste esta casa tan alejada de todo, tan… vos?
―Empecé a trabajar en este laboratorio ―dijo Catalina señalando hacia la medianera contraria a la automotriz―. Fue cuando todavía estaba estudiando.
―¡¿Ya terminaste?! ―dijo Fiona sorprendida―. ¿Genética? ¿En apenas cuatro años?
―Y bueno, como no me gustaba vivir en la universidad, pregunté si podía quedarme en el laboratorio. ―Cuando Catalina dijo esto, Fiona supo que se refería a dormir, comer y vivir entre tubos de ensayo y probetas―. Así que me ofrecieron venderme, a un precio especial, esta casita que antes usaban como depósito, y la tenían medio abandonada.
―Es genial, ¿no? Te queda cerca del trabajo. ―Y, después de una pausa, Fiona agregó, con intención―: Y también te queda lejos de la gente.
Catalina asintió en automático: no había captado la ironía.
―Además la empresa me paga el transporte cuando necesito ir al centro.
―Te felicito, Cata. Debés ser muy buena para que te traten tan bien. Me alegro mucho.
Fiona vio en la cara de Catalina algo parecido a una sonrisa. Esa acción tan nimia de condimentar la ensalada la acercaba a la normalidad.
Puso la mesa para las dos. Sin decirle nada, Catalina sumó más platos y vasos sobre la mesa.
―¿Esperamos a alguien? ―preguntó Fiona con la esperanza de que algún otro nerd solitario se hubiera convertido en el novio de su hermana.
―No. Solo nosotros tres.
¿Y quién es el tercero?, estuvo a punto de preguntar Fiona, pero Catalina pegó media vuelta y se fue para la cocina. Enseguida volvió con la bandeja de carne asada y una fuente con ensalada de lechuga y tomate.
Las dos se sentaron… y se develó el misterio del tercer comensal: parsimonioso como una deidad remota, Sílice ocupó su lugar en la mesa. Fiona no protestó: en algunas casas, es muy común que los gatos se suban a la mesa a la hora de comer; los dueños suelen darles las sobras. Además, Catalina estaba viviendo allí sola hacía bastante tiempo, su mascota fungía también de acompañante; era lógico que la hubiera humanizado un poco.
Fiona se sirvió carne y algo de ensalada. Hizo lo mismo con el plato de Catalina, mientras Catalina servía agua en los tres vasos.
―A él solamente carne, Fiona.
Ella la miró, después observó al gato, que le devolvió la mirada relamiéndose. Catalina explicó, imperativa:
―No le gusta la ensalada.
Fiona obedeció. Creyó que Sílice se subiría a la mesa y devoraría todo rápido para que le sirvieran más. Pero, para su asombro, el gato apoyó las patas delanteras en el borde y se puso a comer con singular elegancia. En un momento se estiró hasta el vaso. Bebió, y después siguió comiendo.
―Recibí ofertas de trabajo desde Europa ―dijo Catalina trozando su carne en pequeños dados―. Francia, Alemania… Pero me tienta mucho la propuesta de un laboratorio en Austria.
Fiona la miró con la boca abierta.
―Eso es genial, Cata. ¿Qué esperás?
―Es que Sílice no pasaría los controles necesarios para salir del país. Es por un tema de enfermedades y plagas. ―Al oír su nombre, el gato dejó de masticar y se dio a observarlas muy atentamente.
¿Atento a la conversación? No. Imposible.
―No puedo abandonarlo ―seguía diciendo Catalina―. Es tan especial.
―Todos los dueños de mascotas piensan que la suya es especial. Pero no podés dejar pasar la oportunidad de tu vida, por culpa de un simple gato.
Sílice, el “simple gato”, se bajó de la silla, y ondulando la cola caminó hasta la habitación de su dueña. Antes de entrar, dio una última mirada hacia la mesa.
Una mirada por sobre el hombro, se dijo Fiona. Y repitió:
―¿Por un simple gato te cagás la vida? ―Notó que de nuevo su hermana se quedaba con las palabras en la boca. Sabía que con su personalidad avasallaba a Catalina, a quien siempre le costó imponerse, pero su instinto era más fuerte que ella: no podía quedarse callada―. Hoy ya es tarde, y estoy muerta. Pero algo se me va a ocurrir mañana para que puedas demostrarle al mundo lo grossa que sos. Vamos a aprovechar esta oportunidad que te da la vida. Y que no es suerte, sino que te la ganaste con tanto esfuerzo. ―Abrazó a su hermana y la besó en la mejilla―. Te quiero, Cata. Te quiero mucho.
Catalina devolvió el abrazo. Mecánicamente.


Al otro día, mientras su hermana trabajaba, Fiona aprovechó para recorrer la ciudad. Pensaba una solución para el asunto de Cata.
Recorrió el centro y se perdió por las calles de Córdoba sin reparar en la historia o en la importancia de cada sitio. No buscaba referencias turísticas. Era la primera vez que se iba de vacaciones sola, y eso significaba una gran aventura. Almorzó en cualquier lado cuando le dio hambre, y después se tomó un helado.
Sin querer, llegó hasta las puertas de la Universidad. Entró de puro curiosa. Más bien, quería descubrir el ámbito en que se había movido su hermana. Espíritu inquieto, terminó averiguando sobre diferentes carreras.
Nunca supo si fueron los nombres de las materias, la forma en que se la vendieron o lo felices que se veían los estudiantes en las imágenes del folleto. Pero, cuando volvió a cruzar las puertas, estaba convencida de que en unos años obtendría un título en Psicología.
Se sentó en un banco de una plaza cercana y le dio vueltas al asunto releyendo una y otra vez el folleto. ¿Y si ella también se mudaba a Córdoba? A mamá no le gustaría la idea. Era muy apegada a ella. No se lo iba a tomar tan bien como cuando se fue Cata. Pero tampoco podía pretender que se quedara toda la vida a su lado. Con papá, más comprensivo, no habría problema. Se imaginó viviendo con otras chicas en alguna residencia estudiantil, y no le disgustó la idea: en las películas ―en las películas que no fueran de terror― siempre la pasaban muy bien. También pensó que además tenía la casa de su hermana, por si algún día quería alejarse del centro.
Se le fue ocurriendo una idea. Tal vez, la solución definitiva para que todo avanzase. Ella y su hermana no se quedarían estancadas.
Fue hasta un locutorio y llamó a su casa. La atendió Gabriela. Le contó cómo había llegado, y lo bien que le iba a Catalina con sus cosas. La madre no se mostró impresionada. Ni conmovida. En cambio se preocupó por ella: si había comido, si había llevado abrigo, si necesitaba plata.
Fiona pidió hablar con papá. Quería contarle su plan para que después él, más tranquilo, se lo explicase a mamá. Y se lo contó.
Ricardo le pidió que felicitara a Catalina de su parte, se alegró de que estuviera bien y de que el mundo de las ciencias la respetase. En cuanto al plan, también se mostró convencido. Pero de todos modos, como buen padre, le tiró la pregunta del millón:
―¿Estás segura que eso es lo que querés?
―Totalmente.
―¿Y te imaginás como psicóloga?
―Me encantó la facu, papi. El lugar, los chicos…
―Yo creo que tenés un don para interpretar a la gente. Psicología es ideal para vos.
―¡Gracias, pa!
―Con respecto a lo otro, no te preocupes. Yo hablo con tu madre. Me parece fenómeno tu plan. Me hace sentir muy orgulloso de haberte criado.
―Te quiero. Y a mamá también.
―Yo también. Las quiero a las tres.
Fiona se despidió de su papá y, sonriendo, volvió a la casa de su hermana.


Ricardo pasó el resto de la tarde pensando en la mejor forma de comunicárselo a Gabriela: su hija favorita había decidido irse a estudiar a otra ciudad. Por más apegada que su mujer estuviese a ella, era capaz de entender que los hijos crecen, maduran y siguen sus propios caminos.
Quizás en un principio debería subirle la dosis de paroxetina, pero con el tiempo terminaría acostumbrándose. Un viaje en pareja a alguna playa paradisíaca no era una mala idea. A él también le vendría bien. Lo mejor sería decirle las cosas sin anestesia ni edulcorantes, y anticiparse a posibles reacciones.
―¿Viste, Gaby? ―dijo, mientras miraban las noticias―. Estaba contenta Fiona.
―Sí, se la oía bien. ―Gabriela sonreía―. Creo que hicimos lo correcto al dejarla ir.
Bien, pensó Ricardo. La agarré de buen humor.
―¿Te contó que Cata se recibió en tiempo récord?
―Ajá.
―¿Y que tiene ofertas del exterior para irse a trabajar?
Ante esa noticia, Gabriela mostró algo más de interés:
―¿Y va a aprovecharlas?
―No quería irse, porque tiene un gato que no podría hacer entrar en Austria, pero que tampoco querría dejar solo.
―¿Catalina tiene una mascota? ―dijo Gabriela, mirándolo extrañada―. Eso sí me parece raro.
―La cosa es que a Fiona se le ocurrió una idea… que no se atrevía a contarte.
De la cara de Gabriela desapareció todo rastro de alegría. Pestañeó, pero no pudo evitar las lágrimas.


Catalina llegó cerca de las nueve de la noche.
―Preparé la cena ―le dijo Fiona, tratando de ocultar su excitación―. Pollo a la mostaza. Tu favorito.
Catalina la miró fijo:
―¿Qué te pasa, que andás tan alborotada?
Fiona se restregó las manos, como superando un escalofrío.
―Tengo grandes noticias para vos, Cata.
Acomodó los almohadones del sofá. No tenían nada malo, pero no quería dejar que su hermana siguiera analizándola y le arruinase la sorpresa. No quería darle ni la más mínima pista con el lenguaje corporal.
Por suerte Sílice fue a recibir a su dueña y la distrajo. Catalina lo alzó y le revisó las pupilas, las patas y la boca. Pareció decepcionada. Seguramente la enfermedad seguía avanzando.
Fiona se dedicó a ordenar la casa y aprovechó para espiar a Catalina y a su gato. Necesitaba aprender: cuidar a la bestia era parte del plan.
Catalina sacó de la cartera una jeringa. ¿La habría preparado ella misma en el  laboratorio? Fue a la cocina, acostó al gato sobre la mesa, se puso guantes de látex, le pasó un algodón con alcohol en el lomo y lo inyectó.
Sílice no se quejó, ni maulló ni intentó huir. Miró a su ama como quien acepta lo inevitable y esperó que aquel líquido azulado entrara en su cuerpo. ¿Qué mal tendría Sílice?
Catalina quitó la jeringa, frotó nuevamente alcohol. Y con todas sus fuerzas apretó contra la mesa al gato. Fiona se asustó por aquel gesto violento, y otra vez su mente la transportó a la infancia.
―Tranquilo, Sílice ―susurró Catalina―: son sólo unos segundos.
Ahora Sílice convulsionaba, se sacudía. Catalina no podía sostenerlo. A Fiona se le aceleró el corazón. Pensó en acercarse y salvar al gato, pero estaba paralizada. ¿Por qué Cata asesinaba a su tan querida mascota, y encima delante de ella?
Segundos después, el animalito volvía a las mismas condiciones del día anterior, cuando Fiona lo había conocido.
―¿Va a estar bien? ―preguntó ella desde la puerta de la cocina―. ¿Para qué son las vacunas?
Catalina se tomó su tiempo.
―En realidad… no es nada grave. ―Hizo una nueva pausa―. Pero los estándares internacionales son muy estrictos. Él no pasaría las pruebas.
Fiona preparó la mesa, esta vez para tres comensales. Se sentaron, pero Sílice no apareció.
―Qué raro. ―Catalina se acarició la pera―. Le encanta el pollo.
―Habrá quedado medio atontado por la vacuna.


Cuando promediaba la cena, Fiona ya no aguantó más y largó todo lo que se venía guardando.
―Cata, he tomado una decisión: me voy a anotar en la facu. Voy a empezar Psicología en marzo. Así que… ¡Te vas a Austria! Me dejás la casa, para que yo tampoco tenga que vivir en una residencia estudiantil, y de yapa me ocupo de tu gato.
Catalina se quedo mirándola. Después, siguió comiendo. Fiona sabía que estaba maquinando de lo lindo. ¿Cómo reaccionaría? No esperaba que saltase de felicidad y la abrazara, y las dos se pusieran a bailar. Su hermana no era así, jamás haría eso.
Siguieron comiendo en silencio. Cuando terminó su plato, Catalina habló:
―Bueno.
Y eso fue todo lo que dijo.
Fiona se levantó y se puso a saltar, algunos cubiertos cayeron al piso. Abrazó a su hermana.
―¡Vamos a festejar que te vas a Europa! ¡El Viejo Mundo!
Catalina también se levantó. Pero no había alegría en su tenso empaque: Fiona advirtió que en lugar de abrazarla la apartaba, acaso para que ella no la desarmara de la emoción.
―Es una gran oportunidad para mí, Fiona ―dijo Catalina, en un tono neutro.
―¡Claro, claro! Por eso no quiero que la pierdas. Eso sí: me vas a tener que enseñar a vacunar gatos.
Catalina miró hacia su habitación.
―Creo que… ―Hizo unos segundos de silencio―. Técnicamente, quizá Sílice ya no necesite esas inyecciones.

―Mejor entonces.



Sílice (I)


I

Fiona bajó del auto, abrió el baúl y sacó su valija. No podía con la ansiedad de ver de nuevo a Catalina, después de cuatro años. Instintivamente decía que sí a las recomendaciones de su madre:
—Tené cuidado. Cualquier cosa llamá. Si aquella no se porta bien con vos, nos avisás y volvés.
Le sonaban ridículas todas esas admoniciones, aunque entendía por qué se las disparaba como metralla: la relación entre su madre y su hermana mayor era peor que la establecida entre vampiros y hombres lobo.
¿Por qué no podían conectar? A ella no le costaba nada. Era cierto que nunca le había costado. Con nadie. También era cierto que su hermana, por rara, le caía pésimo a todo el mundo.
Como fuese, se dijo, cada uno es como es, y está bien así.
En ese sentido, papá era más abierto. Si bien Catalina lo venía decepcionando desde que nació, él la trataba de aceptar y entender. Asunto difícil: Catalina no ponía nada para mejorar la relación. Sin embargo, él las quería a las dos hermanas, aparentemente sin favoritismos.
Fiona se despidió y subió al micro. La esperaban doce horas de ruta, hectáreas de campo y kilómetros de sierras, hasta el centro de la ciudad de Córdoba.


Volviendo en el auto, Ricardo vio que Gabriela apoyaba la frente contra el vidrio. Su cara denotaba preocupación. Incluso miedo. Desde que Catalina había abandonado el hogar para irse a estudiar, Gabriela había mejorado mucho. Él estuvo a punto de preguntarle si esa mañana se había tomado el Prozac, pero ella habló primero, sin dejar de mirar por la ventanilla:
—¿Habremos hecho bien en dejarla ir?
Ricardo esperaba esa pregunta desde que habían pasado el peaje. Venían discutiendo largamente, pero Gaby seguía abrumada de dudas.
—Ya lo hablamos, mi amor. Fiona acaba de cumplir los dieciocho, y no ve a su hermana desde hace cuatro años. ¿Quiénes somos nosotros para impedirle que vaya a visitarla?
Ella no contestó: había planteado sus argumentos varias veces. Además, Fiona ya iba camino a Córdoba. No había vuelta atrás.
Dejaron la autopista y entraron en la avenida principal. El tránsito estaba más congestionado que de costumbre, pero Gabriela ni se dio cuenta: seguía en su mundo; pensando en sus hijas, tan diferentes.
Sus sentimientos hacia Catalina eran muy distintos a lo que todos creían, y eso la ponía terriblemente mal; de ahí la depresión y los ataques de pánico. Ella odiaba a Catalina. En secreto la odiaba. Y, por supuesto, no podía expresarlo: ¿qué clase de madre siente repulsión por un hijo? Se supone que una debe amarlos a pesar de todo… pero había sido un alivio que se fuera a estudiar a otra ciudad. Hasta empezó a andar más animada, y los ataques se habían ido espaciando.
De hecho, todo había salido mejor de lo esperado. Pensó que Catalina vendría a visitarlos en las vacaciones. Y bien, tendría que actuar una voz dulce y comprensiva cuando llamara por teléfono. Pero nunca había venido, en cuatro años. Además, se comunicaba sólo por correo electrónico y jamás se compró un celular, ni se preocupó en hacer alguna llamada desde un locutorio o desde un teléfono público. Por lo menos podría haberlo hecho por su hermana, que la extrañaba de verdad. Pero no. Nada. Ni una muestra de humanidad, como siempre.
―Yo sé que Catalina te asusta ―le dijo su marido cuando se detuvieron en un semáforo―. Y que te preocupa que le pueda hacer algo a Fiona.
―Y claro que me asusta. Nunca estuvieron juntas y solas. Siempre estábamos nosotros cerca.
―Sí, pero tampoco nos necesitaron. Fiona encontró la manera de penetrar el caparazón de Catalina, como lo hace con todos. Tiene algo especial con la gente, a pesar de ser tan chica.
La palabra “caparazón” estremeció a Gabriela. En el colegio, Catalina siempre se había sentado sola, no tenía amigos. Y los docentes no lograban interesarla. No sacaba malas notas, al contrario; pero lo hacía todo de forma automática y sin placer. Cuando cumplió ocho años, y por recomendación de uno de los tantos psiquiatras que habían consultado, le regalaron una tortuga. La idea era que Catalina la cuidara y la quisiera; en suma, que por lo menos formara algún vínculo. No ocurrió nada de eso.
Una semana después, Gabriela encontró un rastro de sangre que llegaba hasta la habitación de su hija mayor. Asustada, abrió la puerta, pensando que la pobre se había lastimado. Lo que vio la horrorizó. No fue tanto el cuerpo ―aún con vida― de la tortuga, despojada de su caparazón, sacudiéndose agónicamente. Lo que la impresionó fue la cara de su hija, inexpresiva, sin sentir el menor dolor por el sufrimiento de aquel animalito descuajado. Sostenía una espátula.
Gabriela salió del cuarto y cerró la puerta. No quería que Fiona, de tan sólo cuatro años, presenciara aquel horror.
―Debimos regalarle un gato ―diría su marido más tarde, después de que limpiaron el desastre y castigaron a Catalina por el incidente―. Es más fácil encariñarse con un gato o con un perro.
Ella no lo creía en absoluto, y se opuso a comprar otra mascota: no quería en su casa otro animal destripado.
―Fiona no me preocupa ―le dijo a su marido mientras se detenían, esta vez por un embotellamiento―. Ella es perfecta. Es divina. Por eso no quiero que la haga sufrir… —Abrió los ojos asustada, los clavó en Ricardo— Mirá si no la va a buscar a la estación. ¿Qué va a hacer ella, solita en una ciudad desconocida?
―Fiona es viva, se va a arreglar.
Ricardo sabía que su mujer seguía viendo a su hija menor como su princesita indefensa. Pero, además de divertida y simpática, Fiona era muy inteligente. Él, de tanto visitar psicólogos y psiquiatras con Catalina, había aprendido a leer a sus hijas. Solitaria y analítica, la mayor había decidido ser científica. Además tenía una inteligencia superior a la media, y eso la había llevado a la carrera de Genética y Biotecnología, nada fácil.
En cambio, Fiona era hiperactiva y extremadamente sociable. Y también era inteligente. “Te saca la ficha al toque”, decía siempre él, cuando la describía. “Sabe qué decirte, cuándo y cómo, según tu personalidad. Lo sabe a los cinco minutos de conocerte”.
Por eso había logrado que su hermana se abriera, aunque fuese un poco. Fue increíble la primera vez que las vio juntas y solas jugando a tomar el té. Una nena que recién aprendía a hablar había logrado más que un ejército de especialistas.
―¿Te acordás? ―dijo la mujer, mirando otra vez por la ventanilla―. Estábamos preocupados por las horas que pasaba Catalina encerrada…
―… y le pedimos a Fiona que la espíe. Sí, claro que me acuerdo. ―Y era verdad. Él no había querido inmiscuirse en los asuntos de su hija adolescente. Tenían que dejarla experimentar. Si quería “descubrir su cuerpo”, que lo hiciera. Si se metía en sitios de citas o de “solos y solas”, había que dejarla. Ella era lo bastante perspicaz como para no dejarse engañar por nadie.
―Yo ―dijo la mujer subiendo la voz― deseaba con tanta fuerza que estuviera experimentando con su cuerpo o chateando con algún muchacho raro como ella.
Pero no. Lo que Fiona descubrió, y no por espiarla, sino por preguntarle y acercarse, fue que Catalina estudiaba. No lo que le enseñaban en la escuela: eso no le llevaba más que un rato. Visitaba sitios sobre ciencia y estaba suscripta a algunos cursos en línea. Más que estudiar, aprendía.
Con sus jóvenes doce años, Fiona no había entendido muy bien qué era lo que Catalina aprendía. Y ellos tampoco. Para averiguar más y ver si podían acercarse a su hija, le preguntaron cuáles eran sus intereses y si necesitaba ayuda con algo.
Como siempre, la respuesta de Catalina fue muy evasiva. Algo así como “Yo me arreglo”, o “Yo estoy bien”, o alguna ambigüedad por el estilo.
Ellos discutieron largamente sobre si retarla o exigirle que les contara más sobre la real naturaleza de esos estudios. Gabriela, que a esa altura le dedicaba todo su amor a Fiona y ―solo por obligación― apenas se mantenía unida a su hija mayor, quería cortarle la internet y obligarla a dar detalles de lo que hacía. Ya no le importaba que aquella pendeja la odiase. De hecho, le hubiera gustado que, aunque sea, explicitara ese sentimiento tan humano y dejase de ser un robot.
A Ricardo no le parecía mal que Catalina tuviese un interés concreto. Él creía, y no se equivocaba, que la ciencia podía ser su futuro. Con tal cabeza y semejante tenacidad, cursaría cualquier carrera en tiempo récord. Su total desinterés por las relaciones con el prójimo sería de gran ayuda: muchos jóvenes ―universitarios o no― se pierden años enteros por vivir en la joda.


La incomodidad del asiento, el repetitivo paisaje y la calidad de las películas que pasaron durante el viaje, no fueron una buena combinación para el espíritu inquieto de Fiona. Doce horas que le parecieron cincuenta, y en las que no paró de imaginarse cómo le estaría yendo a Catalina en la universidad.
Las respuestas a los correos electrónicos que le enviaba no solían decir mucho más que «Estoy bien y aprendiendo mucho» o imprecisiones similares.
Ansiosa por ver a Catalina, caminó por el micro y se cambió de asiento en varias oportunidades. Se moría de ganas de pasear con ella, una de las cosas que más disfrutaban juntas. La mayoría de las veces, en silencio. El resto, con un monólogo improvisado por ella, que Catalina escuchaba con respetuoso silencio.
Quizás esté cambiada, pensó, más abierta.
Y si no, no importaba: la quería igual. Aquella chica taciturna y melancólica ―a quien todos miraban de reojo, mientras que por detrás la llamaban “Cata la Rara”― era su cable a tierra.
Cuando ella estaba alocada, con las revoluciones a mil, recurría a Catalina. No pretendía que la calmase o le aconsejara: tan sólo acercarse a ella le traía paz. A veces se acompañaban durante horas, las dos en silencio, cada una en lo suyo… pero juntas. Esa era otra de las cosas que a Fiona más le gustaban. Se la pasaba todo el día hablando, riendo y divirtiéndose con amigos o vecinos, o incluso con sus padres. Tanta actividad necesitaba un descanso mental, y era con su hermana con quien lo conseguía.
Odiaba cuando el resto se refería a Cata con su apodo. Se enojaba y la defendía con uñas y dientes; les decía: “¿Rara? Todos somos raros en la intimidad. Lo que pasa es que ella no finge”.


Nadie la estaba esperando en la terminal de micros de Córdoba.
Su hermana no tenía teléfono, pero ella había anotado la dirección.
La mujer que la atendió en Informes le dijo que esa casa quedaba en las afueras. Además la hizo dudar un poco: según la mujer, quedaba en la zona industrial, y ahí no había muchas casas.
Fiona fue a otro mostrador y pidió un remís. El remisero acrecentó sus dudas: también él aseguraba que aquella no era una zona residencial.
Y sí, eso era bien de Cata. ¿Su solitaria hermana soportando vivir en una residencia estudiantil, donde hordas de adolescentes excitados no la dejarían concentrarse? Si podía elegir, aquella ermitaña siempre se inclinaría por un desierto: sin vecinos, sin ruidos ni molestias. Catalina y su ciencia, las dos solas.
A medida que se alejaban del centro y se adentraban en la zona fabril, el tránsito se iba alivianando. Después de equivocarse y retomar un par de veces, el remisero encontró un camino angosto y recto que salía de la avenida principal. A cada lado de aquel camino, dos monstruos de cemento miraban con indiferencia: una fábrica de autos y un laboratorio.
Al fondo de la calle se levantaba una construcción de una planta, con ventanas cuadradas de hierro y una puerta gris, también de hierro, que a Fiona le recordó a un frigorífico. Un búnker, mejor.
El remisero dijo:
―¿Querés que te espere, nena, para asegurarte que sea la casa que andás buscando?
―No tengo dudas de que esta es la casa.
Fiona pagó, se bajó y, arrastrando la valija, enfiló hacia la puerta metálica.
Tocó timbre, con el corazón a mil.
¿Me reconocerá? ¿Tendrá novio? ¿Tendrá amigos para presentarme?